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JUBILEO, AÑO DEL
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Año del jubileo es una institución de la Iglesia católica cuyo origen está muy relacionado con la creciente tendencia, prevaleciente en la Edad Media, de hacer peregrinaciones a las tumbas de los apóstoles en Roma.

Peregrinos a Canterbury, por Kenneth Riley
Peregrinos a Canterbury, por Kenneth Riley

Hacia finales del siglo XIII esa tendencia fue más fuerte que nunca y la multitud de peregrinos se incrementó por el rumor de que el primer día del nuevo siglo se podría obtener una indulgencia plenaria y durante el resto de ese año una válida para 100 años. Fue imposible descubrir alguna fuente autorizada del rumor, pero un anciano campesino recordaba que su padre había ido a Roma 100 años antes para ganar una gran indulgencia y que le había amonestado a que buscara, si vivía, la repetición de la oportunidad un siglo más tarde. Finalmente el 22 de febrero del año 1300 por la bula Antiquorum habet fidem, Bonifacio VIII proclamó oficialmente una indulgencia plenaria que podía ser ganada desde Navidad durante todo el año, a condición de que durante 30 días los romanos hicieran visitas, 15 para los extranjeros, a las basílicas de San Pedro y San Pablo. Tales indulgencias nunca antes habían sido otorgadas por más de siete años y esta generosa extensión hizo que inmensas multitudes acudieran a Roma. Si no hubiera habido otra causa para el jubileo que el de los grandes ingresos que fluían no sólo para el tesoro papal sino para los bolsillos de los habitantes de la ciudad, hubiera sido razón suficiente para esperar impacientemente su repetición. En 1342 los romanos enviaron una delegación a Clemente VI en Aviñón para pedirle que acortara el intervalo a 50 años. La solicitud fue respaldada por Brígida de Suecia y Petrarca y en respuesta el papa proclamó una indulgencia similar en 1350.

A pesar de la Peste Negra y de los obstáculos que presentaba la Guerra de los Cien Años, multitudes más numerosas visitaron Roma que en la primera ocasión. La peregrinación se hacía más deseable por la suspensión durante el año de todas las indulgencias ordinarias y más fácil por el permiso dado a toda clase de personas para que la hicieran, sin necesitar la aprobación de sus inmediatos superiores, mientras que aquellos que estaban legalmente impedidos de hacer el viaje podían ganar la indulgencia por representación. Una innovación que sería posteriormente de gran importancia fue el otorgamiento de la indulgencia a ciertas casas reales sin hacer peregrinaje; el mismo privilegio se concedió a los agustinos congregados en capítulo en Basilea y al arzobispo de Brindisi para 30 personas que posteriormente pagaron una suma equivalente al coste de la visita a Roma. Urbano VI en la bula Salvator noster de 8 de abril de 1389 recortó el período a 33 años, en honor de la vida terrenal de Cristo. El tercer jubileo se celebró en 1390 y el cuarto en 1423 bajo Martín V, esta vez con menor número y no sin protestas, como las que se oyeron en los concilio de Pisa y Constanza contra el empobrecimiento de las naciones por la avaricia de la curia. Nicolás V, regresando al antiguo sistema, proclamó el quinto jubileo para 1450. Por la bula Ineffabilis de 19 de abril de 1470, tras estimar la brevedad de la vida humana, Pablo II estableció el intervalo en 25 años. El sexto jubileo bajo Sixto IV en 1475 fue comparativamente pobre de asistencia. El séptimo, bajo Alejandro VI (1500), fue más importante observándose desde entonces la apertura y cierre de la "puerta dorada" en el vestíbulo de San Pedro. El octavo, bajo Clemente VII (1525), fue sólo notable por la dura crítica a Lutero en la "bula de condenación". El noveno, proclamado por Pablo III en 1549, poco antes de su muerte, no pudo ser inaugurado hasta la coronación de su sucesor Julio III el 22 de febrero de 1550. El décimo, bajo Gregorio XIII (1575), fue notable por la pródiga hospitalidad ofrecida a los peregrinos por las fraternidades romanas y porque debido a la influencia de la Reforma no se mencionó el pago de dinero. Los siguientes jubileos, a intervalos regulares de 25 años de 1600 a 1775, no presentan características especiales. La tormentosa situación no permitió que fuera celebrado uno en 1800 y el decimonoveno, proclamado por León XIII en 1825, tuvo pocos participantes de fuera de Italia. Tras un lapso de 75 años, el vigésimo fue celebrado con todas las ceremonias tradicionales bajo León XIII en 1900. Jubileos especiales se han declarado en el 50 aniversario del sacerdocio de un papa (Pío XI, 1929), en la clausura del Vaticano II (1965) para promover el conocimiento y aplicación de los logros del concilio y en muchas otras ocasiones. El papa Juan Pablo II declaró el año 2000 Gran Año del Jubileo en celebración del nuevo milenio.



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