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BIBLIA
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La palabra "Biblia" (del griego biblia, "libros") o "Sagrada Escritura" es el término acostumbrado en la Iglesia y la teología para la colección reconocida de los escritos del Antiguo y Nuevo Testamento. Ya que los escritos del canon del Antiguo Testamento están indicados en el Nuevo Testamento por el término "las Escrituras" o "la Escritura", así en la Edad Media el conjunto total fue designado por "los Libros." Por una mala interpretación de la forma griega, la palabra fue recibida en las lenguas modernas como femenino singular.

Biblia Hebrea. Ms. en pergamino, siglo XV. Biblioteca Nacional, Madrid
La Biblia en la Iglesia antigua.
La distinción de esos escritos y su separación de cualquier otra literatura como "el Libro de los libros" se deriva de la práctica de Jesús, quien, con sus contemporáneos, reconoció la autoridad del Antiguo Testamento. El Antiguo Testamento fue transmitido, en la traducción griega de la Septuaginta, como palabra de Dios a los cristianos gentiles por los seguidores de Jesús. Finalmente a comienzos del siglo tercero se añadió el canon del Nuevo Testamento al del Antiguo, tal como testifica la versión siríaca. Y desde ese tiempo la colección bipartita se trató siempre como un todo, aunque la incertidumbre sobre algunos libros (los denominados antilegomena) no se olvidó durante la Edad Media, siendo reconocida por Lutero y otros reformadores y tratada desde un punto de vista dogmático por Martin Chemnitz (Examen concilii Tridentini, Francfort, 1596). La controversia sobre los apócrifos del Antiguo Testamento nunca se ha resuelto. La estima que la Biblia tuvo en la antigua Iglesia católica se aprecia por su posición dominante en el servicio divino, en su lectura y en la proclamación de sermones basados en ella, pero especialmente por el trabajo pasado en traducirla.

En la Edad Media y período de la Reforma.
No ha de imaginarse que la Edad Media no tuvo un recto aprecio hacia la Biblia. Es necesario tener en cuenta las grandes dificultades que confrontó la Iglesia de ese tiempo para formar un lenguaje eclesiástico, e incluso una lengua literaria, para las naciones germana y eslava. En ausencia de la filología moderna los esfuerzos hechos son dignos de reconocimiento. El desarrollo jerárquico de la Iglesia tendió a paralizar tal apreciación, al imponer, a expensas de la inteligibilidad, la uniformidad en el uso de la lengua eclesiástica, poniendo para un control más fácil el "libro herético" bajo custodia de la magistratura eclesiástica. Pero la Reforma introdujo una nueva época de amplia propagación y apreciación de la Biblia. Los esfuerzos de los reformadores para hacer este libro accesible a todos los cristianos los hizo suyos el pietismo bajo Spener; la fundación del Instituto Bíblico Canstein y el envío de los primeros misioneros abrió el doble camino por el que la Biblia, especialmente en el siglo XIX, obtuvo su posición dominante en el mundo; el conocimiento de la Biblia se ha difundido por determinadas organizaciones misioneras dedicadas a la traducción de la Biblia mediante cientos de nuevas traducciones. La Biblia se convirtió, en el más pleno sentido, en el libro del pueblo en todos los países protestantes del viejo mundo, repitiéndose el mismo proceso entre las naciones no cristianas, donde la cooperación misionera proporciona la Biblia y con ella a veces un alfabeto y una lengua literaria.

Ideas críticas modernas.
Este celo para la propagación de la Biblia hunde sus raíces en la importancia única que le atribuye la teología de la Reforma. En oposición a la postura eclesiástica de Roma, los evangélicos desarrollaron su doctrina de la "autoridad decisiva o normativa de la Escritura", sobre la base del carácter incontrovertible de la Escritura como revelación. Esta alta estima se fundamenta en la doctrina de la "inspiración verbal", que atribuye a la Biblia todas las cualidades exigidas, tales como "perfección", al comunicar el "conocimiento necesario para la salvación", "transparencia" y el "poder de interpretarse a sí misma." Inadvertidamente, el conjunto de doctrina pura, mediante cuya ayuda se realizó la renovación de la actividad evangélica, se transformó en un conjunto de doctrinas que se combinaron mecánicamente, aparte de su origen histórico. En oposición a la tradición adulterada de Roma, el protestantismo pudo apelar al baluarte de la Escritura, en el que los católicos también reconocían la revelación divina. Pero la teología evangélica sucumbió primero al ataque que la "Ilustración", hacia mediados del siglo XVIII, realizó contra toda tradición e historia y especialmente la revelación histórica. En vano se hizo el esfuerzo de demostrar dogmáticamente el origen divino e inmediato de la letra de la Biblia, mientras que se fomentaba de manera contundente que la Biblia es una producción de autoría y tradición humana. Esta crisis fue gradualmente vencida por la victoria obtenida por el método "histórico-crítico" de tratar la Biblia, pero lo correcto de la revelación histórica quedó establecido contra la "religión y moralidad natural." Igual que en los tiempos anteriores el desarrollo histórico dentro de la Biblia se percibió ahora y después (por ejemplo, por Cocceius y Bengel), de modo que los estudiantes veían en sus escritos documentos de revelación divina que entraban en el mundo humano como hechos históricos (por ejemplo, la escuela de Erlangen). Sólo un grupo de teólogos del siglo XIX (como Hengstenberg y Rudelbach) regresaron a la antigua doctrina de la inspiración verbal; la mayoría de los investigadores asumieron una nueva actitud hacia la Escritura. Los documentos para tener valor deben ser antiguos y derivar de un tiempo cercano a los sucesos que relatan; deben tener testimonio de su autenticidad y credibilidad. Pero tal consideración meramente histórica de la Biblia demostró ser insuficiente y peligrosa en el siguiente período. "La teología liberal, investida con capacitación técnica" mostró el error en la tradición bíblica desde un punto de vista crítico y sustituyó conjeturalmente las evidencias bíblicas por los detalles de una historia natural de la religión, que compuso según la fórmula hegeliana con el propósito de que en la "revelación histórica" se contemplara el desarrollo de una idea religiosa, un acto en el drama del desarrollo natural de la humanidad (así pensaron F. C. Baur, E. Reuss y Wellhausen). Los resultados de esta crítica moderna se propagaron entre el pueblo mediante la literatura, en una burda confusión paralela a la anterior difamación ilustrada de la Biblia (como en Reimarus, Venturini y Bahrdt). En contra surgió una literatura exhaustiva que procuraba ganar a aquellos que se habían alejado de la Biblia y dar seguridad a los lectores perturbados. Se basaba en el reconocimiento de la parte que la revelación de Dios había desempeñado en la educación de la humanidad y en un método científico que desechaba las injustificadas conclusiones de la denominada crítica constructiva, al menos en lo que al Nuevo Testamento concierne. En esta batalla intelectual se hizo evidente que la estimación de la Biblia permanece en una relación indisolublemente recíproca con la posición tomada hacia el cristianismo positivo en general.

Cubierta de la traducción de Lutero de la Biblia al alemán, 1533, realizada por Lucas Cranach el Viejo
Cubierta de la traducción de Lutero de la Biblia
al alemán, 1533, realizada por
Lucas Cranach el Viejo
Que la Biblia es única.
Es por tanto absolutamente necesario (especialmente para el ministerio y la instrucción eclesiástica) tener una clara percepción de por qué la Biblia es el "Libro de los libros." Se adquiere al observar lo que le ha dado a la Biblia su posición histórica. A través del desarrollo completo de su obra en el género humano, la Biblia aparece en estrecha conexión con la Iglesia, cuya actividad esencial, según la Confesión de Augsburgo (vii), es la predicación de "la Palabra." El propósito común de ambas es transmitir la revelación del Dios vivo. Quien quiera que haya llegado a ser un creyente en el evangelio y rememora su experiencia, percibe también que el servicio de la Iglesia por el que fue guiado a ella estuvo inspirado por la Biblia, enseñando la observación añadida de la vida y la historia que la eficacia de la obra de la Iglesia depende del uso que haga de la Biblia. Pues sólo en las Escrituras se halla la forma inmutable y por tanto autoritativa de predicación que primero induce a la fe en Cristo y luego continúa haciéndolo. Por otro lado, el cristiano también reconoce que su personal relación con la Biblia se debe a la "voz viviente del evangelio". Entiende también que la Biblia es el libro de la Iglesia (Lutero), pero no un libro de texto o libro devocional que automáticamente es inmediatamente útil para el cristiano. En ella se encuentran producciones que están muy lejos de otras en el tiempo y que originalmente iban dirigidas a círculos totalmente diferentes, con necesidades bastante peculiares. Por eso se precisa la meditación y estudio bajo la guía del Espíritu Santo, sin olvidar el trabajo hecho por las generaciones pasadas de cristianos. Mientras que la investigación histórica establece la continuidad histórica y divide toda la Biblia en relatos y documentos históricos singulares, el acercamiento de la mayoría de los creyentes a la Biblia se dirige a ella en conjunto, buscando en cada parte de la misma una palabra de Dios aplicable a su condición personal. Estos intereses divergentes deben unirse, al observar que las partes individuales, al ser comprendidas como "la Biblia", reciben un nuevo valor y que en esta misma forma tienen una continuidad imperecedera y efectiva, en lugar de ser meramente monumentos individuales de tiempos pasados. La colección no es accidental, sino que transcribe las características peculiares de la vida humana, según se desarrolla bajo la influencia de la historia de la revelación. Por tanto, para quien ve en la dependencia de Dios el fundamento de la vida humana, la Biblia es el libro del género humano. Para el cristiano la Biblia es el gran hecho en el que Dios ha entretejido inseparablemente el conocimiento de su revelación con la historia de la humanidad.
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