en la web en la Biblia
 
           
IGLESIA
Guardar como Pdf Guardar como Pdf
Imprimir Imprimir
Enviar este enlace por e-mail a un amigo Enviar este enlace por e-mail a un amigo
Ver más Enciclopedia Ver más Enciclopedia
 

La palabra Iglesia (francés, église, italiano, chiesa, del griego ekklēsia "los llamados") se usa en el Nuevo Testamento para designar el conjunto universal de creyentes o la agrupación local de los mismos. Posteriormente el término se empleó también para señalar el edificio en el que un conjunto de cristianos se reúnen para adorar.

La Iglesia del cristianismo tradicional

En el catolicismo primitivo

Tendencia hacia el legalismo.
De la ekklēsia de los apóstoles, y principalmente en el territorio cubierto por el cristianismo judío, surgió un desarrollo post-apostólico que es denominado Iglesia católica. Desde la posición evangélica reconocemos en su noción del camino de salvación y la naturaleza de la Iglesia un notable declive de los principios originales, que continuó incrementándose hasta la Reforma. Ciertamente el cristianismo se mantuvo como conjunto orgánico frente a los asaltos de la persecución por un lado y de la herejía por otro, estableciendo una norma permanente para su creencia al admitir que los escritos del Nuevo Testamento eran apostólicos, junto con el canon del Antiguo Testamento, y formulando sobre ese fundamento un resumen de la fe común en su regla de fe. Pero incluso en el periodo sub-apostólico es evidente un debilitamiento general del espíritu original, una falta de comprensión vital del plan de salvación como fue al principio revelado y una tendencia hacia una concepción legalista que regulará la vida cristiana, así como una concepción de la Iglesia que encuentra su esencia en ordenanzas externas. Esas ordenanzas, al pertenecer especialmente al gobierno de la Iglesia y el sacerdocio, continuaron desarrollándose hasta que culminaron en lo que se conoce como Iglesia católica. La explicación de este temprano desarrollo no se encuentra, como intentó demostrar la escuela de Tubinga, en una fusión del cristianismo paulino y el judaico, sino que se ha de buscar en el hecho de que con la decadencia del espíritu apostólico y la expansión del cristianismo, las fuerzas prevalecientes entre los hombres antes de la venida de Cristo, que habían estado durante un tiempo frenadas, retomaron su fuerza a la vez que el primitivo fervor decaía. La Iglesia apostólica necesitaba, en vista de su posición en el mundo, una organización externa más definida, siendo en el significado y forma dada a la misma donde se discierne una perversión del cristianismo primitivo. En la primera etapa de este desarrollo hubo una diversidad de tendencias respecto a la doctrina sobre la Iglesia. Clemente de Roma, amonestando a los corintios a la unidad y sumisión a quienes los gobiernan, extrajo un paralelo entre la organización del oficio gobernante en la Iglesia (es decir, de un episcopado todavía idéntico con el presbiterio) y las ordenanzas estipuladas en la antigua ley, entre las ofrendas que los presbíteros traían a Dios en oración y los sacrificios de los sacerdotes judíos. Sin embargo, una voz profética libre se escucha posteriormente en el Pastor de Hermas, que se atreve a reprender y avisar a los oficiales de la Iglesia. Su preocupación principal era la purificación de la Iglesia mediante el arrepentimiento. El alto lugar que la Iglesia había tomado en las mentes de los cristianos se muestra en la idea de que (rememorando la de Pablo sobre "la Jerusalén de arriba") existió antes del mundo y que el mundo había sido creada por ella.

Mapa del orbe cristiano en la edad antigua

Importancia de la "Iglesia católica."
En Ignacio y en el Fragmento Muratoriano aparece la expresión "Iglesia católica". El significado original de esta frase ha sido muy debatido y todavía es incierto. Incluso para la fecha de esos pasajes se había desarrollado en más de un sentido. La Iglesia fue llamada católica al referirse a ella como una unidad constituida de diferentes partes, siendo esas partes tanto las iglesias locales como los miembros individuales. Ignacio comparó la relación de la Iglesia local con su obispo con la de la Iglesia católica con Cristo y similarmente el Fragmento Muratoriano habla de una Iglesia católica, cuya edificación los escritores de las epístolas tuvieron en mente incluso cuando se dirigían a iglesias locales o individuos. Pero la idea de la Iglesia universal surge más vigorosamente en contraste con los herejes, quienes por sus creencias y prácticas personales se han separado del gran conjunto de los cristianos. Con esta catolicidad estaba relacionada la idea de que solo esta Iglesia tenía el carácter necesario para abarcar a todos los verdaderos creyentes, sostener el amor que los une y la primitiva verdad cristiana. El epíteto "católico" designa aquí no su extensión por todo el mundo, sino la inclusión dentro de ella de todos los cristianos, dondequiera que habiten. El sentido definido aplicado al término por el catolicismo romano no estaba expresado en el mismo. Se encuentra primero en la cuestión de lo que constituía la membresía válida en esta Iglesia y según la concepción católica se requería el reconocimiento de una definida organización externa, ordenada por Dios, y la aceptación de una confesión de fe sancionada por la Iglesia.

El episcopado ignaciano.
La idea del episcopado surge con destacada claridad y dignidad en las epístolas de Ignacio. Cada iglesia local estaba sujeta a su obispo, quien estaba en el lugar de Cristo, con sus presbíteros a su alrededor como los apóstoles. Ignacio dejó sin responder las cuestiones de cómo los obispos en conjunto alcanzaban esa posición, cómo los obispos individuales eran elevados a la misma, hasta dónde eran investidos con dones espirituales especiales y las iglesias aseguradas contra el error por su parte. Que la extensión de la elevación del episcopado a tal posición fue una necesidad sentida de los tiempos se muestra por la quietud con la que fue aceptada universalmente, no preservándose ningún registro de discusión sobre el asunto. Esta circunstancia es esgrimida por los apologistas católicos, junto con otros argumentos, para probar el origen apostólico y por tanto divino del oficio episcopal. En la idea general (cf. especialmente Ireneo y Tertuliano), los obispos estaban en lugar de los apóstoles, cuyo oficio de enseñanza continuaban y de esta manera garantizaban la preservación de la verdad. Su sucesión de los apóstoles suponía una segunda "nota" de la Iglesia: la apostolicidad. De la idea de una posesión especialmente garantizada de la verdad por los obispos, en virtud de su relación histórica con los apóstoles, surgió la creencia en un particular charisma asociado a su oficio. Desde Tertuliano se puede ver cómo el título sacerdotal fue atribuido a los gobernantes de la Iglesia y especialmente a los obispos, aunque las funciones mediadoras que posteriormente les fueron atribuidas se desarrollaron gradualmente. La Iglesia de este modo poseyó un orden sacerdotal y el obispo era el sumo sacerdote, pontifex maximus (Tertuliano, Hipólito, Constituciones Apostólicas). La teología alejandrina, como en Clemente y Orígenes, no hizo nada para frenar este desarrollo. De hecho, insistió en el lado interior y espiritual de la Iglesia y afirmó independientemente reconocer, en su gnōsis cristiana, la verdad de las doctrinas entregadas por los apóstoles. Pero no hay palabra contra la autoridad del oficio episcopal, en el que reconoció la herencia de la función pastoral apostólica. Su gnōsis filosófica y aristocrática no era idónea para contender por el carácter espiritual del verdadero cristianismo, en el sentido del Nuevo Testamento. Una vigorosa reacción se puso en marcha con el surgimiento del montanismo, que intentó purificar la Iglesia mediante la expulsión de los miembros que estuvieran manchados con pecado mortal y sosteniendo a los que permanecían en una alta norma, en virtud del Espíritu de lo alto que no estaba sujeto a esos oficios externos. Por eso Tertuliano, en su etapa montanista, afirma: "La Iglesia es esencial y principalmente espíritu" y contrasta esta "Iglesia espiritual" con la "Iglesia que es el cuerpo del episcopado." Pero el espíritu del montanismo no era el del Nuevo Testamento y no pudo alterar el curso de la Iglesia católica, que estaba entonces trabajando duramente para edificar en el mundo su reino bien organizado.

El episcopado de Cipriano.
Un poderoso representante de este progreso se halla en Cipriano, para quien los obispos son esencialmente sin distinción los gobernantes de la Iglesia, investidos con autoridad divina. El gobierno de toda la Iglesia pertenece al episcopado en conjunto. Declara que "el obispo está en la Iglesia y la Iglesia en el obispo", "la Iglesia es un pueblo unido con el sacerdote", "no puede tener a Dios por Padre el que no tiene a la Iglesia por madre." Lo último lo declaró contra el novacianismo, a cuyos miembros Cipriano negó la posibilidad de salvación sobre la base de su cisma, rechazando la validez de su bautismo. Respecto a la concepción del sacerdocio, que para él estaba centrada en el obispo, observa que en la Cena el sacerdote actúa en lugar de Cristo y hace lo que Cristo hizo, ofreciendo el cuerpo de Cristo. Incluso si todas estas expresiones, como las de Agustín, no pueden ser tomadas en el sentido en el que posteriormente la Iglesia católica las entendería, guían hacia la elevada función atribuida por ésta a sus sacerdotes.

Ideas de Agustín.
Pero el catolicismo debe a Agustín la mayoría de las declaraciones más profundas que expresan su mente sobre el asunto de la Iglesia. Su ocasión fue un nuevo movimiento separatista en favor de la santidad, en los donatistas. Agustín tenía una profunda y vívida concepción del ser interior, espiritual de la Iglesia, de la operación del Espíritu de Dios en ella y sus miembros, de Cristo viviendo en ella y en ellos, del amor que todo lo penetra y todo lo une. Consecuentemente no era una mera controversia contra los donatistas cuando distinguió en su doctrina de la Iglesia entre "el verdadero cuerpo del Señor" y uno "confuso" o "pretendido", una distinción malinterpretada por sus oponentes, que pensaron que estaba hablando de dos Iglesias. Según su idea de la gracia, es totalmente asunto de la libre gracia de Dios quién entre los miembros de la Iglesia visible es un miembro del verdadero cuerpo y quiénes son aquellos que están predestinados, aun cuando estén fuera de la unidad visible, pero pertenecen a la Iglesia invisible. Más aún, es la voluntad de Dios traerlos a la comunión externa, siendo solo posible la participación en las bendiciones de la salvación y el auténtico amor cristiano dentro de ella. No puso tanto énfasis como Cipriano sobre el derecho divino del episcopado, algo que fue admitido por sus oponentes y por él mismo, apelando contra los maniqueos a la "sucesión de obispos" en las sedes apostólicas. Surgió entonces la cuestión de cuál de las dos organizaciones, provistas ambas de sacramentos, sacerdocio y episcopado y las dos apelando a la tradición apostólica, era la verdadera Iglesia católica. Agustín respondió diciendo que la Iglesia se había difundido, según el propósito del Cristo, por toda la tierra y que sólo esa comunión de la que los donatistas se habían separado podía reclamar el título de católica, que no podía aplicarse a una pequeña secta, limitada a unos pocos distritos en África. Hizo depender la creencia del cristiano individual de la autoridad de la Iglesia, en tanto católica en este sentido de la palabra. Dios la ha confirmado "parcialmente por milagros, parcialmente por la multitud adherente"; de hecho, llegó a decir "no podría creer en el evangelio si la autoridad de la Iglesia católica no me moviera a ello." Agustín no definió cuánto del juicio autoritativo de esta Iglesia católica se expresaba sobre cuestiones de doctrina y de la vida cristiana; contemplaba la iglesia representada en su episcopado, pero no citó ningún órgano constitutivo para una declaración de la verdad mediante este episcopado como una unidad.

Además de las declaraciones de Agustín, hay otra definición importante en el Commonitorium de Vicente de Lérins, que está en sustancial acuerdo con ellas. Según él, hay una "prueba de entendimiento universal" por la que estamos obligados a creer quod semper, quod ubique, quod ab omnius creditum est. Aquí, en lugar de una autoridad de la Iglesia como un todo, se estima suficiente una mayoría aplastante, que se convierte más decididamente en una mayoría de las "órdenes sacerdotales" y "gobernantes." Vicente contempló además la definición de la doctrina tradicional y esto guió a la pregunta de cuánto de tal común consenso hace falta para garantizar al pueblo la verdad de tales definiciones y cuánto de lo que se supone ha estado contenido implícitamente en el depósito original puede ser elevado al rango de artículo de fe. La Iglesia como objeto de fe ella misma llegó a ser parte de la fórmula de la confesión bautismal africana, introducida directamente en el suplemento constantinopolitano (381) al credo de Nicea, "en una Iglesia santa, católica y apostólica" y en el Credo de los Apóstoles.

Catolicismo posterior (o romano) en el este y el oeste

Iglesia mística oriental.
Hasta aquí se ha trazado el desarrollo de la idea de una Iglesia, santa, católica y apostólica, con su sacerdocio y episcopado, que fue común al cristianismo oriental y occidental. Pero el este puso mucho más énfasis sobre el oficio sacerdotal y episcopal como un sistema de gobierno análogo a la disciplina legal del Estado, siendo notorio que los cismas que surgieron de las cuestiones relativas a tal organización (novacianismo y donatismo) fueron de origen occidental. La Iglesia griega se centró más en la idea de la comunión con el Salvador encarnado, en devota contemplación y conocimiento y sobre la representación de la obra de la redención en los ricos misterios de la liturgia. De este modo la organización sacerdotal episcopal nunca obtuvo una unidad externa establecida para toda la Iglesia y, sin objeción desde el este, la "Iglesia católica única" se desarrolló allí en un número de comunidades pertenecientes a diversos Estados o países y estrechamente aliada en su gobierno supremo con la política secular. A las afirmaciones romanas opuso la idea de Cristo como única cabeza de la Iglesia, no desarrollando un órgano infalible para la decisión en cuestiones de fe. La posibilidad de desarrollo del depósito original sagrado, tal como fue mantenida por Vicente de Lérins, no fue tan firmemente afirmada y finalmente el estancamiento rebasó cualquier intento de investigación dogmática.

Eclesiásticos de la Edad Media
Eclesiásticos de la Edad Media
Iglesia gubernamental occidental.
Por otro lado, en el oeste, la organización de la Iglesia en conjunto se modeló en la monarquía papal; la historia posterior del catolicismo y su idea de la Iglesia es realmente la historia del primado romano. Ireneo había colocado a la iglesia de Roma, fundada por Pedro y Pablo, al frente de su apelación a la sucesión y tradición apostólica, encontrando en ella la supervivencia preeminente del liderazgo primitivo y sobre esta base exigió de las otras iglesias que concordaran con ella. Este fundamento puramente histórico por deferencia a Roma evolucionó en una insistencia dogmática sobre la supremacía e infalibilidad de la iglesia fundada por Pedro; así como creció la idea de Cipriano de la unidad de la Iglesia que estaba representada y resumida en Pedro y la autoridad dada a él, también creció la asunción y el dogma de que esta unidad debía tener sus representantes permanentes visibles, en los sucesores de Pedro, cada uno de los cuales se convertía en cabeza visible de la Iglesia, en el representante de Cristo. El papa León I reclamó para su sede el "cuidado de la Iglesia universal", haciéndola cabeza del cuerpo, del que los otros miembros no podían separarse y vivir. Aunque él pensaba en disciplina y política, no en la comunicación de la gracia o el establecimiento de la doctrina, sus declaraciones son suficientemente fuertes para proporcionar un fundamento para los posteriores afirmaciones del papado. Halló un poderoso apoyo en el reconocimiento de su primacía por los emperadores (cf. especialmente el edicto de Valentiniano en 445) y en la posición política de Roma, mientras que los emperadores germanos en su tiempo edificaron su propio tejido eclesiástico sobre la función de la subordinación a una autoridad central. El proceso fue una continuación lógica del impulso que había permitido antiguamente expresarse al cristianismo y una firme posición en el mundo mediante una sólida organización constitucional. Más aún, las naciones medievales, tanto latinas como teutonas, tenían un marcado deseo por una representación de lo divino y lo celestial mediante cosas visibles y tangibles: un Señor celestial mediante el vice-regente, el Salvador crucificado mediante la hostia en la misa, las bendiciones de la salvación mediante los sacramentos; de esta forma el papado realizó, en sus mayores representantes, como Gregorio VII o Inocencio III, mucho de este ideal. Mantuvieron la Iglesia unida en medio de todos los tumultos de la vida de su tiempo; protegieron la verdadera moral y los intereses religiosos contra la invasión del mundo y permanecieron en favor del mantenimiento de la disciplina ética, aunque también es verdad que identificaron esos intereses con sus propias afirmaciones, que la ambición y avaricia humana no siempre faltó en sus actos y que finalmente los mandamientos externos de Dios quedaron subordinados a las decisiones humanas.

Sistemas "papal" y "episcopal".
La alta concepción papal de la constitución de la Iglesia no era, sin embargo, todavía un dogma sancionado mediante una decisión formal por parte de la Iglesia. Contra su hegemonía militaba no sólo el poder secular (que se propuso revertir el proceso al sujetar la Iglesia a sí mismo) y el espíritu nacional sobre el que tal poder podía descansar (como en Francia contra Bonifacio VIII), sino también por la conciencia por parte de los obispos del significado de su oficio y el recuerdo de la historia más antigua de la Iglesia; mientras que las disparidades del carácter papal y el Cisma de Occidente tendieron a suscitar un espíritu de protesta y rebelión. De este modo el denominado "sistema episcopal" fue elaborado principalmente por los teólogos franceses, tales como Gerson y D'Ailly, estando representado en los grandes concilios, donde se proclamó la teoría de una "Iglesia católica universal" distinta de la romana. Ésta, consistente de papa, cardenales, obispos y clero, podía errar y estaba sujeta a la autoridad de los concilios generales, que representaban no sólo a las clases citadas, sino también a todos los verdaderos miembros del cuerpo de Cristo y en el que los príncipes y delegados cristianos de las universidades tenían voz.

Pero la teoría papal levantó su cabeza una vez más cuando los concilios hubieran logrado restaurar la unidad y dominó el concilio de Letrán bajo León X. El tomista Silvestre Prierias mantuvo contra Lutero la proposición "la Iglesia universal es esencialmente la asamblea de todos los creyentes, pero en la práctica es la iglesia romana y el papa; representativamente la iglesia romana es el colegio de cardenales, pero en la práctica es el papa." De esta idea los principales defensores fueron los jesuitas. Bellarmino mantuvo contra los protestantes la definición de la Iglesia como "la compañía de hombres comprometidos por la confesión de la misma fe cristiana, bajo el gobierno de pastores legítimos y especialmente del único vicario de Cristo en la tierra." El concilio de Trento no se aventuró a hacer una decisión entre las teorías papal y episcopal, siendo tal decisión expresada sólo después de que la última hubiera repetidamente intentado imponer sus afirmaciones.

Doctrina protestante de la Iglesia

El primer grupo medieval cristiano que, aunque manteniéndose en la fe cristiana general, abandonó esa doctrina de la Iglesia ya bosquejada fueron los valdenses. Se consideraban miembros de la Iglesia de Cristo y participantes de su salvación, a pesar de su exclusión del cristianismo organizado, reconociendo al mismo tiempo una "Iglesia de Cristo" dentro de la organización cuyas cabezas eran hostiles a ellos. Sin embargo, no hubo en su enseñanza una definición clara de la naturaleza de la Iglesia o ningún nuevo principio en referencia a ella.

John Wyclif
John Wyclif
Enseñanza de Wyclif.
El primer teólogo en exponer una concepción de la Iglesia radicalmente opuesta a la que se había desarrollado fue Wyclif, siguiendo Hus sus pasos. Según él, la Iglesia es la "totalidad de los predestinados"; en esto, como en su doctrina de la gracia, siguió a Agustín, pero tomó una posición contraria tanto respecto a Agustín como a la del catolicismo posterior en su descripción de las instituciones y medios de gracia, por los que Dios comunica las bendiciones de la salvación a los predestinados, excluyendo de ellas la intervención del sacerdote, obispo y papa. Negó la institución divina de la primacía papal y del episcopado en tanto distintas del presbiterio y atribuyó la autoridad infalible a la Escritura solamente. La idea de la Iglesia de Wyclif y Hus no era un conjunto de unidades asociadas, sino meramente el número total de cristianos predestinados en cualquier tiempo que están viviendo vidas santas, dispersos entre aquellos que no están predestinados, junto con aquellos que están predestinados pero todavía no son convertidos y los fieles que ya han fallecido.

Enseñanza de Lutero.
Lutero defendió la definición de Wyclif en la disputa de Leipzig en 1519, a pesar de su condena por el concilio de Constanza. Pero su propia idea sobre la naturaleza real de la iglesia la definió por las siguientes palabras en su mención el credo: "La comunión de los santos", tomando la palabra "santo" en el sentido paulino. Esos (aunque el pecado todavía puede hacerles daño) están santificados por Dios a través de su palabra y los sacramentos, sacramentos que no dependen de un clero organizado y episcopalmente ordenado, sino comprometido con la Iglesia en su conjunto; es su fe, evocada por la palabra de Dios, lo que les hace justos y miembros aceptos de Cristo y herederos de la vida eterna. De esta forma la concepción luterana y, en general, la calvinista de la Iglesia dependen desde el principio de la doctrina de la justificación por la fe.

Martín Lutero, por Lucas Cranach el Viejo
Martín Lutero, por Lucas Cranach el Viejo
En armonía con la enseñanza de Lutero, la Confesión de Augsburgo define la Iglesia como "la congregación de los santos, en la que el evangelio es enseñado correctamente y los sacramentos son correctamente administrados." En un sentido la Iglesia es invisible, ya que el ojo terrenal no puede discernir quién tiene verdadera fe y en este sentido quién es "santo", pero en otro es visible, ya que tiene su ser en una forma externa y vital visible, ordenada por Dios, en la que aquellos que son solo "santos" en apariencia tienen una participación externa. La Iglesia, también, ha necesitado siempre de alguna especie de forma externa, de ordenanza humana, con la que envolver la administración de los medios de gracia, la predicación de la Palabra y la adoración pública. Pero esas cosas no deben reclamar sanción divina u obligación incondicional. Sin embargo, había una cosa en la que Lutero insistió como esencial: que la administración pública de los medios de gracia confiada a la Iglesia por Dios debía ser realizada sólo por personas debidamente llamadas a esa función, que habrían de alimentar al rebaño con la Palabra de Dios. Su conclusión sobre su necesidad no se extrae de ninguna revelación o ley divina, sino de la naturaleza del caso y la necesidad de un orden establecido. La división de oficios, el colocar a los superintendentes u obispos sobre los pastores de las iglesias locales, se consideró un asunto de arreglo humano variable. Aunque Lutero rechazó la pretensión papal de la condición de salvación mediante sus formas y ordenanzas, declarándolas anti-cristianas y opuestas a la voluntad de Dios, reconoció la posibilidad de que hubiera creyentes santificados y verdaderos miembros del cuerpo de Cristo viviendo dentro de la Iglesia católica, porque incluso allí, a pesar de toda la corrupción, el poder de la Palabra y los sacramentos todavía operan. Aquí hay una diferencia entre la idea de la Reforma y otras concepciones pos-apostólicas de la Iglesia. Por primera vez había dos cuerpos con principios religiosos opuestos, acusándose entre sí de un grave error y sin embargo admitiendo uno de ellos una comunión en gracia con el otro y de hecho con todos los cristianos de cualquier nombre que mantienen los elementos fundamentales en el mensaje de salvación. Fue en ese sentido que los reformadores concibieron una Iglesia católica, difundida por toda la cristiandad de todos los tiempos y lugares, a cuya unidad le faltaba organización externa, pero que estaba suficientemente establecida por su posesión de una cabeza invisible, una fe y un bautismo. Su santidad se muestra por el hecho de que Cristo es su cabeza y de la gracia santificante de Dios dentro de ella; su apostolicidad, por su fundamento original en manos de los apóstoles y su continuada dependencia en su Palabra.

Cuestiones dejadas sin resolver por los reformadores.
La idea aquí expuesta dejó sin resolver varias cuestiones que surgieron luego por vez primera e influenciaron a posteriores movimientos teológicos. En qué medida la pura predicación del evangelio y la debida administración de los sacramentos eran necesarios; hasta dónde el nombre de Iglesia de Cristo podía ser dada a una iglesia particular a la que le faltaran esos requisitos; hasta dónde se debería realizar un esfuerzo para procurar una expresión pura de la verdad evangélica en la forma de credo y dogma, eran algunas de esas cuestiones. La última llevaba a la distinción entre lo esencial y lo no esencial y a la que hay entre el evangelio, o la simple predicación de la palabra de Dios como fuente de vida y gracia, y el dogma teológico. Otra cuestión era el gobierno externo de la Iglesia. Si no era asunto de institución divina, ¿quién lo establecía y ejercía? ¿Quién organizaba las iglesias que estaban surgiendo de la antigua cristiandad tradicional? Lutero parece haber contemplado originalmente una organización libre para esos verdaderos creyentes en una Iglesia con adoración y disciplina simple y evangélica, pero las circunstancias históricas guiaron a que esta función, así como la dirección continuada de la Iglesia, fuera dejada en gran parte en manos de los príncipes y magistrados seculares, encargados por Dios para el mantenimiento de la moralidad y el orden entre el pueblo cristiano y la imposición de la primera y segunda tabla del Decálogo. Este resultado se consiguió parcialmente porque durante años se acarició la esperanza de una reunión con el antiguo episcopado, siendo tales instituciones contempladas provisionales, según estaban establecidas. Por eso gradualmente el órgano de la dirección suprema de la Iglesia luterana se puso en manos de consistorios, designados por el gobierno secular local, quedando la participación de los otros miembros de la iglesia reducida a un consentimiento tácito asumido de la legislación. La posterior enseñanza de Melanchthon difirió de la de Lutero. Él fue influenciado por el temor al fanatismo espiritualista y por un deseo de ver la fe evangélica establecida de manera firme y práctica. Consideraba a la Iglesia cristiana visible sobre la base de su autoexpresión en la predicación de la palabra y la administración de los sacramentos y subrayó su carácter institucional mucho más que Lutero. Se aferró tanto como fue posible al deseo de reunión con la Iglesia tradicional establecida. Entre los teólogos luteranos no fue hasta después de Chemnitz que apareció y prevaleció la doctrina que distinguía entre la Iglesia visible "asamblea de los llamados" y la invisible existente dentro de ella, como la suma de todos los realmente fieles o santificados o regenerados. Esta distinción perteneció originalmente a los calvinistas, aunque, a diferencia de ellos y Wyclif, los teólogos luteranos tenían en mente no a los predestinados, sino a todos quienes estaban dentro del cuerpo real. La idea del uso objetivo externo de los medios de gracia ya no se relacionó, como con Lutero, con la idea de una Iglesia que es todavía proclamada invisible, sino con la de una Iglesia visible dentro de la cual los santos también participan de esos medios de gracia. La Iglesia luterana es de esta manera en su esencia una institución existente para la comunicación de la gracia por esos medios, en relación a la cual los miembros individuales asumen una actitud receptiva.

Juan Calvino
Doctrina calvinista de la Iglesia.
Los líderes reformados también designaron a la Iglesia como la congregación de creyentes o santos e hicieron de la predicación de la Palabra pura de Dios una condición de su existencia. Pero pusieron el énfasis en la distinción entre la Iglesia visible y la invisible, tomando su noción de ésta de Wyclif y Hus. Zwinglio no sólo permitió que la importancia de los sacramentos decayera, sino que incluso minimizó la de la palabra revelada, fuera de cuya esfera de influencia él creía que había elegidos entre los paganos. De esta última creencia Calvino nada supo, aunque él, también, consideraba a la Iglesia como la comunión invisible de los predestinados; él subrayó mucho más que Zwinglio la necesidad de la Palabra y los sacramentos, poniendo además un particular énfasis en el ejercicio del gobierno y la disciplina, por los maestros, pastores y ancianos. La concepción definida calvinista halló expresión más o menos en diversas confesiones. Por ejemplo, el Catecismo de Heidelberg define a la Iglesia generalmente como "una compañía de los elegidos para vida", congregada por Dios por su Espíritu y su palabra. La de Ginebra contiene la frase "conjunto de creyentes a quienes Dios predestinó para vida eterna"; pero además de esta Iglesia, que se reconoce solo por la fe, se habla de una Iglesia visible con signos definidos. La Confesión de Westminster menciona el aspecto visible y el invisible. La gran diferencia entre las ideas luterana y calvinista yace en su actitud hacia los medios de gracia. La Iglesia no puede ser para los calvinistas una institución que comunica la gracia, a causa de su idea de la absoluta soberanía de Dios y la operación del Espíritu, que es enteramente independiente de los medios creados. De nuevo, el esfuerzo enérgico para santificar al pueblo de Dios para su servicio llevó a una especie de nuevo legalismo tanto en la vida corporativa como en la individual entre los calvinistas, mientras que el luteranismo tendió bien al quietismo, en el que la Iglesia contendía por ofrecer los medios de gracia y el individuo por recibirlos, o bien a un espíritu mundano que abusaba de la libertad de los hijos de Dios.

Doctrina post-Reforma de la Iglesia.
En cuanto a la cuestión de la organización y el gobierno externo, Zwinglio deseaba que la disciplina fuera ejercida no mediante órganos eclesiásticos especiales, sino mediante aquellos que permanecían en general a la cabeza del pueblo cristiano, desembocando de este modo en el erastianismo. La teoría de la necesaria independencia respecto al Estado fue una elaboración posterior. En cuanto a la organización se defendieron diversas teorías. El presbiterianismo desarrolló sus ancianos enseñantes y gobernantes y su constitución sinodal general basada en los presbiterios locales; los independientes o congregacionales no elaboraron una organización general, identificando las funciones de pastor y anciano y pusieron la disciplina y la decisión de cuestiones que afectan a la Iglesia en las manos de las iglesias locales; los cuáqueros negaron que ninguna de tales formas o leyes fuera permisible, apelando a la Escritura para defender su posición. La posición de la Iglesia anglicana es peculiar. Aunque la doctrina de sus artículos sobre la Cena es distintivamente calvinista, definió a la Iglesia, bajo la influencia de la posterior enseñanza de Melanchthon, como "una congregación visible de fieles" con la Palabra de Dios y la debida administración de los sacramentos. Con su organización episcopal preservó más el carácter oficial del cristianismo que ningún otro cuerpo protestante, pero la doctrina de la necesidad de la sucesión apostólica que se supone debía ser preservada no está señalada en los artículos y no fue influyente hasta un periodo posterior.

Doctrina pietista y racionalista.
Tras el dominio de la ortodoxia protestante, que marcó el período que señala su fuerza y debilidad, siguió otro en el que la piedad subjetiva se apartó más o menos de las rígidas formas de la vida corporativa eclesiástica. La tendencia del pietismo fue más bien edificar "pequeñas iglesias" para la satisfacción de las necesidades espirituales, hallando la devoción expresión en un carácter estrecho, legalista y más bien calvinista. Luego vino el racionalismo, con su indiferentismo religioso y falta de creencia sobre la importancia de la Iglesia, tal como esa importancia había sido entendida en la antigüedad y en la Reforma. Para el racionalismo la Iglesia era meramente una asociación a la par con otras sociedades humanas y terrenales y afirmaba con gran resolución que Cristo mismo no tuvo intención de fundar una Iglesia en el sentido recibido de la palabra. El movimiento manifestado en la "Iglesia libre" consideraba que la relación con el Estado era perjudicial para la libertad de expresión del espíritu cristiano.

© No se permite la reproducción o copia de este material sin la autorización expresa del autor. Es propiedad de Iglesia Evangélica Pueblo Nuevo
Iglesia Evangélica Pueblo Nuevo c/ Villacarlos, 14 28032 - Madrid
info@iglesiapueblonuevo.es - Horario de culto: Domingo 11 horas
Inscrita en el Ministerio de Justicia con el número 015638