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INCIENSO
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Incienso es el nombre de una mezcla de varias especias de olor fragante que, desde tiempo inmemorial, se ha usado en la adoración en diversas religiones.

Floresta sagrada, témpera barnizada sobre lienzo, 1882, de Arnold Böcklin, Kunstmuseum, Basilea
Floresta sagrada, témpera barnizada sobre lienzo, 1882,
de Arnold Böcklin, Kunstmuseum, Basilea
Universalidad de su empleo.
No solo en relación con la adoración, sino también con la vida privada el incienso y otros perfumes han desempeñado un papel importante. Esto es especialmente cierto de los antiguos egipcios (cf. Plutarco, De Iside, lxxx-lxxxi), quienes no podían concebir ni siquiera el mundo inferior sin tal deleite. Era una señal de honor, entre las naciones orientales, incensar a personas o huéspedes de alta posición, una práctica que todavía se usa en Egipto. Los incensarios eran llevados ante comandantes o príncipes a quienes se deseaba honrar, o eran colocados en las calles por las que iban a pasar (Quinto Curtio Rufo, De rebus gestis Alexandri, V, i. 20, VIII, ix. 23; Heroadiano, Historia, IV, viii. 19 y xi. 3). Los antiguos israelitas eran igualmente aficionados a los aromas agradables (Proverbios 27:9). Habitaciones, ropas, objetos de toda clase, eran impregnados con especias e incienso en ocasiones festivas (Cantares 3:6; Proverbios 7:17).

En la esfera de la adoración el incienso fue desde tiempos inmemoriales una demostración de honor a la Deidad, siendo empleado de esa manera en Asia central entre los babilonios, sirios, fenicios y cananeos. Desde Asia, a su vez, la práctica pasó a los griegos y romanos siendo prominente en los voluptuosos ritos en honor de las diosas. En la Biblia el uso del incienso en el ceremonial es frecuente. De hecho la ofrenda del sacrificio a veces consiste de incienso, siendo la idea que el sacrificio produce un olor grato a Dios. Igual que en Israel fue prescrito con referencia a los sacrificios, lo mismo ocurrió con las ofrendas paganas, de las que la Biblia habla (cf. el "incienso extraño", Éxodo 30:9, en contraste con la adoración de Israel). La ofrenda del incienso tuvo un significado simbólico, usualmente el de la oración (Salmo 141:2). La nube ascendente del incienso era un símbolo de la oración con que la congregación acompañaba el rito (Lucas 1:8-10). Un simbolismo añadido incluía la transferencia a Dios de lo más noble y mejor que la tierra tiene para darle. Según Levítico 16:13 hay un significado expiatorio asociado a la oblación de incienso. Para el hombre pecador la mortífera majestad de Dios era velada mediante esta clase de ofrenda.

El altar hebreo del incienso.
El altar del incienso del tabernáculo (Éxodo 30:1-10; 37:25) tenía aproximadamente medio metro de largo por medio metro de ancho y un metro de alto; estaba hecho de madera de acacia recubierta de oro, por lo que es llamado el altar de oro (Éxodo 39:38). Igual que el altar para el sacrificio, estaba provisto de cuernos, proyectándose desde las cuatro esquinas; tenía una moldura alrededor, como el arca y la mesa de los panes de la proposición. Unas varas de madera de acacia recubierta de oro, quedaban insertadas a ambos lados en anillos para transportarlo. El altar estaba en medio del santuario, inmediatamente antes el velo del lugar Santísimo. Sólo incienso se quemaba allí y el día de la expiación los cuernos eran rociados por el sumo sacerdote con sangre, que se aplicaba también en otras ocasiones (Levítico 4:7). Un asunto que llama la atención es el contexto posterior del pasaje de Éxodo 30:1 sqq., mientras que la cita del altar del incienso se esperaría antes, en el contexto del capítulo 26, donde la copia samaritana lo inserta (26:34). Wellhausen, seguido por la mayoría de los liberales, afirma que la era del código sacerdotal no conocía un altar del incienso, siendo el pasaje en cuestión de origen posterior al de la descripción del tabernáculo. La explicación para este contexto del altar del incienso en Éxodo 30 (y luego en 37) no es concluyente. No es imposible que al principio realizaran la ceremonia meramente con incensarios y que sólo en el curso del tiempo fuera fabricado un altar para ese propósito expresamente. Pero la existencia de un altar del incienso en el templo de Salomón no puede ponerse en duda, ya que su mención ocurre con frecuencia (por ejemplo 1 Reyes 6:22; 7:48; 9:25). No se nos dice cuáles eran sus dimensiones, aunque por analogía posiblemente era mucho mayor que en el tabernáculo. Del mismo modo, este objeto, siendo un factor importante en la adoración regulada por Moisés, no pudo haber faltado en los templos de Zorobabel y Herodes. Según el testimonio de 1 Macabeos i:xxi; iv:xxix, este altar de oro fue sacado por Antíoco Epifanes junto con los demás utensilios del santuario, aunque fue reconstruido de nuevo por Judas Macabeo con ocasión de la dedicación del templo. Josefo conocía este objeto del santuario (Guerras, V, v. 5). Una evidencia similar se desprende de Hebreos 9:4, que atestigua la presencia del altar en la última etapa del templo. Ante tal peso de evidencia es de poca importancia que Josefo, que conocía ese altar también, no lo mencione expresamente en relación con la visita de Pompeyo al templo (Ant., XIV, iv. 4; Guerras, I, vii. 6), sino que se centra en los incensarios de oro y en la gran cantidad de incienso. La ausencia de cualquier descripción del altar en el arco de Tito y en la descripción de Josefo (Guerras, VII, v. 5) se explica probablemente por la suposición de que desapareció en la conflagración.

Materiales.
Es obvio que el material para el ceremonial del incienso consistía de sustancias fragrantes. La sustancia más frecuentemente empleada era una resina que los hebreos obtenían del sur de Arabia (de Sabá, según Jeremías 6:20; Isaías 60:6). Para el santuario se prescribía una composición especial de especies fragrantes (Éxodo 30:34-38). Tal como los egipcios tuvieron una receta para el uso ceremonial compuesta de entre diez y treinta y seis ingredientes (Plutarco, De Iside, lxxxi, enumera 16 sustancias), del mismo modo en el tabernáculo y en el templo una composición exclusiva de cuatro ingredientes a partes iguales tenía que ser empleada, no debiendo ser preparada para usos profanos. Las tres sustancias aromáticas añadidas al incienso propiamente dicho eran: (1) nataf, "esctate", una resina procedente del arbusto de la mirra; (2) sheteleth "uña", procedente del caparazón de un molusco; (3) helbenah, "gálbano" abundante en Siria, que por sí solo emite un olor desagradable, pero cuando está debidamente proporcionado con otros ingredientes, contribuye a potenciar el efecto del aroma. Esas sustancias debían mezclarse "según el arte del perfumador", siendo molidas en polvo finísimo. La observancia judaica posterior no se limitó a las cuatro sustancias mencionadas, sino que añadió otras siete (cf. Kerithoth 6; Maimónides, Hilkoth kele hammikdash, 11. 1-5). De los cuatros ingredientes especificados, debían ser tomados, según los rabinos, 70 libras de cada uno. Sin embargo, parece que se usaban 368 para la cantidad anual. El resto pudo haber sido compuesto de sustancias accesorias mezcladas en pequeñas porciones. Los siete aromas adicionales son los siguientes: mirra (Éxodo 30:23; Cantares 3:6), casia (Éxodo 30:24; Salmo 45:8; Ezequiel 27:19); nardo (Cantares 1:12; cf. Juan 12:3), azafrán (Cantares 4:14); cálamo (Éxodo 30:23) y cinamomo (Éxodo 30:23; Cantares 4:14). Por tanto diez, o más usualmente once, aromas se enumeran, según fuera el incienso propiamente dicho incluido o no entre ellos. Josefo (Guerras, V, v. 5) habla incluso de 13 perfumes llevados al altar del incienso, pero esto se explica por el hecho de que se mezclaban otras sustancias. La cantidad y los componentes proporcionales se definen específicamente en el Talmud.

Simbolismo.
Los cuatro ingredientes estipulados han sido interpretados en una variedad de formas simbólicas. Filón da un sentido cosmológico al número cuatro, el estacte significa el agua, la uña la tierra, el gálbano el aire y el incienso al fuego (Quis rerum div. heres, p. 397). Josefo dice que las trece clases de aromas, del mar, la tierra habitada e inhabitada, denotan todo lo que es de Dios y todo lo que ha sido elaborado para él. En relación con la identidad simbólica en su elaboración, algunos han procurado buscar una relación entre las cuatro clases de materiales con las cuatro categorías de la oración cristiana (oración, acción de gracias, petición e intercesión; cf. 1 Timoteo 2:1); o con los cuatro tributos indispensables para la oración (fe, humildad, amor y esperanza).

En el período patrístico.
Aparte del papel importante asignado al incienso en el ritual judío y la mención en Apocalipsis 8:3,4 de uno de los significados simbólicos asociados al mismo, no hay evidencia satisfactoria del uso del incienso en la Iglesia durante los primeros tres siglos. De hecho, los primeros apologistas son firmes al renunciar a su uso. Tertuliano (Apol., xliii., cf. xxx) declara formalmente: "Nada tenemos que ver con el incienso" y Atenágoras ("Súplica en favor de los cristianos", xlii) explica que el Dios de los cristianos siendo él mismo el más excelso de todos los aromas no necesita incienso. Está claro del contexto de esos y otros pasajes que la oposición de los primeros cristianos al incienso descansaba principalmente, si no únicamente, en el hecho de que su uso estaba identificado con las ceremonias religiosas de los paganos y es bien conocido que para un cristiano quemar incienso era una de las más conspicuas marcas de apostasía. Parece ser que la referencia existente más antigua al uso del incienso en la liturgia cristiana ocurre en las Constituciones Apostólicas (cánones iii,iv) donde, entre los objetos declarados necesarios para la ofrenda del sacrificio, se hace mención de thumiama y en la obra del pseudo-Dionisio (De hierarch. eccl., iii-iv) se señala que cada ofrenda de sacrificio debería ser precedida por la ceremonia del incienso. Por tanto, parece que la costumbre comenzó a prevalecer en la Iglesia desde el siglo cuarto en adelante. Las liturgias orientales de Basilio, Crisóstomo y otros hablan de incensar los elementos u oblata del servicio eucarístico; en cuanto al oeste, el uso del incienso en las ceremonias parece haberse originado en la Galia.

En la Iglesia católica.
El ritual romano regula con gran detalle el uso litúrgico del incienso, especificando la fórmula de palabras que debían acompañar las diversas incensaciones. El uso más antiguo parece haber estado relacionado con las ceremonias de la misa, pero posteriormente se extendió a otras funciones religiosas, tales como bendiciones y consagraciones eclesiásticas, ritos funerales y procesiones litúrgicas en las que los incensadores caminaban al frente, delante del portador de la cruz. En las obras litúrgicas de la Edad Media se hace mención a varias clases y recipientes relacionados con la conservación y uso del incienso; por ejemplo, el thurarium o incensarium, una caja o cofre de diversa índole y dimensión en la que se guardaban diferentes clases de incienso; el thymiatorium, un gran recipiente situado cerca del altar y que difundía en todas direcciones el olor del incienso quemado allí y el thuribulum, un recipiente portátil suspendido por pequeñas cadenas y capaz de oscilar. Algunos de estos objetos que variaban en diseño, eran en ocasiones ricas obras artísticas. Además de la utilidad práctica del incienso para refrenar los olores desagradables provocados por reuniones grandes y compactas de gente, un propósito que probablemente tuvo algo que ver con su introducción en los servicios litúrgicos, tiene varios significados simbólicos. Según Bellarmino (De missa, ii. 15), simboliza (1) el "suave aroma del conocimiento de Cristo" (2 Corintios 2:14 sqq.); (2) las oraciones de los santos (Apocalipsis 8:3,4); (3) la majestad de Dios velada por las nubes. Otros ven en la consumición por fuego del incienso ante Dios el símbolo de la totalidad y generosidad con la que los cristianos deberían consagrarse a Dios y su servicio.

Ritual del incienso.
En las ceremonias litúrgicas el celebrante siempre bendice el incienso al colocarlo en el incensario, menos el Viernes Santo y cuando va a incensar exclusivamente el sacramento. Durante las ceremonias de la misa solemne ocurre en tres bendiciones: (1) Antes del introito; (2) antes del evangelio; (3) tras el ofertorio. En el servicio por los difuntos la última es la única. Cuando el oficio litúrgico es solemnemente cantado, el incienso es bendecido en laudes en el Benedictus y en vísperas en el Magníficat, siendo en cada caso el altar incensado y después el celebrante y el resto de ministrantes. El incensado de personas ocurre tres veces durante la misa solemne mayor: (1) El celebrante es incensado por el diácono tras el introito; (2) lo mismo tras el evangelio; (3) tras el ofertorio el diácono inciensa al celebrante, luego, por orden de dignidad a prelados y otros miembros del clero y finalmente al subdiácono, tras quien uno de los ministros inferiores inciensa in globo a la congregación de los fieles. El número de oscilaciones del incensario se regula por el ritual en referencia a la mayor o menor dignidad canónica de las personas incensadas. Por ejemplo, tres oscilaciones se prescriben para el sacramento expuesto y para la cruz sobre el altar; también para el celebrante, cardenales u obispos presentes en el santuario; dos para dignatarios eclesiásticos menores y las reliquias sagradas expuestas sobre el altar, mientras que el sacerdote ordinario presente en el santuario recibe solo una. Todas las personas incensadas deben estar de pie.



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