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EDESA
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Edesa fue una importante ciudad del norte de Mesopotamia. Está localizada en el río Daisan, afluente por el este del Eufrates, casi a medio camino entre Diarbekir y Alepo. El Tárgum del pseudo-Jonatán, Jerónimo y Efrén Sirio identificaron incorrectamente la ciudad con la Erec de Génesis 10:10, pudiendo estar reflejado eso en la tradición árabe que relaciona el lugar con la muerte de Abraham, cuyo nombre lleva la principal mezquita de la ciudad. El nombre anterior de la ciudad se desconoce. La ciudad tomó un papel prominente como parte del imperio griego en el tiempo de Seleuco, quien posiblemente la renombró según la macedoniana Edesa, aunque una sugerencia etimológica indica que Edesa es una corrupción del siríaco Haditha, 'Nueva Ciudad'. Por los griegos fue llamada también Callirrohoe (sin duda por su fuente), de donde vino el nombre sirio Urhoi, el árabe el-Roha y el turco Urfa.

Edesa quedó teóricamente como ciudad del reino seléucida hasta el 136 a. C., cuando se convirtió en capital del reino chosroénico fundado por Orhoi bar-Khevyo (Osrhoes), entre cuyos sucesores estuvo Abgar, famoso por la supuesta correspondencia que mantuvo con Jesús (Eusebio Hist. Eccl., I, xxiii y sgg.). Fue saqueada por Lucio Quieto, general de Trajano en el año 116 d. C., siendo sometido el reino a los romanos, aunque su independencia fue restaurada por Adriano, probablemente al año siguiente. En 217 su autonomía acabó con Caracalla, cuanso se fundó una colonia romana. Durante el siglo siguiente sufrió severamente en las guerras entre romanos y persas, siendo visitada por Juliano, quien se propuso distribuir la riqueza de los cristianos nativos y sus iglesias entre sus soldados. En el año 609 los persas tomaron posesión y en el 641 los musulmanes la conquistaron. Fue capturada durante la cruzada bajo Godofredo de Bouillon en 1097, permaneciendo en manos cristianas hasta 1144, cuando fue tomada de nuevo por los musulmanes. En 1234 perteneció a los bizantinos, tomándola Tamerlán en 1393 y los turcos en 1637.

La ciudad fue desde antiguo sede del cristianismo y una tradición no confiable atribuye la introducción de la fe a Tadeo o a Addai, supuestamente uno de los setenta, enviado por Tomás el apóstol (cf. Acta Thaddæi, Apocrypha, B, II, 12). Esta tradición siria hace de Addai el primer obispo y sus inmediatos sucesores Aggæus y Barsimæus. La primera iglesia cristiana edificada se dice que fue destruida por una inundación en el año 202, lo que testifica de la temprana introducción del cristianismo allí. En el siglo III era sede episcopal y en el IV una ciudad de monasterios así como sede principal del saber cristiano sirio con sus famosas escuelas, de las que surgió una larga línea de famosos eruditos.

Fue el hogar de Efrén Sirio y Sozomeno (Hist. ecl., vi. 18) afirma que en el tiempo de Valente (363-378) la mayoría de los habitantes eran cristianos. El tipo de cristianismo parece haber cambiado del ortodoxo al arriano y luego al nestoriano. Bajo Diocleciano parece que fue escenario de muchos martirios y bajo Sapor II de Persia los cristianos sufrieron severas persecuciones. Es todavía sede del arzobispo armenio y da nombre al arzobispado titular católico. La mayoría de su población es musulmana.

El siguiente relato sobre Edesa es de Eteria, la peregrina que recorrió a finales del siglo IV diversas tierras bíblicas:

'Después de algunas jornadas de viaje, llegué a Batanis, ciudad cuyo nombre leemos en las Escrituras, y que todavía existe. Tiene una iglesia con su obispo verdaderamente santo, monje y confesor. Hay algunos sepulcros de mártires y tiene muchos habitantes la ciudad. Por eso hay una guarnición de soldados con su tribuno. Partiendo de allí, con la ayuda de Cristo, Dios nuestro, nos dirigimos a la iglesia y sepulcro de santo Tomás [en Edesa]. Luego, como acostumbramos en los lugares santos, hecha la oración y demás preces, leímos algo sobre el santo. La iglesia es grande, muy bonita y de nueva planta, como debe ser la casa de Dios. Me quedé tres días porque había allí muchas cosas que deseaba ver. En la ciudad vi muchos sepulcros de mártires y santos monjes que vivían junto a los sepulcros o lejos de la ciudad, en monasterios solitarios. El santo obispo de dicha ciudad, hombre verdaderamente religioso, monje y confesor, acogiéndome con agrado me dijo: «Como veo, hija, que con religiosa intención te has impuesto el trabajo de venir a estos lugares desde tierras remotas, si lo tienes a bien te mostraremos todo lo que gustan de ver los cristianos que vienen por aquí». Yo entonces, dando gracias a Dios y al obispo, le rogué encarecidamente que se dignase hacerlo así.

Me llevó primero al palacio del rey Abgar, donde me mostró la estatua arquetipo del mismo rey, grande y parecida a él, según ellos decían, de mármol tan brillante que parecía de perlas. A juzgar por el rostro de Abgar, visto de frente, daba la impresión de haber sido hombre realmente sabio y de honorable honradez. Me dijo el santo obispo: «Éste es el rey Abgar, quien creyó que el Señor era verdaderamente Hijo de Dios antes de haberle visto». Cerca de allí había otra estatua de mármol. Dijo que era de Magno, hijo de Abgar; era también de gracioso aspecto. Pasamos luego al interior del palacio. Había fuentes llenas de peces como nunca había visto: grandes, lustrosos, de buen sabor. Actualmente la ciudad no tiene más agua que la que sale del palacio como gran río de plata. El santo obispo me contó cómo había sido el origen de aquel agua: «Algo después de haber escrito el rey Abgar al Señor y de que el Señor hubiese contestado a Abgar por medio del correo Ananías, como está escrito en la misma carta, después de algún tiempo pasaron los persas y cercaron la ciudad. Pero el rey Abgar, con la carta del Señor en mano, se dirigió enseguida a la puerta y oró públicamente con todo el ejército. Después dijo: «Señor Jesús, tú nos habías prometido que ningún enemigo entraría en esta ciudad y ya ves que ahora nos atacan los persas». Esto dicho y teniendo el rey la carta en sus manos levantadas, de repente cubrieron densas tinieblas las afueras de la ciudad. Los persas llegaban ya a tres millas de la misma, pero no pudieron ver más que para fijar sus campamentos cercando toda la ciudad a distancia de las tres millas a que se hallaban. Quedaron los persas tan desconcertados que ya no veían por dónde entrar en la ciudad. Durante tres meses continuaron cercándola los enemigos a tres millas de distancia. Viendo que no había manera de asaltarla, quisieron hacer morir de sed a los que vivían en ella. Ese montecillo ves, hija, en lo alto de la ciudad la abastecía de agua en aquel tiempo. Cuando los persas se dieron cuenta, desviaron el agua de la ciudad y dirigieron la corriente al lugar donde habían fijado los campamentos. En el mismo día y en la misma hora que los persas desviaron el agua, hizo Dios que de repente brotaran las fuentes que ves en ese lugar. Ahí continúan, gracias a Dios. En cambio, el agua que habían desviado los persas se secó en aquel momento de tal manera que ni los mismos que cercaron la ciudad tuvieron para beber un solo día. Como ahora veis, nunca ha vuelto a haber allí nada de humedad. De este modo, por voluntad de Dios sucedió tal como él lo había prometido. Tuvieron que volver a Persia, su país. A lo largo del tiempo, siempre que los enemigos intentaron volver y atacar la ciudad, salieron con la carta y la leyeron a la puerta. Inmediatamente tenían que retirarse los enemigos, gracias a Dios. Contaba también el santo obispo que en el mismo lugar donde habían brotado las fuentes, había antes un campo, dentro de la ciudad, junto al palacio de Abgar. El palacio estaba situado un poco más alto, como ves, pues en aquel tiempo tenían la costumbre de construir siempre los palacios en lugares altos. Pero después que brotaron las fuentes en este lugar, Abgar levantó allí mismo este palacio para su hijo Magno, cuya imagen arquetipo ves junto a la de su padre, de manera que las fuentes quedasen dentro del palacio».

Después que me contó todo esto, el santo obispo añadió: «Vamos ahora a la puerta por donde entró el correo con la carta que dije». Cuando llegamos a la puerta misma, el obispo, de pie, hizo oración y nos leyó las cartas, nos bendijo y oramos de nuevo. Nos contó, además, aquel santo varón que desde el día en que entró por aquella puerta el correo Ananías con la carta del Señor hasta el día de hoy la puerta está vigilada para que no pase por ella ningún impuro ni entierros y para que no arrojen allí ningún cadáver. El santo obispo nos mostró también el sepulcro de Abgar y de toda su familia; era muy hermoso, pero de estilo antiguo. Nos llevó luego al primer palacio que tuvo el rey Abgar en la parte alta y nos mostró varios lugares más. Con mucho gusto acepté el regalo que me hicieron de las cartas de Abgar y del Señor, que el santo obispo nos había leído. Yo tenía copia de ellas en mi patria, pero me fue muy grato recibirlas de sus manos en este lugar, por si acaso las copias nos habían llegado incompletas. Realmente eran más extensas que las que allí tenía. Si Jesús, Dios nuestro, lo quiere, cuando regrese a la patria las leeréis vosotras, señoras de mi alma.'
(Eteria, Peregrinación, XIX 1-15, De Peregrinación de Eteria. Itinerarios y guías primitivas a Tierra Santa, edición presentada y preparada por Teodoro H. Martín-Lunas, Salamanca, 1944, páginas 54-56).

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