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MISTICISMO
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Misticismo es el término para describir la búsqueda espiritual que procura la unión con Dios.

El éxtasis de Santa Teresa, mármol y bronce de Gian Lorenzo Bernini, 1645–52; en la capilla Cornaro, Santa Maria della Vittoria, Roma
El éxtasis de Santa Teresa, mármol y bronce
de Gian Lorenzo Bernini, 1645–52;
capilla Cornaro, Santa Maria della Vittoria, Roma
Carácter esencial.
Al igual que muchos otros conceptos interiores, el misticismo difícilmente admite una definición rígida, ya que sus elementos, aunque enraizados en el alma individual, se entrecruzan con otros elementos en el curso del desarrollo de cada persona y dan origen a fenómenos tan complejos que la delimitación exacta parece imposible. Para obtener, aunque sea una noción aproximada del misticismo, se debe hacer primero una distinción, debiendo eliminarse ciertos elementos, particularmente todos los que resultan de la percepción sensorial y los que pueden ser deducidos de tal percepción por la dialéctica en el más amplio sentido del término. Por otro lado, cuando de las percepciones externas surgen sentimientos que no pueden ser lógicamente deducidos de tales percepciones, sino que pueden surgir sólo por la cooperación del peculiar organismo espiritual del hombre, tales sentimientos pueden ser denominados místicos. Por tanto, el misticismo tiene su comienzo real cuando el elemento místico se convierte en ascendente sobre el hombre en relación con el mundo que le rodea y cuando su alma busca estar en armonía con el universo que lo circunda o, con más propiedad, con el Ser supremo, independientemente de cómo éste sea concebido. El camino en el que los objetivos del misticismo se obtienen es primordialmente por la auto-introspección. Es verdad que hay un elemento de cooperación y voluntad humana, pero ya que la voluntad es incapaz por sí misma de producir la experiencia interior que desea, ya que necesita la gracia divina que purifica e ilumina el alma, el misticismo supone el concepto de revelación y por lo tanto entra de lleno en el campo de la religión.

Relación con la religión.
Toda religión depende de la revelación en alguna medida, real o asumida, y esta revelación, independiente de la voluntad humana, se transmite por la tradición. Sin embargo, cuando la religión depende sólo de la historicidad y la tradición se convierte en algo estéril, legalista e inerte. Necesita por tanto un tercer elemento, si ha de ser algo vivo para el individuo. Esto se halla en la experiencia personal e interior, que es en sí una forma secundaria de revelación, ya que es accesible a todos los que creen en la revelación. Este elemento de experiencia personal, que es esencial al misticismo y sin el cual la religión difícilmente puede existir, forma la fuente del misticismo y la religión. Esta unión es la más estrecha en el cristianismo, que desde el principio ha tenido un fuerte elemento místico. De la religión el misticismo puede recibir tendencias que varían con su naturaleza auténtica, como el deseo de persecución; pero, por otro lado, el misticismo se puede oponer a las aberraciones en la religión. Este segundo caso es, sin embargo, comparativamente raro. El misticismo puede oponerse a una religión puramente externa, aunque raramente ataca vitalmente lo que está definitivamente establecido por el cuerpo religioso al que el místico pertenece. Ante tales principios definidos se inclina el misticismo, en conformidad con su carácter individual en contraste con el carácter social de la religión. El místico está esencialmente interesado en Dios y en su propia alma y si es perturbado rápidamente se conforma a las ordenanzas externas.

El rocío, óleo sobre lienzo de Adria Gual-Queralt.
Museo de Arte Moderno, Barcelona
Obtención de las condiciones místicas.
Las condiciones místicas pueden ser inducidas por ciertos elementos. En las etapas más toscas se emplearon ciertos narcóticos, aunque tales métodos fueron rechazados totalmente por el misticismo más elevado. Igualmente los movimientos y posturas corporales pueden ser asumidos, como los giros de los derviches o la inmovilidad de los hesicastas. Sin embargo los métodos comunes son la soledad, el silencio, el ascetismo y la concentración del pensamiento en lo divino. Entre los métodos compartidos tanto por la religión como por el misticismo la oración es preeminente. En el caso del misticismo tal oración es estrictamente interior, yendo tan lejos como para sostener que la oración expresada en palabras es de naturaleza inferior y para mantener que la única oración que realmente agrada Dios y ayuda al hombre es la "oración mental", que no pronuncia palabras sino que expresa el deseo más profundo por Dios; de manera que, especialmente en el misticismo católico de la Contrarreforma, la "oración" se convierte en sinónimo del estado místico general. Ciertos fenómenos altamente valorados por muchos son mirados con sospecha y juzgados de valor secundario por algunos de los más grandes místicos, incluyéndose en esta categoría las visiones, la audición de voces, levitación, etc. cuya realidad no puede ser afirmada. Aquello en lo que los grandes místicos ponen gran énfasis es muy diferente, consistiendo en la liberación del alma de los lazos finitos y su entrada en la comunión interior con Dios. Esta comunión se puede caracterizar como una de esencia, lo que resulta en el misticismo panteísta, o puede ser estimada como la absoluta rendición a Dios, siendo tan ligera la distinción entre ambas ideas que a veces es imposible distinguir externamente si un místico dado es panteísta o no. Aunque la voluntad y el esfuerzo humano preparan el camino para los más altos vuelos del misticismo, el hombre no puede producirlos por sí mismo. Son un don divino, que Dios otorga a quien, cuando y donde quiere, no obteniéndolo todos los que se dedican a la vida mística. Sin embargo, allí está el objetivo del camino místico. Las etapas en este camino están principalmente descritas como vía "purgativa", "iluminativa" y "unitiva" o como "meditación", "contemplación" y "unión mística". La primera clasificación requiere la purificación del alma en primer lugar de los deseos y hechos pecaminosos; luego cuando se ha obtenido un cierto grado de perfección, la iluminación de Dios y finalmente la unión estática y completa con Dios. En la segunda clasificación la "meditación" es estimada como la reflexión natural y humanamente controlada que ya está dirigida hacia el objetivo supremo; la "contemplación" lleva al hombre más allá de la esfera natural por la gracia a perfecciones cada vez más elevadas, por encima de lo cual nada queda sino la "unión mística". Una forma distinta de misticismo se encuentra en el quietismo, pero esto, estrictamente hablando, significa simplemente la negación completa y permanente de la voluntad, igual que en el budismo primitivo; requiere primero un grado de sumisión que ha conquistado todo impulso de la voluntad individual, mientras que el verdadero misticismo, a pesar de su sumisión, de ninguna manera excluye la batalla contra la naturaleza individual y contra la voluntad individual.

En el este.
Ya que el misticismo cristiano ha recibido de la religión cristiana muchas huellas e influencias, así como de otras fuentes que le han afectado y, por ellas, el elemento místico ha influenciado a la religión cristiana e incluso a la historia de esa religión, una historia completa del misticismo cristiano exigiría constante referencia al desarrollo de la Iglesia en general, así como una detallada discusión del origen de cada uno de los diversos fenómenos místicos. Sólo una investigación de los principales elementos será aquí dada. Frecuentemente se niega que el misticismo estuviera presente al principio del cristianismo, pero tal idea es errónea. El misticismo está presente en Pablo (cf. Gálatas 2:20; Romanos 8:22) así como en Juan y también revelado en obras antiguas como las cartas de Ignacio de Antioquía y en el Pastor de Hermas. A su vez el misticismo ha recibido un desarrollo peculiar de influencia externa que, aun siendo ajeno al cristianismo, no obstante también ejerció una influencia sobre él. Un importante factor fue Filón de Alejandría, cuyas enseñanzas incluían la unidad con la Deidad (aunque el hombre sólo puede obtenerla temporalmente y por el éxtasis) y el Logos; Filón no sólo influyó al cristianismo antiguo sino que también lo hizo, o al menos estuvo cerca de hacerlo, el neoplatonismo. Esas teorías arraigaron profundamente no sólo en Orígenes y su escuela, sino incluso en la de su oponente Metodio. El siglo cuarto, con el surgimiento del monasticismo, fue muy importante para el misticismo, que fue promovido por la soledad y meditación en la vida interior practicada por los monjes, quedando un remanente de esta contemplación mística contenido en las 50 homilías de Macario. Todo esto fue posteriormente potenciado por el crecimiento del simbolismo en la liturgia, admirablemente ilustrada por las "Lecturas Catequéticas" que Cirilo de Jerusalén publicó mientras que, por otro lado, el misticismo individual halla su representante más influyente en la "Escala del paraíso" de Juan Clímaco. El período de conflicto que sacudió la Iglesia tras el concilio de Calcedonia fue testigo de uno de los más destacados fenómenos en la esfera del misticismo: los escritos del pseudo-Dionisio que representan el neoplatonismo vestido de cristianismo. El tipo de pensamiento allí expresado halló su pleno desarrollo en el estrictamente ortodoxo Máximo Confesor, quien enseñó el significado simbólico de toda la liturgia y dio a los escritos del pseudo-Dionisio su posición autorizada en la Iglesia oriental. En el siglo XI se introdujo un nuevo elemento por primera vez mediante Simeón el Nuevo Teólogo, cuyas enseñanzas de una luz mística pueden haber dado origen, a pesar de muchas diferencias, a las peculiares doctrinas de los hesicastas, que ellos mismos defendieron en una de las más importantes producciones del misticismo de la Iglesia oriental, los "Discursos de la vida en Cristo" de Nikolaos Kabasilas.

Hildegarda, del códice de Wiesbaden, siglo XII
Hildegarda, del códice de
Wiesbaden, siglo XII
Misticismo escolástico y monástico.
En el oeste, salvo por el elemento místico presente en el cristianismo occidental como en el oriental desde el principio, ilustrado por pasajes en Tertuliano y Cipriano, fue Agustín quien puso los fundamentos para el misticismo de las épocas posteriores. Aunque durante un tiempo le faltaron seguidores, pasó un largo tiempo antes de que el misticismo se convirtiera en un fenómeno independiente en la literatura teológica de la Iglesia occidental. No fue hasta el siglo XII que el misticismo se convirtió en un factor real en la Iglesia occidental. Aquí, como en el este, el misticismo y el monasticismo estuvieron estrechamente relacionados, no solamente en Anselmo y Pedro Damián, sino eminentemente en Bernardo de Clairvaux y Hugo de San Víctor. El elemento característico, nuevo en cierta medida, en el misticismo de Bernardo fue el amor hacia Jesús, particularmente como el esposo del alma, expuesto en sus homilías sobre Cantares. La posición de Hugo de San Víctor, aunque en gran medida era la misma de Bernardo, era más escolástica y dialéctica; y su posición sobre una manera fija por la cual el alma obtiene finalmente la unión con Dios forma la base de ese misticismo escolástico que principalmente dominó la Edad Media y fue continuado en la Iglesia católica post-tridentina. El primer sucesor distinguido de Víctor fue Ricardo de San Víctor, debiendo mencionarse también a Hildegarda de Bingen e Isabel de Schönau. No es cierto, como a veces se ha señalado, que hubo un duro enfrentamiento entre misticismo y escolasticismo. No sólo hubo hombres tales como Hugo de San Víctor y Buenaventura que se distinguieron igualmente en ambos campos, sino que incluso Tomás de Aquino tuvo una fuerte vena mística en su teología. Al mismo tiempo, se dedujo una distinción entre misticismo y escolasticismo como dos ramas de la teología: el segundo esencialmente intelectual, formal y filosófico, el primero pietista y enseñando cómo obtener la unión con lo divino, tratando ambos a veces los mismos temas. La divergencia de sus métodos y objetivos, sin embargo, se tradujo en hacer posible para algunos, como Bernardo, que fueran sólo místicos, y para otros, como Hugo de San Víctor y Buenaventura, que trabajaran tanto la teología escolástica como la mística y otros, como Abelardo y Duns Escoto, la escolástica solamente y todavía otros, como Tomás de Aquino, que modificaran el escolasticismo con el misticismo. Desde el siglo XII hasta el día actual el misticismo ha tenido un hueco formal en el catolicismo, que delinea, sin embargo, una clara distinción entre misticismo "falso" y "auténtico", honrando al segundo y condenando al primero. Las órdenes mendicantes esencialmente promovieron el misticismo. Por otro lado, los dominicos dieron forma a un tipo de misticismo que fue sencillamente alemán en representantes y características, aunque hallando al menos una analogía parcial en las enseñanzas del holandés Jan van Ruysbroeck y su escuela. Entre sus hombres el mejor conocido está Eckhart, cuyos principales alumnos y sucesores fueron Suso y Tauler, perteneciendo a esta misma escuela la Teología Germánica. Al revés que la escuela de Eckhart los Hermanos de la Vida Común no sólo mantuvieron la ortodoxia, sino que también subrayaron los fines prácticos del misticismo, produciendo esta escuela la famosa "Imitación de Cristo", usualmente atribuida a Thomas à Kempis. A los místicos escolásticos del siglo XV pertenecieron Dionisio el Cartujo y Nicolás de Estrasburgo, mientras que una tendencia teosófica y humanista se manifestó en Nicolás de Cusa, Pico della Mirandola, Reuchlin y los fantasiosos Paracelso y Agrippa von Nettesheim.

Böhme, grabado del siglo XVII
Misticismo protestante primitivo.
La Reforma dio al misticismo nuevo status, variando según las diferentes comuniones que la formaban. De los reformadores Lutero se ocupó del mismo y en su primera etapa simpatizaba con él. Se hizo más y más enemigo del pseudo-Dionisio, pero a través de toda su vida estimó grandemente a Tauler y la Teología Germánica, mientras que en su doctrina eucarística preservó una porción del misticismo católico, lo que explica parcialmente el firme espíritu de sus defensores, quienes sintieron, medio inconscientemente, que debían defender este fragmento de misticismo a cualquier costo. No obstante, el misticismo fracasó en mantener la posición reconocida que anteriormente había tenido y se hicieron intentos de ignorar o excusar la actitud de Lutero. El dogmatismo obtuvo la supremacía y aunque hubo manifestaciones ocasionales de un misticismo que se aferraba a la ortodoxia, el luteranismo dio escasa protección al movimiento, lo cual es más obvio en la himnodia luterana. Ni Valentín Weigel ni Jakob Böhme pueden ser considerados místicos luteranos, aunque ambos mantuvieron una posición luterana. El primero se inclinaba más bien hacia el panteísmo y sus escritos, póstumamente publicados, fueron juzgados como un tipo de herejía fanática e hicieron mucho para desacreditar el misticismo en la Iglesia luterana. Böhme, quien ejerció considerable influencia en Inglaterra, fue un teósofo no un místico y sus conceptos se desarrollaron sobre un fundamento no luterano. La Iglesia reformada fue mucho menos favorable al misticismo que el luteranismo. Zwinglio no tiene interés en ello, Calvino lo odiaba y el dogma y las formas de adoración reformadas eran desfavorables. En 1671 Gisbertus Voetius pudo declarar que no había misticismo en la Iglesia reformada, aunque él mismo procuró, en su Exercitia pietatis, dar una cuasi-vindicación del misticismo, sólo para llegar no más allá del grado más inferior del antiguo sistema y poner la etapa final del misticismo donde el auténtico misticismo comienza. Sin embargo, una serie de teólogos holandeses, parcialmente sus contemporáneos y parcialmente pertenecientes a la siguiente generación, mostraron creciente interés en el misticismo, incluyéndose en este número a Jan y Willem Teelllinck, Jodocus van Lodensteyn y Willem Schortinghuis en quienes se pueden hallar ciertos conceptos básicos del misticismo latino. Ideas similares hay también en los escritos del puritano inglés Francis Rous. En Inglaterra los escritos de Böhme inspiraron un sistema de teosofía fuertemente mezclado con elementos visionarios, representado por John Pordage y Jane Lead, así como en el yerno del segundo, Francis Lee, quienes inspiraron todos ellos a la Sociedad de Filadelfia que halló seguidores en muchos lugares en el continente. Esos escritos incluso influenciaron a la árida escuela de los platonistas de Cambridge.

Juan de la Cruz, detalle de un óleo pintado por Joaquín Canedo, 1795; en el Museo Provincial, Valladolid, España
Juan de la Cruz, detalle de
un óleo pintado por Joaquín
Canedo, 1795; en el Museo
Provincial, Valladolid, España
Misticismo católico post-Reforma.
Mientras que el misticismo ha encontrado sólo escaso reconocimiento en el protestantismo, su posición fue muy diferente en el catolicismo. En España poco antes de la Reforma el misticismo había recibido un fresco impulso, expresado en el Abecedario Espiritual de Francisco de Osuna, compartido por su colega Pedro de Alcántara. Sin embargo, al mismo tiempo surgieron los quietistas y antinomianos alumbrados. Aunque Juan de Ávila e Ignacio de Loyola fueron liberados, tras ser juzgados por la Inquisición, de afiliación con esta secta, el fundador jesuita fue fuertemente influenciado por el nuevo misticismo, que, debidamente regulado y conformado a la doctrina y ordenanza, determinó ponerlo al servicio de la Iglesia. No obstante, prohibió la dedicación de la vida entera al misticismo, que quedó relegado a ciertos tiempos. La pieza maestra son sus Ejercicios Espirituales y el misticismo dio a la Contrarreforma algunos de sus pilares más fuertes, ejerciendo en el desarrollo del catolicismo una fuerza que no puede ser subestimada. Hacia ese mismo periodo surgió, por influencia franciscana y jesuita, un espíritu de misticismo en la nueva congregación de los carmelitas descalzos, en los grandes nombres de Teresa de Ávila y Juan de la Cruz; desde España, especialmente por los carmelitas, el nuevo misticismo se difundió a Francia. Francisco de Sales y Madame de Chantal pertenecen a esta línea, a pesar del quietismo de ella. La decisión sobre Miguel de Molinos es difícil, siendo el problema si valoraba las experiencias místicas tanto como para despreciar los sacramentos de la Iglesia, siendo su condenación, si tal fue su actitud, justificable desde el punto de vista católico. La cuestión del amor desinteresado a Dios dio origen en Francia a la persecución de Madame Guyon, quien ejerció una influencia sobre los protestantes alemanes e incluso sobre algunos en Suiza.

Gerhard Tersteegen
Gerhard Tersteegen
Misticismo protestante posterior.
En un cierto sentido el pietismo, el movimiento más importante en la Iglesia alemana desde la Reforma, promovió el misticismo. Spener, aunque no era un místico en sí mismo, no era desfavorable al sistema, al que ayudó al romper con las barreras dogmáticas. Tanto Johann Wilhelm Petersen como Gottfried Arnold estuvieron estrechamente asociados con el pietismo y el segundo hizo un valioso servicio para la historia del misticismo en las partes concluyentes de su gran historia de la Iglesia. A este mismo periodo pertenece la Biblia Berleburg y en la segunda década del siglo surgieron, en conexión distante con los emigrantes de los Cévennes, comunidades de inspiración en el Wetterau. Hay que hacer también mención, en este aspecto, de Gerhard Tersteegen, quien ocupa una importante posición en el misticismo de todas las épocas. La segunda mitad del siglo XVIII, con la preponderancia de la Ilustración, que fue fanáticamente hostil a todo lo que no era obvio a primera vista, fue mayormente desfavorable al misticismo. Sin embargo, incluso este periodo tuvo representantes como Samuel Collennbusch, Jung-Stilling y Johann Caspar Lavater. Friedrich Christoph Oetinger y Emanuel Swedenborg fueron teósofos más que místicos, mientras que Philipp Matthäus Hahn y Johann Michael Hahn ocupan una posición intermedia. En el lado católico el principal lugar se debe a Johann Michael Sailer.

Pudiera esperarse que la revolución en el pensamiento del siglo XIX hubiera dado un nuevo impulso al misticismo, especialmente en vista del movimiento romántico. Es verdad que el nombre del misticismo fue de nuevo honrado, que la memoria de místicos como Eckhart y Jakob Böhme fue reavivada y que una supersticiosa y crédula historia del misticismo fue escrita por Johann Joseph Görres. Tanto católicos como protestantes hicieron mucho por la historia del misticismo en ese período y entre los primeros la teoría del misticismo fue todavía estudiada en la forma tradicional. Sin embargo, todo esto era la historia y teoría del misticismo, no el misticismo mismo. Un místico auténtico, es decir uno que se dedica a la vida mística e influye en otros místicamente, difícilmente puede ser encontrado en el siglo XIX. El espíritu místico no ha desaparecido, es verdad, pero la vida mística ha desaparecido. Probablemente la razón yace en la siempre creciente perturbación del tiempo, que, aunque es consecuencia del inevitable progreso del desarrollo, hace imposible esa quietud y meditación que el misticismo demanda; aunque no es imposible que llegue el tiempo cuando, tal vez bajo nuevas formas, el misticismo surja de nuevo afirmando sus derechos.

Misticismo en Inglaterra.
El misticismo inglés puede trazarse desde Sir Thomas Browne (Religio Medici) y Thomas Jackson (Being and Attributes of God), quien había andado en el platonismo y neoplatonismo alejandrino de Plotino y Orígenes. Los platonistas de Cambridge, Ralph Cudworth (True Intellectual System of the Universe), Henry More (Simple Sayings) y John Smith (The Way or Method of Attaining Divine Knowledge y On the Existence and Nature of God en Select Discourses of John Smith, 4ª edición, Cambridge, 1859), especialmente Smith, debieron su misticismo más a Plotino que a Platón. Paralelo a este movimiento surgió otro bajo George Fox, quien tuvo muchas experiencias místicas y fundó la Sociedad de Amigos. En el siglo XVIII las cuestiones provocadas por la controversia deísta mostraron en su desnudez la oposición esencial de los dos modos de pensamiento: uno basando la religión finalmente en la autoridad de la razón, en la que el objetivo era llegar a un entendimiento entre las Escrituras y la naturaleza racional del cristianismo y el otro aliándose con los quietistas, Fénelon y Madame Guyon, los moravos y los místicos alemanes. El principal representante de los segundos fue William Law (The Way to Divine Knowledge) quien encendió su antorcha en la llama de Jakob Böhme. En el siglo XIX destacaron Samuel Taylor Coleridge, que estaba saturado de Platón, Schelling y Jacobi, John Frederick Denison Maurice y entre los poetas, William Wordsworth (Lines Composed a Few Miles above Tintern Abbey) y Arthur Tennyson († 1892; cf. The Higher Pantheism and The Ancient Sage).

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