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ESCLAVITUD
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Esclavitud entre los hebreos

José vendido por sus hermanos, por Frederick J. Overbeck.
Staaliche Museum (1816-1817)
Estatus de los esclavos hebreos.
La esclavitud existió entre los judíos a lo largo de su vida nacional, aunque esta servidumbre no fue de envilecimiento y crueldad. En los tiempos patriarcales los esclavos, junto con el ganado, formaban parte de la posesión del cabeza de familia o tribu (Génesis 24:35; 26:14; Job 1:3), existiendo un tráfico de esclavos (Génesis 37:28) que estaba activamente controlado por los fenicios. Los ricos jefes nómadas poseían numerosos esclavos, teniendo Abraham 318 "nacidos en su casa", es decir, propiedad hereditaria (Génesis 14:14) y esclavos comprados (Génesis 17:23,27). Las esclavas parecen haber sido la propiedad especial de la esposa o hija, siendo dadas como concubinas al marido (Génesis 16:1 y sgg., 29:24, etc.). Los esclavos "nacidos en la casa" estuvieron, en general, dedicados a la familia, y algunos tuvieron la total confianza de sus amos (cf. Génesis 15:2-3). Incluso en el periodo nómada esos siervos no eran meras pertenencias y el hecho de que el rito de la circuncisión fuera realizado sobre los siervos nacidos en la casa, así como en los obtenidos por compra, indica que eran recibidos como miembros del mismo pueblo y como tal tenían derechos y deberes religiosos. En el período nacional se observaron los principios tradicionales legales, como en el código babilónico de Hammurabi, aunque en éste faltó en alguna medida el espíritu ético y religioso que, desde el tiempo de Moisés, ejerció su influencia más humana sobre la ley judía. La idea mosaica de que el pueblo israelita había sido esclavo en Egipto y liberado de la casa de servidumbre por Dios (por ejemplo, Éxodo 20:2; Deuteronomio 5:6), haciéndolos ahora sus siervos y propiedad, llevó a la conclusión de que, siendo suyos, nunca serían de nuevo siervos de un extranjero (Levítico 25:42,55; 26:13); mientras que el recuerdo de su duro trato cuando eran esclavos les enseñó a ser considerados y humanos con sus siervos (Deuteronomio 5:15; 15:15). Con el desarrollo de la conciencia nacional la ley distinguió entre siervos de linaje israelita y extranjeros (cf. Levítico 25:39-46), aunque la práctica pudo haber sido menos rigurosa que la teoría.

Fuentes de suministro.
La esclavitud fue, a través de toda la historia judía, una de las consecuencias de la guerra y como los guerreros eran más aptos para ser matados que para ser hechos prisioneros, la mayoría de los cautivos fueron mujeres, especialmente vírgenes, que eran el botín de las expediciones militares (Génesis 14:12; Jueces 5:30; 2 Reyes 5:2; Deuteronomio 20:14; 21:10 y sgg.; etc.). Muchos prisioneros de guerra eran vendidos en tierras extranjeras (Joel 3:4,6; Amós 1:6) y muchos fueron comprados por los israelitas de los mercaderes fenicios. Los extranjeros establecidos en el territorio eran también propicios para caer en la esclavitud, convirtiéndose gradualmente la población cananea en esclava de los hebreos, especialmente en el período real. Tras el Éxodo, los esclavos de origen extranjero fueron empleados en funciones menores en el campo y en el santuario. Tanto David como Salomón emplearon esclavos israelitas en obras públicas, usando el segundo a 153.600 de esos esclavos (1 Reyes 9:20 y sgg.; 2 Crónicas 2:17-18). Era un crimen capital privar a un hombre ilegalmente de su libertad y venderlo (Éxodo 21:16; Deuteronomio 24:7; cf. el código de Hammurabi, 14). Por otro lado, un ladrón atrapado en el acto era vendido como esclavo a menos que pudiera restituir lo robado (Éxodo 22:3). Sin embargo, la tradición prohibía la venta de un ladrón a un extranjero, por lo que la ley de Herodes que requería tal venta (Josefo, Ant., XVI, i. q) fue una seria infracción de la costumbre legal hereditaria. Normalmente era la pobreza y la insolvencia lo que producía la pérdida de libertad (cf. Levítico 25:39,47 y sgg.) y en tal caso un hombre podía vender a su propia hija. Las regulaciones del libro del pacto (Éxodo 21:7-11) se aplican sólo a una hija vendida para ser la concubina o esposa del comprador o su hijo y expresamente protegen sus derechos como miembro de la familia; pero Deuteronomio 15:12 sqq se refiere concretamente a esclavas. La ley no especifica si un hombre podía vender a su hijo, pero indudablemente lo hacía, en caso de pobreza, en lugar de sacrificar su propia libertad. Un acreedor judío podía apoderarse de la familia y la persona de su deudor y venderlo (Amós 2:6; 8:6; 2 Reyes 4:1; cf. Isaías 1:1; Nehemías 5:5; Mateo 18:25), aunque no estaba sancionado en el Pentateuco.

Valor de los esclavos; duración de la servidumbre.
El valor de un esclavo dependía del sexo, edad, salud, capacidad para trabajar y la relación entre oferta y demanda. Treinta siclos de plata era el pago medio por la muerte de un esclavo, ya fuera varón o mujer (Éxodo 21:32) y alguna indicación del valor de los esclavos se puede obtener de la escala proporcionada en Levítico 27:2 y sgg. para los que deseaban ser liberados de sus propios votos de servir en el santuario: para un niño entre un mes y cinco años, cinco ciclos y para una niña tres siclos; para un varón entre 5 y 20 años, 20 siclos y para una mujer 10; para un hombre entre 20 y 60 años, 50 siclos y para una mujer 30; para un hombre de más de 60 años, 15 siclos y para una mujer 10. El precio para los cautivos judíos, 120 dracmas por cabeza, es casi la misma media (Josefo, Ant., XII, ii). La duración de la esclavitud se limitaba sólo en el caso de los esclavos israelitas, que recuperaban su libertad, a menos que decididamente escogieran lo contrario (Éxodo 21:1-11; Deuteronomio 15:12-18; Levítico 25:39-55). Un israelita podía comprar un colega hebreo, ya fuera varón o mujer, durante seis años solamente, teniendo que dejarlo en libertad al séptimo año, una norma que probablemente se aplicó también a los que fueron vendidos como esclavos por robo (cf. Josefo, Ant., XVI, i. 1). Por otro lado, una mujer gentil dada como esclava a una esposa no tenía derecho a la libertad y su descendencia quedaba también en esclavitud. En el año del jubileo un esclavo israelita debía ser puesto en libertad, junto con sus hijos (Levítico 25:39 y sgg.), pero si eran nacidos de una madre gentil, ellos, igual que ella, permanecían en servidumbre (Éxodo 21:4). El esclavo hebreo de un amo gentil debía ser liberado en el año del jubileo, aunque podía ser previamente redimido, si era posible, por su familia o parientes, siendo su precio reconocido según Levítico 25:50 y sgg.

Posición legal y derechos.
Los esclavos era mejor tratados por los hebreos que los de la antigua Grecia y Roma e incluso Fenicia y Babilonia. Al mismo tiempo la ley mosaica hace una distinción entre esclavos hebreos y los de nacimiento extranjero, considerando especialmente la legislación hebrea a los primeros no "esclavos" sino "criados" (Levítico 25:39-40,46). Aunque no estaba obligado a hacer obra demasiado severa o indigna de un hombre, siendo ésta la suerte del extranjero, todos los esclavos, sin excepción, se beneficiaban de la ley sabática. Más aún, los que habían nacido en esclavitud y también, como norma, los que habían sido adquiridos mediante compra eran circuncidados, siendo de este modo recibidos entre el pueblo de Dios y poseyendo por tanto el privilegio de compartir las festividades religiosas, especialmente la Pascua (Éxodo 12:44; Deuteronomio12:12,18; 16:11,14). Si un esclavo había sido circuncidado, no podía ser vendido a un gentil. Mientras que era permisible disciplinar a un esclavo (cf. Proverbios 29:19,21), la crueldad con ellos estaba castigada, no simplemente compensando al dueño por el daño hecho al esclavo, como en Babilonia (cf. Código de Hammurabi, 199, 219) sino obligando al amo que había herido seriamente a su esclavo, ya fuera varón mujer, a manumitirlo sin recibir compensación (Éxodo 21:26-27). Un amo no tenía poder sobre la vida de su esclavo y si lo golpeaba y moría el siervo sería vengado (Éxodo 21:20-21); pero si el esclavo sobrevivía durante un día o dos, la pérdida del dinero causada al amo por su muerte era estimada castigo suficiente. Sin embargo, según una tradición, si el dueño usaba un instrumento letal en el castigo él mismo incurría en pena de muerte, aun cuando el esclavo no muriera durante algún tiempo, e igualmente la tradición sostenía que, si una tercera persona mataba o hería a un esclavo, sería castigada como si hubiera lo hubiera hecho a un hombre libre. El estatus de las esclavas israelitas que llegaban a ser parte de la familia inmediata se expone en Éxodo 21:7-11 y también se establece que una prisionera de guerra gentil debía tener un mes de aflicción antes de ser casada por su captor (Deuteronomio 21:10-14). Los derechos de un esclavo se consideraban una ordenanza divina desde tiempos antiguos (Job 31:13-15) y hasta el día presente la suerte de los esclavos musulmanes es muy tolerable. Sin embargo, en el antiguo judaísmo solo los esenios y los terapeutas rechazaron toda esclavitud, ya que estimaban el sistema irreconciliable con la fraternidad de toda la humanidad y consecuentemente antinatural.

Esclavitud y cristianismo

Extensión de la esclavitud grecorromana.
La cuestión de la influencia del cristianismo sobre la esclavitud ha sido profundamente modificada por las investigaciones de historia económica sobre el origen, naturaleza, extensión, carácter y abolición de la esclavitud, por lo que, rechazando la antigua idea de que la supresión de la esclavitud se debió enteramente al cristianismo, muchos sostienen que esta abolición fue un proceso puramente económico en el que la religión no tuvo parte. Igualmente problemático es el estado preciso de asuntos que confrontó el cristianismo cuando se enfrentó a la esclavitud, pues la extensión del sistema y antigüedad se subestimó tanto como anteriormente se había exagerado. En Grecia el pináculo se alcanzó al término de las guerras persas, cuando un solo ateniense rico podía alquilar un millar de esclavos para las minas tracias y en Roma el sistema floreció a finales de la República y comienzos del imperio, cuando en Delos, el principal mercado, decenas de miles de esclavos eran vendidos diariamente. La mayoría eran empleados en la agricultura y la manufactura, aunque los romanos se permitieron a los esclavos domésticos en mayor extensión que los griegos, que preferían la ganancia financiera al lujo. Al mismo tiempo, el hombre libre nunca fue enteramente sustituido por el esclavo y menos en las provincias (cf. para Tierra Santa, Mateo 20:1 y sgg.; Marcos 1:20; Lucas 15:17), aun cuando lo barato hiciera el trabajo del esclavo predominante en posesiones, minas, factorías y en las manufacturas y comercios de las grandes ciudades.

Estatus y tratamiento de los esclavos grecorromanos.
El estatus y tratamiento de los esclavos varió en diferentes tiempos y lugares al igual que su número. En las condiciones patriarcales de los tiempos antiguos los esclavos, generalmente prisioneros de guerra, pertenecían a la familia y fueron tratados como tales. En Grecia los esclavos disfrutaron de gran libertad incluso posteriormente, especialmente en Atenas, pero en Roma la rígida severidad fue la norma, particularmente en grandes establecimientos donde crueles supervisores, la mayoría pertenecientes originalmente a la clase servil, intervenían entre amo y esclavo (cf. Mateo 24:49). Más aún, mientras que los esclavos apenas trabajaban en cadenas, los castigos para procurar la obediencia e impedir la huida eran tan crueles que causaron insurrecciones terribles. Es verdad que a muchos esclavos les fue mejor que a los libres, pero incluso en esos casos cualquier día se podía producir un cambio de dueño y aunque el esclavo contaba con muchas salvaguardas, todavía era, legalmente hablando, sólo una pertenencia, expuesta a cualquier capricho de su dueño. Se ignoraba su posesión de cualidades morales, pudiendo ser en cualquier lugar arrancado de su familia; sólo podía dar testimonio bajo tortura, aunque en asuntos religiosos parecen haber disfrutado de libertad. El mundo antiguo nunca escapó de la antinomia de contemplar al esclavo a la vez como una persona y una cosa. Platón lo consideraba una criatura en el orden inferior del ser, sólo semi-racional, estando esta idea coloreada tal vez por el hecho de que la mayoría de los esclavos eran bárbaros, mientras que Catón reconoció a los esclavos como complementos agrícolas. Hacia el final de la República romana el estatus y tratamiento de los esclavos cambió parcialmente bajo la influencia de Grecia y la superior cultura de los estados griegos y parcialmente por la doctrina estoica de la igualdad de todos los hombres. Adriano privó al amo del derecho de ejercer la pena capital sobre su esclavo, permiténdole que fuera juzgado (como siempre se había hecho en Atenas) en los tribunales y Marco Aurelio incluso permitió a los esclavos presentar quejas contra sus dueños en ciertos casos, mientras que se facilitó la manumisión. Sin embargo, en todo ello no hay huella demostrable de influencia cristiano o judía, siendo la auténtica fuerza operativa la de Grecia. Al mismo tiempo, el mundo antiguo nunca imaginó una sociedad sin esclavos, salvo en una especie de Utopía como una reminiscencia de la edad dorada, que las saturnalias romanas y festividades similares en Atenas, Cidonia, etc., procuraron tipificar, y grupos como los esenios, terapeutas y sectas gnósticas como la de los carpocracianos procuraron realizar.

La esclavitud y la Iglesia antigua.
Con tales tendencias el cristianismo no tenía nada en común. Simplemente aceptó la esclavitud como una constitución necesaria de la antigua civilización, no habiendo la más mínima evidencia de condenar la esclavitud por principio o procurar abolirla. Pablo expresamente evidenció que el cristianismo no realizó un cambio en las condiciones existentes y que quien era esclavo debía seguir siéndolo, aun cuando le fuera ofrecida la libertad (1 Corintios 7:21; cf. también la actitud asumida hacia Onésimo y Filemón 16). Todas las comunidades cristianas gentiles tenían un gran número de esclavos (cf. Romanos 16:10-11; 1 Corintios 1:11; Filipenses 4: 22), aunque estas comunidades estaban lejos de consistir predominantemente de esclavos. Había también amos cristianos, como se desprende de las amonestaciones en Efesios 6:9; Colosenses 4:1; 1 Timoteo 6:2 (cf. Clemente de Alejandría, Pædagogos, III, iv. 26, xi. 73, xii. 84; Crisóstomo, Hom. sobre 1 Corintios xl. 6). De las condiciones en las casas judeocristianas se sabe poco (cf. Hechos 12:13). Las Constituciones Apostólicas (ii. 62) enumeran la compra de un esclavo entre las necesidades de vida que justificaban que un cristiano visitara el mercado; los Hechos de Tomás presentan al apóstol como el esclavo a quien Cristo vende a un rey de la India e Ignacio (Epist. ad Polycarpum, iv. 3) desalienta que la comunidad se haga cargo del rescate de los esclavos (cf. Salviano, Ad eccl., iii. 7), que parece haber intervenido sólo cuando un esclavo cristiano estaba en peligro. Por otro lado, cristianos ricos habrían comprado esclavos cristianos para manumitirlos (cf. Hermas, Pastor, "Similitudes" i. 8; Constituciones Apostólicas, iv. 9), habiendo también casos registrados en los que los cristianos se vendían voluntariamente para ayudar a los pobres con su pago (cf. 1 Clemente, lv). Pero a pesar de la continuidad externa, hubo un cambio de espíritu, bondad de los dueños y fidelidad de los esclavos que se convirtieron en principios cristianos, en lugar del carácter personal como en el paganismo (cf. Efesios 6:5 y sgg.; Colosenses 3:22 y sgg. 4:1; 1 Timoteo 6:1-2; Tito 2:9-10; Filemón 16; 1 Pedro 2:18 sqq; Didaché iv. 10-11; Constituciones Apostólicas iv. 12), mientras que Agustín comentando el Salmo 125:7 declara expresamente: "Él (Cristo) no ha hecho a los hombres libres de ser esclavos, sino que de malos esclavos los hace buenos" (cf. Conf., IX, viii. 17). Los cristianos deben salvar las almas de los esclavos (Hechos 16:16 y sgg.; Arístides, Apol., xv; Agustín, De sermone Domini in monte, i. 59). Pero el cristianismo hizo más que eso: dio al esclavo el estatus de hombre (1 Corintios 12:13; Gálatas 3:28; Colosenses 3:11; cf. Ireneo, Hær., IV, xxi. 3; Orígenes, Contra Celsum, iii. 54; Lactancio, Institutio, v. 15). Es cierto que un esclavo necesitaba del permiso de su amo para poder bautizarse (Hipólito, Canones, x. 63), pero incluso si eso era rechazado, todavía podía ser miembro asociado de la congregación y si era bautizado disfrutaba de los mismos derechos que un libre. Los esclavos podían ser ordenados y algunos, como Calixto I, incluso llegaron a ser obispos, mientras que muchos esclavos fueron venerados como mártires, entre ellos Blandina y Potamiena. No sólo a los esclavos cristianos se les prohibió sacrificar para sus amos, ya fueran paganos o cristianos (Tertuliano, De idolatria, xvii; Pedro de Alejandría, Canones, vi-vii), sino que la nueva fe combatió enérgicamente los vicios que los esclavos de ambos sexos eran obligados a ejecutar, además de acabar con la ejecución por crucifixión y marcar a los esclavos fugitivos.

La Iglesia medieval y la esclavitud.
La Iglesia, interesada sólo en la fe del esclavo, y dejando su posición legal totalmente al Estado, no intentó abolir la esclavitud. Con el aumento de la secularización de la vida religiosa, el abismo social entre servidumbre y libertad se hizo aún mayor y sólo los monasterios se adhirieron al concepto, basado en una mezcla de estoicismo clásico y antiguo cristianismo, sobre la igualdad de derechos y el estatus humano del esclavo. No obstante, fue de los monasterios de donde procedería la revolución venidera con respecto a la esclavitud. Durante el período imperial de Roma la importación de esclavos había disminuido, siendo en gran manera reemplazados por los coloni o siervos, en cuyo nombre se pueden incluir a los esclavos y en muchas ocasiones a los campesinos libres. Este sistema, ayudado por el sometimiento de los pueblos conquistados en el nuevo imperio alemán, persistió en algunos lugares hasta bien avanzado el siglo XVIII y aunque la Iglesia tomó poca parte en todo ello y frecuentemente protegió a los oprimidos e incluso reclutó para su clero de los siervos, ejerció derechos señoriales y demostró ser incapaz de ejercer una influencia moral suficiente para alterar las condiciones. Más aún, hubo esclavos auténticos hasta bien entrada la Edad Media. Incluso la Iglesia los poseía y vigorosamente afirmó sus derechos sobre ellos; pero aunque los esclavos todavía podían ser comprados y vendidos y requerían del permiso de sus dueños en las decisiones más importantes y personales de su vida, disfrutaron (como en la legislación griega y romana posterior) de una libertad limitada tocante a los derechos y propiedad, así como en la protección del derecho de compensación por el daño infligido. La Iglesia tomó sus derechos bajo su protección, proporcionó asilo a los que buscaron refugio, insistió en el tratamiento humano de los esclavos, procuró hacer a los amos responsables de la moralidad de sus esclavos, les prohibió el concubinato con las esclavas y aseguró la libertad contra la revocación caprichosa de su libertad, ejerciendo cada parroquia el derecho de protección sobre los libertos dentro de la misma. La manumisión de esclavos, muy frecuente en tiempos paganos, se llevó al extremo tras la conversión de los ricos y los grandes en el siglo cuarto. Sin embargo, se desprende de los Hechos apócrifos (por ejemplo, los Hechos de Pedro y Andrés xx) que no se estimaba un deber cristiano en favor de los esclavos, sino un acto de ascetismo que iba a la par con la renuncia a la propiedad, convirtiéndose posteriormente en una forma preliminar de entrada en la vida monástica (cf. Agustín, Sermones, ccclvi. 3,6,7). La manumisión era usualmente declarada formalmente en la Iglesia (Sozomeno, Hist. eccl., I., ix. 6; Codex .Theodosianus, iv. 7) y la ficción legal clásica de venta o don a una divinidad o templo también fue observada por los cristianos.

Esclavitud europea en la Edad Media.
A diferencia de la Iglesia, que mantuvo las condiciones existentes, el monasticismo atacó a la esclavitud y finalmente la extirpó, combinándose las dos posiciones en Gregorio Magno, quien como monje alabó la manumisión como una obra buena y como papa demandó la más rígida disciplina de los esclavos pertenecientes a la Iglesia (cf. Epist. vi. 12, ix. 200). Los cánones de los concilios, como el celebrado en Agde en 506, prohibían a los obispos o abades disminuir la propiedad de la Iglesia manumitiendo esclavos y en muchas formas, mediante la prohibición de la ordenación de un esclavo o la recepción en un monasterio sin el consentimiento de su amo, lo que demostraba claramente que la esclavitud era aceptada como institución, incluso excluyendo a los libertos [de paganos], en el concilio de Elvira en su canon decimoctavo, de las órdenes sagradas. Por otro lado, los monasterios, recibían a esclavos lo mismo que a libres y, a diferencia de las iglesias, no poseían esclavos. Ya que, como se ha hecho notar, la Iglesia estaba más interesada en el cristianismo del esclavo que en el esclavo mismo se promulgaron frecuentes prohibiciones, comenzando con Constantino, contra la tenencia de esclavos cristianos por los judíos, quedando estrechamente relacionadas las leyes contra la exportación de esclavos desde las diversas tierras cristianas con la prohibición contra la venta de esclavos cristianos a los paganos. No obstante, los judíos de Lión importaron un gran número de esclavos cristianos a España y África en el reinado de Ludovico Pío; los venecianos tuvieron una notoriedad igualmente maligna, siendo Roma misma un centro del tráfico. El comercio de esclavos aumentó tras las guerras eslavas y las incursiones tártaras, siendo principalmente paganos los vendidos como tales.

Fue sólo en los siglos doce y trece que la auténtica esclavitud desapareció de Europa noroccidental, aunque el sistema de servidumbre continuó durante largo tiempo. En 1031 Conrado II prohibió todo tráfico de esclavos y un sínodo celebrado en Londres en 1102 renovó la prohibición. En Europa meridional, por otro lado, la esclavitud todavía persistió, ayudada no sólo por las guerras constantes con los musulmanes, sino también por las incursiones de los piratas. La esclavitud incluía por costumbre a los cristianos, a pesar de las protestas de la Iglesia, aunque ella misma la legalizó como castigo para los herejes enemigos de la curia e hizo esclavos a los descendientes de los sacerdotes. Los cruzados latinos no dudaron en esclavizar a los cristianos griegos y el avivamiento del derecho romano y la reverencia en la que el escolasticismo tuvo a Aristóteles se combinaron a la vez para mantener el sistema. Todavía en 1548 Pablo III confirmó el derecho del clero y los laicos a tener esclavos, aunque su número no era grande en Italia. Por otro lado, en España hubo un sistema regular de esclavitud en el antiguo sentido romano hasta el siglo XVI, siendo los esclavos miles de moros, mientras que los portugueses importaron negros directamente de África después de 1441. Por otro lado, los cristianos frecuentemente fueron esclavos de los incrédulos y la redención de los cautivos se estimó como una buena obra desde tiempos antiguos (cf. Nehemías 5:8; Sócrates, Hist. eccl., vii. 21), no sólo mediante fondos de la Iglesia dedicados a este menester como en el concilio celebrado en Châlons a mediados del siglo séptimo, sino por la orden de la Merced y los trinitarios, fundados con este objetivo especial.

Mercado de esclavos
Mercado de esclavos
Esclavitud en América.
Aunque la esclavitud personal disminuyó en Europa en el siglo XIV y posteriormente, se reavivó en gran escala una vez que los europeos llegaron a América. La escasez de mano de obra en el Nuevo Mundo y la necesidad de la misma, parecen haber vencido todas las objeciones contra el sistema, ya sea fundada sobre motivos de deber cristiano o sobre consideraciones económicas. Todas las naciones europeas, católicas y protestantes, que tuvieron colonias en América, se ocuparon de trasportar esclavos desde las costas de África a este continente. El resultado fue que más de 5 millones de seres humanos fueron llevados de África a América entre 1579 y 1807, donde ellos y sus descendientes fueron esclavos. Durante más de dos siglos y medio ninguna voz, ya sea dentro de la Iglesia o fuera de ella, se oyó contra el comercio de esclavos y sus consecuencias.

El ataque filosófico contra la esclavitud.
Hacia mediados del siglo XVIII surgieron dos movimientos distintos, uno basado en fundamentos filosóficos y el otro en cristianos, centrado el primero en Francia y el otro en Inglaterra. Sobre uno u otro, se basó la opinión y legislación posterior respecto a la esclavitud de los negros. La base filosófica se encuentra en esa porción de la célebre obra de Rousseau, Émile, llamada Profession de foi d'un vicaire savoyard. Las ideas expuestas causaron una profunda impresión en todo los escritores sobre la teoría del gobierno durante el resto del siglo. Según Rousseau un hombre es un ser por naturaleza bueno, amante de la justicia y el orden. En un estado de sociedad ideal cada miembro debería ser libre e igual en todos los sentidos. Esas doctrinas y el vasto sistema que surgió de ellas fueron, por diversas razones, abrazadas con el más profundo entusiasmo en Francia. Pero el primer documento oficial público en el que esas opiniones fueron claramente expuestas es la Declaración de Independencia, aunque en Francia el primer artículo de la "Declaración de los derechos del hombre y los ciudadanos" adoptada en 1789 al comienzo de la Revolución afirma que "todos los hombres son nacidos libres e iguales y tienen los mismos derechos". Y como resultado lógico de esta declaración, basada sobre la enseñanza de Rousseau, la Convención Francesa (4 febrero de 1794) declaró que la esclavitud de los negros debía ser abolida en todas las colonias francesas y que todos los hombres por tanto tendrían los derechos de ciudadanos franceses. Éste fue el primer acto por el que una nación en Europa decretó la abolición de la esclavitud.

William Wilberforce
El ataque cristiano; abolición del comercio de esclavos.
Junto a los ataques de los filósofos franceses contra la esclavitud como una violación de los derechos naturales, surgió un movimiento hacia el mismo tiempo, principalmente en Inglaterra y Estados Unidos, que tenía el mismo propósito, pero fundado sobre convicciones del deber cristiano. La conciencia fue el impulso para la acción y el resultado fue la obra seria, persistente y personal. La esclavitud africana fue al principio el principal punto de ataque de los abolicionistas. En 1772 Granville Sharp demandó la supresión sobre bases religiosas. Poco antes de la Revolución, Virginia solicitó que no fueran enviados más esclavos cristianos a la colonia; unos pocos años después Thomas Clarkson dedicó su vida a convencer a sus conciudadanos de que debían prohibir el comercio de esclavos por ley, ya que violaba todo principio de humanidad cristiana. Entre las denominaciones religiosas que en conjunto tomaron parte activa en esta obra estuvieron los cuáqueros, que presentaron a la cámara de los Comunes una petición para la abolición de la esclavitud en 1784. En 1789 la Asociación General Bautista de Virginia resolvió: "Que la esclavitud es una violenta privación de los derechos de la naturaleza e inconsistente con el gobierno republicano y por tanto recomendamos a nuestros hermanos hacer uso de todos los medios legales para extirpar este horrible mal del país." Mediante la incansable obra y la constante agitación del asunto en la prensa y en las reuniones públicas, el pequeño grupo de abolicionistas obtuvo el apoyo de muchos hombres públicos prominentes en Inglaterra, Wilberforce, Pitt, Fox y Burke, entre otros. Fue tal el sentimiento suscitado por la discusión del asunto y especialmente la convicción general de la violación del deber cristiano al mantener el tráfico, que, obligado finalmente por el clamor de la conciencia pública, el parlamento abolió el comercio de esclavos en 1807. En los Estados Unidos el comercio de esclavos extranjero quedó prohibido en 1808. Poco después, todas las naciones marítimas de Europa siguieron el ejemplo de Inglaterra y la obra fue coronada por la declaración del congreso europeo de Viena en 1815, comprometiendo a todos los poderes a eliminar el tráfico y "reprobarlo por la ley de la religión y la naturaleza", reconociendo de este modo dos fuerzas, la religión y la filosofía, que se habían combinado para obtener el resultado.

Cartel abolicionista
Cartel abolicionista
Actitud de los órganos religiosos.
En Estados Unidos el testimonio de los cuáqueros contra la esclavitud había sido uniforme desde el principio. En 1688 los cuáqueros alemanes residentes en Germantown, Pensilvania, propusieron a la asamblea anual que tomara medidas contra el comercio de esclavos. Desde 1696 a 1776 la Sociedad de Amigos declaró casi cada año "la importación, compra o venta de esclavos" por sus miembros "un delito repudiable." John Woolman y Anthony Benezet, ilustres filántropos cuáqueros, fueron los abolicionistas pioneros de los tiempos modernos. En 1776 la tenencia de esclavos quedó prohibida por la disciplina de la Sociedad de Amigos y desde ese tiempo sus miembros fueron conspicuos en apoyar las opiniones y legislación antiesclavista. La más alta judicatura de la Iglesia Presbiteriana en Estados Unidos hizo una declaración formal en favor de la abolición de la esclavitud no menos de seis veces entre 1787 y 1836. En 1845 y 1849 la Asamblea General (antigua escuela) en su acción, sin efectuar ningún cambio de opinión en cuanto a la pecaminosidad de la esclavitud, subrayó más particularmente los obstáculos formidables para la obra práctica de la emancipación. En 1864, durante la guerra civil, ese organismo proclamó abiertamente "el mal y culpa de la esclavitud" y su sincero deseo para que fuera extirpada. La Iglesia episcopal metodista se opuso a la esclavitud desde el principio. En la organización de la conferencia general en 1784 se adoptó una norma general en su disciplina, declarando la esclavitud contraria "a la ley de oro de Dios y a los inalienables derechos de la humanidad" y mandando que los predicadores que tuvieran esclavos fueran expulsados. No obstante, tras 1808 la esclavitud entre los miembros privados de la sociedad no fue asunto de disciplina, aunque la antigua norma que señalaba el gran mal que constituye la esclavitud y que la tenencia de esclavos debía ser un impedimento para oficiar la Iglesia, quedó incólume. El sentimiento anti-esclavista en el norte fue siempre muy poderoso en los metodistas y en la conferencia general de 1844 se aprobó una resolución por la que se solicitó que el obispo Andrew, que había adquirido ciertos esclavos a través de su esposa, fuera suspendido del ejercicio de toda función episcopal hasta que los esclavos fueran liberados. Esta medida desembocó en la interrupción de la conferencia y en la formación de dos iglesias episcopales metodistas en el país, la del norte y la del sur.

Antes de la guerra había, en los estados septentrionales, multitudes de cristianos de sentimiento totalmente anti-esclavista que no tomaron parte activa en la abolición del movimiento, porque se veían impedidos por la convicciones de su conciencia en cuenta a sus deberes como ciudadanos; pero cuando la esclavitud se convirtió en el pretexto de la rebelión y la guerra contra el gobierno y se hizo un intento de fundar un imperio sobre la piedra angular de la esclavitud y especialmente una vez que el gobierno nacional hubo decretado la emancipación de los esclavos, todo motivo para una tolerancia añadida quedó extirpado. Por la victoria del norte en la guerra civil, la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos se hizo completa.

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