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RELIQUIA
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Reliquia es el cuerpo, o parte del mismo, de un santo o un objeto que supuestamente ha estado relacionado con la vida y persona de Cristo, un santo, un mártir y preservado para la veneración religiosa, especialmente en las Iglesias católica y ortodoxa.

Peregrinos en la tumba de un santo, siglo XIV, del maestro de San Sebastián, Galleria Nazionale d'Arte Antica, Roma, Scala
Peregrinos en la tumba de un santo, siglo XIV, del maestro de
San Sebastián, Galleria Nazionale d'Arte Antica, Roma, Scala
El término fue recibido del latín clásico significando "restos de cadáveres" (reliquia = "cenizas") y se aplicó a las reliquias de los mártires. Posteriormente se extendió para incluir los cuerpos mismos (Vita Sancti Maxentii; ASM, i. 567) y todo lo que hubiera estado en contacto con los santos o sus cuerpos (Gregorio Magno, Dialogorum, II, xxxviii). En la epístola de la Iglesia de Esmirna sobre el martirio de Policarpo (xviii) los huesos del mártir, una vez que el cuerpo fue consumido por el fuego, son estimados "más preciosos que las más exquisitas joyas y más refinados que el oro" y muchos "querían ser poseedores de su carne." (xvii). En el siglo siguiente Cipriano y Dionisio de Alejandría dan testimonio de que las congregaciones consideraban su derecho y deber enterrar los cuerpos de los mártires (Cipriano, Epist., viii. 3, xii. 1; Eusebio, Hist. eccl., vii. 11, 22). La posesión del cuerpo, o al menos las reliquias, se entendía como continuidad de comunión con el fallecido. Esta idea arroja luz sobre la costumbre de reunirse en las tumbas de los mártires para celebrar el ágape y la eucaristía (Epist. de martyrio Polycarpi, xviii.; Cipriano, Epist., xxxix. 3;) y el deseo de ser enterrados al lado del mártir. La aversión a tocar los cuerpos de los muertos a propósito de la ley ceremonial judía no pudo impedir este desarrollo.

La transición de la veneración de los cuerpos enterrados a la de las reliquias ocurrió durante la segunda mitad del siglo tercero y el comienzo del cuarto, cayendo evidentemente en las persecuciones bajo Decio, Valeriano y Diocleciano. En Egipto los cuerpos de los santos no eran enterrados sino retenidos para veneración en las casas (Vita Antonii magni, xc). Optato (De schismate Donatistarum, i. 16) habla de una tal Lucila de Cartago, quien besó los huesos de un mártir y de los cristianos en Tarragona se dice que tras la muerte de Fructuoso y sus compañeros cada uno se apropió, hasta donde fue posible, de algo de sus cenizas (Acta Fructuosi, vi). En cada uno de esos tres ejemplos el acto fue desaprobado por los líderes eclesiásticos, pero a pesar de ello la veneración se hizo general. Además pronto se creyó que los cuerpos tenían virtudes milagrosas, adquiridas por la larga habitación del alma. Egipto, particularmente, parece haber sido un lugar donde se atesoraron esos objetos. La iglesia de Jerusalén era famosa por poseer la cátedra de Jacobo (Eusebio, Hist. eccl., vii. 19) y un resto del óleo milagrosamente multiplicado por el obispo Narciso (Eusebio, ut sup., vi. 9).

El avance en la veneración supersticiosa ocurrió principalmente en el periodo de Constantino; la llegada de las reliquias de Timoteo, Andrés y Lucas a Constantinopla (356-357) señala el traslado de reliquias que comenzó bajo Constancio. En ese tiempo aparece la práctica de en lugar de enterrar los restos de los mártires dividirlos para una mayor distribución (Gregorio de Nisa, en su tercera alocución sobre los 40 mártires). Las autoridades griegas del este y del siguiente período son unánimes en recomendar la veneración religiosa de las reliquias. En occidente Ambrosio sacó a la luz las reliquias de Gervasio y Protasio, lo que fue el comienzo de una serie de similares descubrimientos y traslados. Jerónimo y Paulino de Nola promovieron particularmente esta forma de piedad, el segundo casi hasta los límites de la adoración de la criatura ("una estrella local y una cura" Poemata, xix. 14, xxvii. 443). Nada indica mejor la amplia posesión de esos objetos que la frecuente mención de reliquias falsificadas. Sin embargo, no faltaron las protestas, al menos contra su incremento. El papa Dámaso I deacreditó el esfuerzo para lograr un entierro cerca de las tumbas de los mártires. El rescripto de Teodosio para la protección de los cuerpos de los mártires fue ineficaz en el este; en el oeste Gregorio Magno, en una carta (Epist., iv. 30) a la emperatriz Constancia, declaró que la práctica en el este de tocar y remover los cuerpos de los mártires debería ser considerada sacrilegio y que el permiso era sólo para llevar ropas a las tumbas, con las cuales tocar los cuerpos y que luego esas ropas fueran convertidas en reliquias. Aunque partes de los cuerpos de los santos aparecen aquí y allí en el oeste, los cuerpos desmembrados fueron abiertamente censurados. En general se puede asumir que la mayoría de las reliquias en el oeste en ese tiempo consistían de recuerdos de las tumbas y lugares de los santos, supuestamente investidas con virtudes milagrosas y santificantes, tales como partes de su vestimenta, una llave de la tumba de Pedro y agua de sus pozos. Sin embargo, esta restricción no se pudo mantener por la demanda popular. En el siglo noveno la mayoría de las reliquias eran cuerpos o partes de ellos y el sínodo de Maguncia (813; Hefele, Conciliengeschichte, iii. 763, canon 5) que renovó la prohibición contra la remoción, sancionó el permiso dado por gobernantes, obispos y sínodos. La Iglesia promovió la veneración mediante la decisión de que las reliquias fueran depositadas dentro de cada altar.

El comienzo de la colocación de la tumba del mártir en la iglesia no puede ser trazado más allá del siglo cuarto, cuando las iglesias de San Pedro y San Pablo aparecen en los sitios de "los trofeos de los apóstoles" en el Vaticano y en la vía Ostiense (Eusebio, Hist. eccl., ii. 25). Ambrosio rechazó la consagración de iglesias sin reliquias y el papa Severino (640) las coleccionó en gran número para las iglesias limítrofes en el Danubio. El séptimo concilio ecuménico (Nicea, 787) prohibió a los obispos consagrar iglesias sin reliquias bajo castigo de excomunión. El sínodo inglés de Celchyt (816) permitió excepciones (Haddan y Stubbs, Councils, iii. 580); no obstante cuanto más se multiplicaban las reliquias, las excepciones eran cada vez menores, por lo que el sínodo de Maguncia (888) presupone también las reliquias en altares portátiles. La creencia de que la reliquias son instrumentos que obran milagros prevalece firmemente todavía en la Iglesia católica (concilio de Trento, xxv. 469).

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