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CONSTANTINOPLA
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Constantinopla es el nombre de la antigua ciudad de Bizancio, fundada, según la tradición, por colonos megarianos en el año 656 a. C. y que obtuvo, debido a su situación estratégica, gran importancia comercial y política.

La ciudad.
Tras muchas vicisitudes bajo control persa, macedonio, galo y ateniense, fue incorporada al imperio romano y a pesar de su destrucción por Alejandro Severo (192), se convirtió en la segunda capital del imperio del siglo cuarto. Una vez que Constantino el Grande conquistó o pacificó a sus enemigos extranjeros, determinó construir una ciudad que llevara su nombre y fuera igual a Roma. Escogió Bizancio en 326 y la adornó con iglesias y palacios, así como con obras de arte traídas de Italia y Grecia, obligando a los colonos a asentarse allí y dando vastas extensiones de tierra a familias de prominencia. La primera iglesia que construyó fue una magnífica estructura en honor de los apóstoles y también fundó las iglesias de San Miguel y de Santa Sofía, aunque esta última fue reconstruida por Justiniano en 538. No se permitieron templos paganos en la ciudad, salvo durante el reinado de Juliano, lográndose muchas conversiones entre judíos y paganos.

Mapa del Imperio bizantino en 1025
Mapa del Imperio bizantino en 1025

La historia antigua de Constantinopla la proporciona Crisóstomo. La población en su tiempo era de 100.000 personas y la cultura prevaleciente una mezcla de elementos griegos, romanos, cristianos y gentiles, pero el carácter predominante era oriental. Los principales estudios eran la medicina y el derecho, aunque la retórica y la oratoria eran grandemente estimadas. La lógica de Aristóteles y la filosofía de Platón disfrutaban de amplio renombre, aunque las matemáticas fácilmente degeneraban en astrología. La mente bizantina estaba falta de vigor creativo, pero poseía un maravilloso poder de retención. El arte, la literatura, la moral y la dicción del período tienen un parecido estrecho formal, distinguiéndose por una curiosa combinación de delicadeza, ampulosidad y artificiosidad. La misma catolicidad de los bizantinos llevó a tal confusión que cada poder invadió la esfera del otro y procuró usurpar funciones ajenas, ya que el mundo eclesiástico y el político, claramente distinguidos en otras partes, estaban aquí fusionados. Algunas veces los monjes y clérigos se convirtieron en déspotas políticos y los emperadores en teólogos. Aunque no debe olvidarse que Constantinopla protegió a la Europa cristiana contra los peligros del oriente, resistió la supremacía papal y preservó un catolicismo no romano, alimentando la lengua y el saber griego.

Mapa de la Iglesia oriental: metrópolis y patriarcados

El patriarcado.
En su división del imperio Constantino puso un fundamento para el desarrollo simultáneo de los metropolitanos y la unión de las diócesis en grandes corporaciones jerárquicas. El principio de que la organización eclesiástica debería seguir estrechamente la política dio una súbita promoción al obispo de Constantinopla, que estaba originalmente subordinado al metropolitano de Heraclea. En 381 el segundo concilio ecuménico impuso que el obispo de Constantinopla, como la Nueva Roma, debería ser el más alto en rango después del obispo de Roma, por lo que el título de patriarca que le fue dado a los metropolitanos de primera clase (Alejandría, Antioquía, Jerusalén y Roma) le fue otorgado a su titular. El concilio de Calcedonia (451) fue más allá y dio al patriarca de Constantinopla el mismo rango que al papa, mientras que sus poderes se extendían hasta comprender las diócesis del Ponto, Asia y Tracia, el derecho a ordenar a todos los metropolitanos subordinados, a convocar sínodos provinciales y ser el tribunal de última apelación para asuntos eclesiásticos en el este. A pesar de esas prerrogativas, ciertos factores se combinaron para mantener al patriarcado dentro de unos límites. El siguiente texto del concilio de Calcedonia hace referencia al papel de la sede patriarcal de Constantinopla:

'Siguiendo en todo los decretos de los Santos Padres, y reconociendo el canon de los 150 obispos [...] que acaba de ser leído, tomamos y votamos las mismas decisiones respecto a los privilegios de la muy santa iglesia de Constantinopla, la Nueva Roma. En efecto, los Padres acordaron justamente a la sede de la antigua Roma sus privilegios, puesto que esta ciudad es la ciudad imperial. Por el mismo motivo los 153 piadosos obispos han acordado iguales privilegios a la muy santa sede de la nueva Roma, juzgando con razón que la ciudad que es honrada por la presencia del emperador y del senado y que goza de los mismos privilegios que la antigua ciudad imperial de Roma, es como ésta grande en los asuntos eclesiásticos, siendo la segunda tras aquélla: de manera que los metropolitanos de las diócesis del Ponto, Asia y Tracia, y los obispos de las regiones de estas diócesis situadas en las regiones bárbaras, serán ordenados por la muy santa sede de la muy santa iglesia de Constantinopla, aunque, bien entendido, cada metropolitano de las susodichas diócesis ordena, con los obispos de la eparquía, como está prescrito por los divinos cánones; pero, como se ha dicho, los metropolitanos de dichas diócesis serán ordenados por el arzobispo de Constantinopla, después de la elección concordante hecha según la costumbre y notificada a este último.'
(Canon 28. Trad. esp. en P. Th. Camelot, Éfeso y Calcedonia, Eset, Vitoria, y71, p. 172).
Mapa del Imperio bizantino en 1265
Mapa del Imperio bizantino en 1265

La Iglesia griega no era partidaria de la centralización, por lo que en la controversia monofisita los obispos de Alejandría y Antioquía fueron capaces de oponerse al patriarca de Constantinopla sin que peligrara su independencia, mientras que en la Edad Media quedaron subordinados a él hasta donde las relaciones con el papa y la resistencia a la sede latina se decidían en la capital. Las relaciones oscilantes con Roma fueron también dañinas para la independencia de los patriarcas. León Magno protestó contra la igualdad de ambas capitales decretada por el concilio de Calcedonia y fue sólo después de la propia humillación de Anatolio que logró reconciliar al papa. En un espíritu similar Pelagio II y Gregorio Magno rechazaron que Juan el Ayunador (587) asumiera el título de patriarca ecuménico. Un malentendido sobre el significado de este término parece haber prevalecido entre Roma y Constantinopla. Es a duras penas probable que el patriarca deseara ser un obispo universal, sino más bien un obispo del imperio, de los cuales podía haber varios. Pero como Flaviano de Constantinopla buscó la ayuda de León Magno y Sergio I de Constantinopla invocó la de Honorio en la controversia monotelita, hubo muchos actos de los patriarcas que podían ser al menos interpretados como apelaciones a Roma. El resultado de este alternado celo y reconocimiento fue un sentimiento de supremacía por parte de Roma que desembocó, con hombres tales como Focio y Cerulario, en un cisma definitivo. En los siglos siguientes los uniatos griegos se mostraron dispuestos a admitir la supremacía romana dentro de ciertos límites, mientras que los ortodoxos mantuvieron una tenaz resistencia que defienden sobre bases eruditas. La libertad de los patriarcas fue frecuentemente restringida por los emperadores. Los patriarcas eran los vasallos eclesiásticos más altos, pero el hecho de que su elección y destitución dependiera generalmente del mandato del emperador, hasta el punto de que muchos laicos fueron elevados casi inmediatamente por mandato imperial al rango de patriarcas, y que los emperadores continuaran interviniendo en asuntos eclesiásticos y dogmáticos, privó al oficio de la dignidad y poder que debería haber poseído.

Entrada de Roger de Flor en Constantinopla, por José Moreno Carbonero. Palacio del Senado. Madrid
Entrada de Roger de Flor en Constantinopla, por José Moreno Carbonero.
Palacio del Senado. Madrid

La sucesión de los patriarcas de Constantinopla se conoce con tolerable certeza, aunque una muy dudosa tradición la retrocede hasta el primer siglo, siendo el fundador ostensible Andrés el apóstol. Excepto para los primeros siglos, se pueden distinguir cuatro períodos: (1) Desde Constantino a la controversia de Focio (861) o hasta la completa ruptura con occidente bajo Cerulario (1054); (2) hasta el interregno de los latinos, que obligó a los patriarcas y al emperador a refugiarse en Nicea, mientras existió un patriarcado latino en Constantinopla (1204-61); (3) hasta la captura de la ciudad por los turcos (1453); y (4) hasta el día actual. La extensión del patriarcado fue mayor en la Edad Media, pero en 1589 sufrió su pérdida más seria cuando se creó el patriarcado ruso y en el siglo XIX el desarrollo del nacionalismo en la península balcánica produjo un innecesario número de iglesias autónomas, que debilitaron al patriarcado de Constantinopla y a toda la Iglesia griega oriental. El primero de sus cismas se produjo en Grecia; Bulgaria ha sido más o menos independiente desde 1872 y Serbia y Rumanía tienen iglesias separadas desde 1885. Sin embargo, todos esos cuerpos están más o menos relacionados y el patriarca de Constantinopla todavía posee una cierta autoridad moral.

Mapa del Imperio bizantino en 1355
La caída de Constantinopla en 1453 se tradujo en un crecimiento del poder del patriarca, que ahora ejercía más control sobre los destinos de los conquistados. Por otra parte, quedó sujeto, en gran medida, a los caprichos del sultán y sus visires. Desafortunadamente, la venalidad oficial de los turcos se extendió hasta el trono patriarcal y ningún patriarca pudo obtener la posición sin simonía.

Concilios y sínodos.
El segundo, quinto, sexto y octavo de los concilios ecuménicos o generales se celebraron en Constantinopla. El primer concilio de Constantinopla fue convocado por Teodosio I en 381 para confirmar la fe nicena y tratar con otros asuntos de la controversia arriana. Melecio de Antioquía, Gregorio de Nacianzo y Nectario lo presidieron sucesivamente. Gregorio de Nacianzo fue hecho patriarca, pero pronto dimitió y Nectario fue puesto en su lugar. Siete cánones, cuatro doctrinales y tres disciplinarios, se atribuyen al concilio y son aceptados por la Iglesia griega, aunque la Iglesia católica sólo acepta los primeros cuatro. El segundo concilio de Constantinopla se reunió en 553 bajo Justiniano I y fue un episodio de la controversia de los Tres Capítulos, esto es, los escritos de Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciro e Ibas de Edesa, resultando en su condenación. El tercer concilio de Constantinopla del 17 de noviembre de 680 al 16 de septiembre de 681 fue convocado por Constantino Pogonato y trataba con el monotelismo. Es también conocido como el primer concilio de Trullo. El cuarto de Constantinopla del 5 de octubre de 869 al 28 de febrero de 870 fue convocado por el emperador Basilio el Macedonio y el papa Adriano II, destituyendo y condenando a Focio como patriarca y, de los cuatro patriarcados en oriente, colocó a Constantinopla antes de Alejandría, Antioquía y Jerusalén (canon 21). Otras asambleas de importancia son el segundo concilio de Trullo en 692 y otro que se reunió bajo Constantino V Coprónimo en 754 para condenar la presencia de imágenes en las iglesias.

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