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BAUTISMO
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Doctrina eclesiástica.

Enseñanza patrística.

Pintura mural en la catacumba de Calixto, siglo III. Roma
Pintura mural en la catacumba de Calixto, siglo III. Roma
Período primitivo.
Las expresiones de los Padres sobre el bautismo son muy indefinidas, no estando claramente distinguidas las características simbólicas de las realistas. Tal vez no hay que tomar demasiado en serio la comparación que hace Justino (1 Apol., lxi) de la regeneración por el agua del bautismo con la generación natural como su contraparte apropiada; pero Tertuliano en la especulación sobre la importancia general cósmica del agua y su relación natural interna con el Espíritu de Dios (Génesis 1:2), va tan lejos que indudablemente piensa en alguna clase de relación real del Espíritu con el agua del bautismo. Probablemente imagina que el Espíritu Santo tras la invocación a Dios hace su "morada" en el agua (De baptismo, iii-v). Pero no está claro cómo Dios o el Espíritu se supone que actúan en el hombre mediante el agua o desde el agua, cuánto por la intervención del cuerpo o cuánto por la voluntad y el pensamiento.

Desde los primeros días ha habido dos ideas que han sido características para la estimación del bautismo, la de que es la única y segura entrada a la congregación de Cristo y sus bendiciones, es decir, a la salvación, y la creencia de que aunque sus efectos se pueden perder, no puede repetirse. A la primera idea hubo sólo una excepción, la creencia de que el martirio, el bautismo de sangre, podía reemplazar al bautismo en agua. El bautismo de sangre fue incluso preferido, al dar entrada directa e irrevocablemente a la congregación celestial de Cristo. Por qué se consideró imposible la repetición del bautismo en agua no es totalmente inteligible. Sin embargo, ciertamente esta idea hizo sentir pronto su peso. Cuanto más valorado era el bautismo, más temida era la pérdida de su gracia, aumentando por tanto la tendencia a posponerlo hasta el final de la vida. No obstante, ya a principios del siglo segundo se desarrolló la costumbre de bautizar niños, si no bebés al menos los de "tierna edad". Tertuliano la desaprueba, opinando que el bautismo debería ser pospuesto al período de un desarrollo personal maduro. Él es también el primero en mencionar la institución del apadrinamiento. Todas las bendiciones de la Iglesia están en relación con el bautismo: perdón de pecados, renovación de vida (regeneración), recepción del Espíritu Santo, conocimiento de Dios ("iluminación") y seguridad de vida eterna (incorruptibilidad de alma y cuerpo). En el curso del tiempo quedaron separados los diferentes actos del bautismo: la inmersión en agua de la unción e imposición de manos, que se habían añadido no se sabe cuándo. Entonces se pensó que la inmersión o ablución significaba la purificación del pecado y los otros actos equipaban con el Espíritu y otorgaban la vida eterna. Sin embargo, en la práctica esas distinciones teóricas nunca se mantuvieron estrictamente separadas. Tertuliano exigió que como norma sólo el obispo, un presbítero o un diácono delegado por él, realizaran el acto del bautismo; sólo en caso de necesidad un laico estaba autorizado a realizarlo (De baptismo, xvii). Cipriano va más allá al decir que un sacerdote (sacerdos) "debe" (oportet) "purificar y santificar" el agua (Epist., lxx, 1).

Siglo cuarto.
En el siglo cuarto Cirilo de Jerusalén trató la doctrina del bautismo en su tercera alocución catequética, Gregorio de Nacianzo en su "Discurso sobre el santo bautismo" (Orat., xl) y Gregorio de Nisa ("Oración catequética mayor" xl y "Alocución a los que posponen el bautismo"). Tanto Gregorio de Nisa como Gregorio de Nacianzo desean un bautismo "temprano", no dejándolo para más tarde. El bautismo es aquí un poder de importancia primordial, que ayuda al hombre en sus tentaciones. Es tan necesario que incluso un niño no puede salvarse sin él. Gregorio de Nacianzo "recomienda" que los niños sean bautizados en el "tercer año de su vida." Que el bautismo de niños se hizo pronto más y más una costumbre general, a pesar de la oposición de la que Tertuliano testifica, se evidencia por el hecho de que Orígenes ("Sobre Romanos", v) lo considere una tradición apostólica. El motivo para esta imposición difiere en diversos autores. De hecho, la noción general en cuanto al significado del bautismo varía tan ampliamente que no había evidentemente ninguna "doctrina eclesiástica" reconocida, en el sentido estricto de la palabra. No pocas ideas de los ritos análogos de los misterios paganos penetraron en la enseñanza de los teólogos.

Agustín.
El primero que elaboró una auténtica teoría dogmática del bautismo fue Agustín, bajo la presión de su controversia con los donatistas. Su primer escrito más importante sobre el asunto es la exhaustiva obra De baptismo contra Donatistas libri vii, que puede ir aparejada con el más pequeño tratado De unico baptismo contra Petilianum. Hace una clara distinción entre sacramentum y res sacramenti. Es posible, según él, tener el sacramentum sin el res, la gracia de la cual el sacramento es signo. También enseñó originalmente que se puede obtener el res sin el sacramentum, pero posteriormente abandonó esta idea, al menos en lo tocante al bautismo. Al avanzar en edad, quedó más firmemente convencido de que el bautismo era indispensable para la salvación, ya que los hombres sólo pueden salvarse dentro de la Iglesia, a la que el bautismo es la única entrada. Es verdad que estaba pensando primordialmente en los adultos, pero incluso en su caso era de la opinión de que Dios sería misericordioso si por cualquier circunstancia un catecúmeno muriera sin el bautismo no por falta suya propia. Sin embargo, posteriormente creyó que incluso los niños que mueren sin bautizar no se pueden salvar, aunque sólo reciben el grado menor de condenación (cf. De peccatorum meritis et remissione et de baptismo parvulorum libri iii). La controversia con Pelagio le proporcionó a Agustín frecuentes ocasiones de desarrollar y justificar sus ideas sobre el bautismo de los niños (cf. especialmente su Epist. ad Dardanum, Epist., clxxxvii). Fue Agustín especialmente quien elaboró la teoría de que el bautismo tiene relación con el pecado original. Es verdad que puso más énfasis originalmente sobre el pecado en general que sobre el pecado original como obstáculo a ser removido por el bautismo. Pero a medida que la idea del bautismo de niños comenzó a ocupar su mente, tanto más el pecado original se convirtió en el punto central de su interés, acompañado con la cuestión de la importancia dada a la fe en relación con el bautismo. No enseñó que los niños mismos tuvieran fe, sino que la fe de la Iglesia les beneficiaba. Ya que la Iglesia presenta a los niños a Dios en el bautismo, al hacer una confesión de fe en su lugar, Dios les otorgará el auténtico perdón y poder para una auténtica "conversión del corazón" cuando crezcan (cf. especialmente su Epist. ad Bonifacium, Epist., xcviii). Pero en este punto hicieron acto de presencia sus ideas sobre la predestinación y con ellas sus distinciones dentro del sacramento, según las cuales el bautismo no es suficiente para la salvación si alguien no está predestinado.

Enseñanza católica y oriental

Bautismo del vikingo Rollan, condición impuesta por el rey Carlos para nombrarlo duque de Normandía
Bautismo del vikingo Rollan, condición impuesta
por el rey Carlos para nombrarlo duque de Normandía
Catolicismo escolástico y posterior.
El escolasticismo en conjunto sólo elaboró y sistematizó la doctrina de Agustín (cf. Pedro Lombardo, Sent., IV, dist. iii-vii, y Tomás de Aquino, Summa, III, quæst. lxvi-lxxi). Las ideas expresadas en el Catechismus Romanus (parte II, capítulo ii) y el tratado De baptismo (Disputationes de controversiis Christianæ fidei, II, ii, 1) de Bellarmino descansan sobre la misma base. Se hizo costumbre en los escolásticos explicar la doctrina de los sacramentos por la distinción de las ideas de materia y forma. Todo en el sacramento descansa sobre la institución divina y por tanto no puede ser alterado ni siquiera por la autoridad de la Iglesia. La Iglesia no puede abolir un sacramento y está obligada a observar su materia y forma, pero puede estar segura de poseer y transmitir todo lo que el sacramento debe contener y ofrecerlo según la voluntad divina. Si la materia y la forma están correctamente relacionadas, el sacramento produce su efecto ex opere operato. La materia del bautismo es el agua sola; su forma son las palabras: "Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo." En el bautismo todos los pecados son perdonados; en el niño el pecado original, en el adulto también los pecados actuales. En referencia especial al pecado original, Tomás enseña que es quitado solo el reatu, es decir, lo tocante a su culpa (que es lo suficientemente grande para excluir a cualquiera de la bendición del cielo), pero no el actu. Esta expresión significa que la "concupiscencia" todavía permanece como una "mecha" (fomes) que en cualquier momento puede inflamar el pecado. Pedro Lombardo subrayó la idea de que la concupiscencia natural está "debilitada." El concilio de Trento (sesión quinta) enseña que no es pecado en el sentido propio de la palabra. La auténtica conversión sigue al bautismo, pero se apoya parcialmente sobre la gracia que otorga y que solo necesita ser usada por nuestro libre albedrío. Gran importancia se asocia a la enseñanza de Tomás especialmente sobre el "carácter" que el bautismo confiere. Eso también retrocede a Agustín, quien trata esta idea brevemente para establecer la validez del bautismo de los herejes. El bautismo nos incorpora con Cristo bajo todas las circunstancias. Confiere el "carácter" de pertenecer objetivamente a Cristo, a su "cuerpo", la Iglesia. Este carácter es indeleble y depende sólo de la debida administración del sacramento en cuanto a materia y forma. Por tanto, el bautismo pone a cualquiera en contacto verdadero con la corriente de gracia que emana de Cristo. Cualquiera que "interpone un obstáculo" para no recibir el bautismo en la disposición subjetivamente correcta (por ejemplo, un hereje) no experimenta este contacto inmediato con la gracia justificante hasta que remueva el obstáculo (regresando a la fe de la Iglesia). El carácter otorgado en el bautismo conlleva el derecho y la capacidad para recibir los otros sacramentos y al mismo tiempo supone el deber de obediencia a la Iglesia. En la práctica es el sacramento de la penitencia el que posteriormente hace el carácter del bautizado herético o hipócrita eficaz para la salvación. Sobre la base de su teoría del carácter, la Iglesia católica reconoce "en principio" el bautismo de los protestantes, pero prácticamente se pone en duda si las iglesias protestantes realizan el bautismo con el debido respeto a la materia y la forma. Los convertidos son pues, donde hay incertidumbre, bautizados hipotéticamente con la forma: "Si tú no has sido bautizado, yo te bautizo..." etc. En un punto esencial el escolasticismo difirió de Agustín, al menos del Agustín posterior más estricto, al reconocer no sólo el "bautismo de sangre" sino el "bautismo del Espíritu Santo" o "de deseo", como portador de la gracia. Según Pedro Lombardo y especialmente Tomás de Aquino un adulto puede incluso antes del bautismo participar por la fe de los efectos del bautismo sobre el corazón (conversio en el auténtico sentido); puede desear tan eficazmente la salvación como para ser incorporado con Cristo mentaliter y poseer el res sacramenti sin el sacramentum, por lo que si muere súbitamente, el votum sacramenti sería suficiente para procurarle la salvación. La Iglesia católica todavía niega la salvación de los niños no bautizados; la tradición en conjunto sobre este punto estaba tan firmemente establecida que el escolasticismo no se atrevió a pensar de forma diferente. Según esta doctrina los niños no bautizados no van al infierno, pero tampoco al cielo, permaneciendo en un lugar especial, el limbus infantium.

Bautismo de Vladimir, de La crónica de Néstor
La Iglesia oriental.
No es necesario decir mucho sobre la enseñanza oriental en tiempos medievales y modernos. La mente griega posterior parece haber encontrado otros "misterios" no de hecho más importantes pero sí más interesantes y con más necesidad de exposición. Pero por supuesto este sacramento no podía quedar omitido de las consideraciones de la teología mistagógica. Desde el tiempo de Cirilo de Jerusalén y el pseudo-Dionisio las ceremonias bautismales tuvieron su lugar definido en esas discusiones, pero se le dio un lugar mucho mayor, especialmente en el periodo bizantino, a la eucaristía. El tratamiento más exhaustivo del asunto después del Areopagita es el de Nikolaos Kabasilas, metropolitano de Tesalónica († 1371), particularmente en su tratado "Sobre la vida en Cristo." Los griegos subrayan las ideas de regeneración e iluminación, concibiéndolas ambas bajo aspectos tales que son obtenibles por métodos filosóficos específicos (aristotélicos). La noción de un nuevo nacimiento se desarrolla por los términos de "materia" y "forma" y la doctrina de una transferencia del reino de tinieblas o del pecado al de la luz o la verdad se ilustra fácilmente por la relación largamente supuesta entre oscuridad y materia, entre luz y forma o la auténtica "idea" o imagen de Dios en el hombre. La concepción del pecado original fue también habitual entre los griegos posteriores. Los teólogos del siglo XVII consideraron que las ideas protestantes eran una corrupción de la verdad, que ellos encontraron en un realismo incondicional en cuanto al valor de la ceremonia bautismal. El bautismo para ellos no es meramente el perdón, sino la abolición, la extinción del pecado, aunque a veces es complicado captar el matiz preciso del significado manifestado en sus retóricas expresiones. Ellos exigen, en oposición tanto a Roma como al protestantismo, una triple inmersión, aunque la Iglesia rusa ha abandonado formalmente la práctica de rebautizar a los occidentales. Enseñan que los niños que mueren sin el bautismo no se pueden salvar, aunque Mesoloras, por ejemplo, subraya la liviandad del castigo en su caso.

Enseñanza de los reformadores.

Bautismo de Cristo, con Lutero y Juan Federico de Sajonia. Grabado de Lucas Cranach el Joven
Bautismo de Cristo, con Lutero y Juan Federico de Sajonia. Grabado de Lucas Cranach el Joven
Luteranos.
Para entender correctamente la actitud de Lutero hacia el bautismo es necesario captar su idea de la gracia, que determina la distinción central entre la concepción de los sacramentos en el protestantismo y el catolicismo. Lutero definió la gracia no en el sentido del poder divino (virtus), sino como una señal de la disposición divina, en el antiguo sentido latino de favor divino. También consideró el bautismo necesario para la salvación, creyendo incondicionalmente en el mandato de Cristo en Mateo 28:19. No se preguntó por la razón de este mandato, por su "necesidad" en un sentido racional, viendo en ello simplemente la expresión del amor de Cristo, que desea convencernos mediante el bautismo del favor de Dios y que por tanto aviva la "fe" (fides en el sentido de fiducia). En el bautismo experimentamos el otorgamiento verdadero del favor de Dios, que, sin el mismo, no desciende, o al menos no indudablemente, sobre el hombre. Lutero no entiende la necesidad del bautismo para salvación en el sentido de que la gracia de Dios está incluida en el sacramento en un sentido objetivo, sino que aunque se puede estar enteramente asegurado de la gracia sin el sacramento, en virtud del mismo uno puede estar "siempre" seguro de la gracia de Dios por la fe. La predicación del evangelio se dirige a la humanidad en general; el sacramento se aplica al individuo como tal y por tanto le otorga la seguridad de la gracia y en caso de duda es la única garantía plena de que está en el favor de Dios. Lutero no sigue la idea católica de "carácter" conferida en el bautismo, sino que aplica su nueva definición de la gracia al contenido del bautismo para establecer el hecho de que el bautismo posee validez para la vida entera, validez que es una oferta real de gracia. No busca en el bautismo nada más que la gracia. A través de toda la vida se percibe que Dios en el bautismo nos da a conocer su voluntad por medio del signum, el acto realizado por medio del agua. La idea de Lutero del bautismo fue idéntica con su idea de los sacramentos en general, de que confirman la "Palabra." Como la Palabra, el bautismo sólo puede ser eficaz si encuentra fe o establece la fe por su poder. Pero en fe se puede siempre mirar hacia atrás, para conocer que se posee la gracia de Dios.

En cuanto a la idea de Lutero de los sacramentos en general se pueden distinguir tres períodos en su exposición del bautismo, que, sin embargo, se caracterizan por su modo de expresión más que por un desarrollo de pensamiento. Del primer período se originó el "Sermón sobre el sacramento del bautismo" (1519). Aquí distingue especialmente entre el "signo" y lo que "significa", para establecer el hecho de que es la fe la que proporciona al hombre lo que el signo significa. La inmersión en agua en el nombre de Dios denota la muerte al pecado y la resurrección a la gracia. El segundo periodo comienza en 1520 y se caracterizó especialmente por la obra De captivitate Babylonica. En ella subraya la "promesa" que el bautismo contiene. En realidad, la Palabra es todo en el sacramento, siendo la inmersión en el agua sólo el sello que confirma la Palabra y la hace plenamente segura. En el tercer periodo también, el de su controversia con los fanáticos, Lutero proclamó que la Palabra es lo principal en el sacramento. Mantuvo, a veces casi en el espíritu de la ley, que el bautismo está basado sobre un "mandato" de Cristo. Por otra parte, señala el hecho de que mediante la Palabra el agua se convierte en un elemento "divino, celestial, sagrado". Pero esto hay que entenderlo en la misma manera que su atribución de un carácter divino a los padres y autoridades. En último análisis él sólo desea establecer firmemente y mostrar plenamente la autoridad incondicional del bautismo como representación de la voluntad divina sobre nosotros. No hay que entender sus palabras en el sentido de una especulación teosófica. Al último periodo pertenecen el Catecismo Mayor, el tratado Von der Wiedertaufe, an zwei Pfarrherrn (1528) y varios sermones sobre el bautismo, especialmente el de 1535.

Melanchthon bautizando, por Lucas Cranach
La doctrina de Melanchthon es idéntica a la de Lutero. Dice que Dios inscribe "por medio del agua su promesa" en un cierto sentido "sobre nuestros cuerpos." Los reformadores estaban convencidos de que los niños deben ser bautizados para ser salvos, pues a causa del pecado original necesitan ser perdonados y renovados en la gracia. Pero si el bautismo ha de despertar la fe para salvar a los niños era un gran problema, al menos para Lutero, si se podía decir que tal cosa tenía lugar. Él creía que tenía lugar, en consideración al poder de la palabra de Dios, que puede incluso cambiar el corazón del impío y a fortiori puede llevar a un niño a la fe. Los diferentes representantes del luteranismo difieren en la forma de sus enseñanzas sobre el bautismo, especialmente sobre el bautismo de niños, pero en el asunto en sí todos concuerdan. En el periodo ortodoxo del luteranismo el bautismo siempre se entendió como una especie de representación de la Palabra (verbum visibile), en acuerdo con la declaración de la Apología y Confesión de Augsburgo (vii) de que los sacramentos no tienen otro contenido y por tanto ningún otro efecto que la Palabra. Pero la doctrina no fue ya sustentada mediante la vívida intuición de Lutero. Cuando él habló de la Palabra, siempre tuvo ante sus ojos la personalidad viva de Cristo como Palabra encarnada de Dios; "vio" en el Espíritu cómo Dios benevolentemente se inclina al hombre. Por otro lado, para los teólogos del periodo ortodoxo la Palabra de Dios era simplemente la Biblia y el sacramento una parte constituyente de la Palabra porque representa una institución bíblica. Estaban seguros de que era una "palabra" especialmente poderosa, pero ya no podían explicar en qué consiste su poder y cómo produce sus efectos. Quenstedt hizo la regeneración y renovación, incluyendo la de los niños, dependiente del bautismo. La regeneración era para él la trasposición al estado de adopción que se produce por el otorgamiento de Dios en el bautismo del poder de la fe (vires credendi). Ya que la persona bautizada, en virtud de este poder, vuelve a Dios, está también capacitada para asumir la vires operandi y entrar por tanto en el proceso de "renovación" moral, que continúa durante toda la vida.

Bautismo protestante en Francia
Reformados.
Zwinglio y Calvino también dedicaron mucho de su pensamiento a la cuestión del bautismo. Zwinglio, quien se interesó en ello especialmente por los anabaptistas, escribió varios tratados especiales sobre el asunto. Según él, no es la función del bautismo proporcionar la gracia, ya que eso sólo puede ser realizado interna e inmediatamente por el Espíritu de Dios, pero el bautismo tiene su valor como medio de apartar a los niños para Dios y como señal de que pertenecen a la congregación de Cristo y están a su servicio. Calvino estuvo influenciado más que cualquier otro reformador por la distinción de Agustín entre sacramentum y res sacramenti, porque, como Agustín, tuvo siempre la predestinación en mente, especialmente en relación con el bautismo de niños. Tocante a los elegidos creía, con Lutero, en un auténtico "otorgamiento" o "sello" de la gracia por el bautismo. El sacramento significa para ellos el comienzo del desarrollo de la "nueva vida" en la Iglesia. Es una peculiaridad de Calvino que rechaza el bautismo privado. Los otros reformadores apenas tocaron este asunto; su posición quedó establecida desde tiempo antiguos. Pero Calvino pensó que el bautismo, como toda función eclesiástica, era un asunto del ministerium ecclesiasticum. Un niño, contado entre los elegidos, que muere sin el bautismo, no sufre daño ante Dios. Es evidente que Calvino cuenta el bautismo sólo entre los medios normales de gracia que vinculan a los elegidos con la Iglesia, al someter su desarrollo en la tierra; pero su razonamiento no se puede apreciar claramente. Los dogmáticos ortodoxos de la Iglesia reformada siguieron el pensamiento de Calvino (cf. A. Schweizer, Die Glaubenslehre der evangelisch-reformirten Kirche, ii, Zurich, 1847; H. Heppe, Dogmatik der evangelisch-reformirten Kirche, Elberfeld, 1861).

Desarrollo posterior.
La era del pietismo y el racionalismo no mostró interés en el bautismo. Schleiermacher (Der christliche Glaube, §§ 136-138) considera al bautismo un acto solemne de recepción en la "comunidad de creyentes", en la que únicamente el individuo puede tener verdadera comunión con Cristo. El bautismo de niños, según él, no tiene significado a menos que siga la educación cristiana, siendo solo un bautismo "incompleto" si no guía a una acto posterior de confesión de fe (confirmación). En el curso del siglo XIX la vivificada vida del luteranismo produjo nuevas aunque no totalmente sanas tendencias en la doctrina del bautismo. Scheel distingue tres tendencias. La primera es la que intenta dar a los sacramentos en conjunto y al bautismo especialmente una importancia aparte de la Palabra. Algunos pequeños comienzos de esta tendencia se pueden captar ya en la antigua ortodoxia, sobre todo en las enseñanzas de Leonhard Hutter. Posteriormente en los teólogos luteranos noruego-daneses y alemanes, entre los primeros especialmente G. W. Lyng y Krogh-Tonning, entre los segundos los teólogos de Erlangen, como Höfling, Thomasius y otros. El bautismo se explica como un poder natural del espíritu que por medio del cuerpo renueva y "regenera" al hombre completo. Las especulaciones teosóficas sobre la relación del cuerpo y el alma forman el trasfondo de esta teoría. Bastante diferente es la segunda tendencia, representada especialmente por H. Cremer de Greifswald y P. Althaus de Gotinga. En oposición a la teoría anterior, se subraya la Palabra en el sacramento. Aquí también se considera al bautismo un baño de regeneración, pero no se explica como algo natural ni "moral", sino algo puramente religioso o "soteriológico". El bautismo es una "trasposición" a una nueva vida. Es una garantía de la gracia y como tal de la salvación del juicio y la muerte que merecemos. Sus efectos morales siguen como resultado natural de la justificación. La fe es el producto del grado de conciencia que el hombre tiene de lo que Dios ha hecho por él, quedando asegurado en el bautismo. El bautismo de niños denota exactamente lo mismo que el de adultos. Es necesario porque el Señor lo ha instituido y ha hecho depender del mismo los efectos de la gracia. La tercera tendencia está representada principalmente por A. von Oettingen (Dorpat), siendo una vía media de las otras dos. Se considera al bautismo no sólo "convincente" como la predicación de la Palabra, sino en una manera especial como la "generación" por la seguridad de la gracia y también, por una transformación "realista", de la naturaleza del hombre, "regenerando". Se subraya una vez más el pensamiento de Lutero de que el bautismo, distinguido de la predicación general del evangelio, asegura al hombre de su salvación. Ciertamente en el bautismo es la "Palabra" la que produce todos los efectos, pero los produce en una forma escondida y misteriosa.

Uso litúrgico.

Desarrollo general hasta la Reforma.

El bautismo de los neófitos, de Masaccio.
Capilla Brancacci, Santa Maria del Carmine, Florencia.
Formas originales.
Es una atrayente teoría, apoyada por la expresa declaración de Cipriano (Epist., lxiii, 17), que judíos y gentiles en los tiempos de los apóstoles tuvieron diferente forma de bautizar; entre los cristianos judíos era la norma una sola inmersión, en el nombre de Cristo solamente, por analogía con el bautismo de prosélitos judíos, mientras que la triple inmersión en el triple nombre fue la norma entre los cristianos gentiles. Pero no es seguro si el bautismo de prosélitos al judaísmo estaba en existencia cuando la Iglesia se fundó; mas si lo estaba es más probable que el rito cristiano fuera una libre adaptación del mismo. Es posible que la analogía de la lectura de los mandamientos y la promesa del prosélito de guardarlos sugeriría el voto similar por parte del catecúmeno cristiano (Clemente, Hom., xiii, 10; Justino, 1 Apol., lxi; Tertuliano, De spectaculis, iv), aunque, por supuesto, se pudo haber originado independientemente.

El curso temprano del desarrollo evolucionó de una acción simbólica simple a un ritual complejo, consistente de varias ceremonias, bastante de acuerdo con la tendencia natural de una concepción sacramental. El primer paso se añadió con la imposición de manos. El bautismo no sólo significaba la entrada en la comunidad cristiana y la comunión con Jesús, el perdón de pecados y la liberación del poder del mal, sino que también confería el don del Espíritu Santo, impartido, de hecho, por el bautismo mismo, pero más segura y definitivamente por la imposición de manos. La Didaché y Justino no mencionan este rito, pero eso no demuestra que no existiera. La importancia asociada al mismo se muestra por el hecho de que en dos lugares en los Hechos donde se menciona (8:16; 19:6) es realizado por los apóstoles. Según la postura mental de este período, fue considerado no meramente simbólico sino sacramental.

La edad sub-apostólica.
Para la edad sub-apostólica las principales autoridades son Justino (1 Apol., lxi, 2; 1xv, 1) y la Didaché (vii), representando el primero la práctica de Roma y la segunda la de Siria occidental. No obstante concuerdan en lo esencial. En ambos el bautismo se realiza por inmersión completa al aire libre; si la Didaché permite todavía que se use agua acumulada en lugar de agua corriente y la efusión en lugar de la inmersión, hay que tener en cuenta las condiciones locales, probablemente debido a la escasez de agua en un verano sirio. Ambos consideran la fórmula trinitaria, que supone una triple inmersión o efusión. De la Didaché se desprende, y probablemente también de Justino, que los laicos estaban autorizados a administrar el bautismo. Ambos concuerdan en exigir al candidato ayunar, algo a lo que otros hermanos especialmente interesados se pueden unir. De ambos se desprende que tras el bautismo seguía inmediatamente la participación en la Cena del Señor. Así pues, hacia mediados del siglo segundo la administración del bautismo parece haber sido semejante en lo esencial en toda la Iglesia. La imposición de manos puede no haber sido universal (Hebreos 6:2 muestra que era conocida en lugares fuera de Roma y Siria) y aquí y allá puede haber estado en uso la profesión formal de fe. Nada se sabe todavía de ninguna consagración del agua o de épocas fijas para el bautismo.

Tertuliano.
El primer desarrollo completo en el ritual bautismal aparece en Tertuliano. Las formas ya vistas en Justino y la Didaché se reconocen claramente, pero es probable que no pocas costumbres surgieran hacia mediados del siglo segundo, de las que la evidencia más antigua se halla en Tertuliano. La más notoria es la renuncia al diablo, que era una ceremonia solemne llena de significado y prácticamente una característica esencial en el territorio de la Iglesia gentil. Según el relato más detallado de Tertuliano en De baptismo, había un período de preparación, marcado por oraciones frecuentes, ayuno, vigilias y confesión de pecados. El bautismo propiamente comienza con la invocación del Espíritu Santo sobre el agua, luego sigue la renuncia y después la triple inmersión en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, con una profesión de fe en forma de respuestas a las preguntas del ministro; luego la unción y la imposición de manos con oración. Que la recepción de la eucaristía seguía tras el bautismo se desprende de varios pasajes; tras ello el recién bautizado, vestido en indumentaria blanca, se une en adoración con los "hermanos" dándosele leche y miel. Durante una semana tras el bautismo se abstiene del baño usual diario (De corona, iii).

Líneas de desarrollo.
Aunque este ritual proporciona la base del desarrollo de los siguientes siglos, no se ha de olvidar que este desarrollo varió considerablemente en diferentes partes de la Iglesia. Una distinción principal entre el este y el oeste es la mayor riqueza del rito en el este, mientras que en el oeste se mantuvo la primitiva simplicidad. Este enriquecimiento se explica por las pautas de preparación para el acto definido y final del bautismo mediante ceremonias variadas de dedicación y exorcismo modeladas según los antiguos misterios paganos; se consideraba que el catecúmeno había cruzado el límite que divide el reino de la oscuridad del de la luz con la primera de esas ceremonias iniciales. De este modo se entiende fácilmente cómo las pautas que separan esas ceremonias preparatorias del bautismo propiamente dicho eran fluctuantes. Por un lado, lo que había sido originalmente parte del rito principal se adelantó a la preparación, tal como en Jerusalén y Roma la renuncia y la profesión de fe tenían lugar en la parte exterior o vestíbulo, mientras que el bautismo propiamente dicho comenzaba con la bendición del agua y del baptisterio. Por otro lado, el proceso que había llevado semanas ahora se reducía a una hora y cuestiones tales como la recitación del credo, el otorgamiento del nombre, la administración de la sal, etc., se convertían en parte de la ceremonia bautismal. La estrecha relación entre bautismo y eucaristía hizo posible que grandes secciones de ésta quedaran unidas con el bautismo en algunos lugares, como entre los nestorianos coptos y armenios. Por tanto, una vez más, ciertas acciones que eran originalmente parte de la función bautismal gradualmente se separaron de ella en ritos independientes, como la bendición del óleo y el agua y la unción tras el bautismo, que se desarrollaron en la confirmación bajo influencia jerárquica. Los elementos decisivos en el desarrollo se pueden resumir en las siguientes partes: el aumento prevaleciente del bautismo infantil, el gradual decaimiento del catecumenado por esa causa y por los grandes números que venían al bautismo, la tendencia a la imitación que se tradujo en nuevas costumbres, especialmente las seguidas por una iglesia dominante con un ritual definido como Roma o Antioquía y finalmente la abreviación de las ceremonias para beneficio de parientes y amigos.

Desarrollo del ritual en varias partes de la Iglesia.

Siria.
De Siria oriental (territorio de la lengua siríaca, con su centro en Edesa y Osrhoene), se puede obtener alguna información de los "Hechos de Tomás", que, aunque de origen herético, probablemente no difieren de los ritos ortodoxos en este asunto. Menciona la imposición de manos y la oración, la unción con aceite consagrado, el bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (bajo ciertas condiciones solamente por inmersión), terminando el servicio con la celebración de la eucaristía. Esta Iglesia siria parece haber mantenido su independencia litúrgica hasta que el obispo Rábula de Edesa († 435) introdujo las costumbres de las iglesias griegas, especialmente la de Antioquía, pero puede haber habido influencias anteriores a esa fuente; los posteriores jacobitas sirios tienen esencialmente el mismo rito bautismal que se encuentra en la Iglesia oriental en su conjunto, especialmente en Constantinopla.

En Siria occidental (con Antioquía como centro) y Tierra Santa (distritos de habla griega), la autoridad primordial para Coele-syria es la Didascalia siríaca (siglo tercero), de la que se puede deducir el siguiente orden: posiblemente primero la renuncia y profesión de fe; unción con imposición de manos; bautismo propiamente dicho; imposición de manos por el obispo y unción añadida. Esto concuerda con lo que se puede deducir para Antioquía de las Constituciones Apostólicas (mediados o segunda mitad del siglo IV), donde es de especial valor el libro séptimo, que trata con el bautismo e indudablemente se deriva de una fuente anterior. Según la misma el orden es como sigue: en la antesala, o fuera del baptisterio, la renuncia, el acto de lealtad a Cristo, la confesión de fe trinitaria, recitada por el candidato, la consagración con aceite y óleo; en el baptisterio, una oración de acción de gracias y bendición del agua, bautismo en el nombre de la Trinidad, bendición del bálsamo, imposición de manos y unción, la Oración del Señor y oración del recién bautizado. En sus puntos esenciales este ritual se encuentra también en Cirilo de Jerusalén († 386); las principales diferencias son que la primera unción tiene lugar, según él, dentro del baptisterio y que no menciona la bendición del agua (aunque hay razón para pensar que la conocía), la oración de acción de gracias o la Oración del Señor. Por tanto es evidente que el tipo de rito bautismal en Siria occidental y Jerusalén era sustancialmente el mismo en el siglo cuarto y relativamente simple, lo que habla de su antigüedad. La nueva perspectiva proporcionada por la tradición, un siglo después, está en Dionisio el Areopagita (De hierarchia ecclesiastica, ii-iii). Ésta está mucho más ricamente desarrollada; los actos individuales se repiten en algunos casos tres veces, la bendición del agua tiene más formalidad y la imposición de manos ocurre tras la profesión de fe, mientras que nada se dice de la segunda unción.

Asia Menor y Constantinopla.
En el territorio que incluía Asia Menor y Constantinopla, entre 350 y 450, debió haber surgido un rito bautismal que se esparció ampliamente, no difiriendo esencialmente del uso actual oriental. El de los jacobitas sirios concuerda no sólo en estructura general sino incluso en el texto de las oraciones y ya que se separaron de la Iglesia en 451 (finalmente en 519), deben haberlo practicado antes de su separación. La versión más antigua de esta liturgia, que los jacobitas trazan hasta el apóstol Santiago, es probablemente la que lleva el nombre de Basilio el Grande y es posible que se originara con este activamente litúrgico obispo. Ambos tipos concuerdan en situar el acto de recepción de los catecúmenos y el exorcismo final antes del bautismo, teniendo lugar la lectura de las Escrituras antes del bautismo. Aquí de nuevo, como en las Constituciones Apostólicas y Cirilo, el primer acto de la ceremonia bautismal es la bendición del agua. La liturgia bizantina tiene sólo una unción con aceite antes del bautismo, mientras que la forma jacobita tiene dos antes y una con crisma después. Poco se sabe con certeza de la liturgia de los nestorianos y armenios, pero ambas tienen mucha menos relación con la griega que la que tiene la de los jacobitas sirios.

Egipto y Etiopía.
La liturgia egipcia tiene peculiaridades que la distinguen de la de Siria. Se puede reconstruir del libro de oración del obispo Serapión de Thmuis (c. 350) y en la siguiente forma: bendición del agua; oración por los catecúmenos, renuncia, oración antes de la unción, unción, confesión de fe, oración; presentación de los catecúmenos por el diácono al obispo, oración, bautismo, imposición de manos con oración, consagración del crisma, unción con el mismo. Las principales diferencias entre este rito y el de las Constituciones Apostólicas, que se originó hacia el mismo tiempo, yacen en las diferentes ubicaciones asignadas a la bendición del agua de la primera unción y en el hecho de que la imposición de manos tras el bautismo se distingue de la unción en la egipcia y va estrechamente relacionada con ella en la siria. La aproximación posterior de las dos se atribuye a la influencia de la siria sobre la egipcia. La liturgia del siglo sexto, conocida por Baumstark, sitúa la bendición del agua (así como la del óleo y el crisma) dentro de la principal acción en lugar de antes de ella. Algunas de las liturgias egipcias posteriores colocan la unción antes de la renuncia, que anteriormente la siguió. La liturgia copta tuvo finalmente tres unciones. La de después del bautismo separada en dos, una por el sacerdote inmediatamente tras el bautismo y la otra por el obispo en la iglesia (como en Roma). Las posteriores liturgias egipcias (alejandrina de Baumstark, copta y etíope) tienen una sección al principio que es claramente la antigua recepción de los catecúmenos, conteniendo la imposición del nombre, la unción con el óleo de los catecúmenos, la imposición de manos y el exorcismo, estando totalmente libre de la influencia siria.

Bautismo de infieles, grabado de Gustavo Doré
Roma.
Para la investigación del desarrollo occidental Roma es de la mayor importancia, pues tendió a influenciar a las provincias, que al principio tenían peculiaridades propias, aunque concordaban en el modelo general. Desafortunadamente la información en cuanto al desarrollo romano anterior es muy fragmentaria. Ya se ha citado el testimonio de Justino, pero no hay duda de que existió un ritual más formal que el que sus palabras describen directamente. Que la Iglesia romana observó una unción después del bautismo es tal vez lo único seguro que se puede concluir de Hipólito. Dos siglos más tarde, bajo Inocencio I (402-419), esta unción se había dividido entre el sacerdote y el obispo, ya fuera que este último estuviera presente en el momento o no, teniendo el obispo el derecho de consagrar el crisma y de efectuar la imposición de manos. Desde León I (440-461) se puede deducir el siguiente orden: renuncia, profesión de fe en Dios, bendición del agua, triple inmersión, unción con crisma y presignación. Desde el siglo sexto se desarrolló el rito conocido como los escrutinios en la preparación para el bautismo, teniendo lugar en siete misas especiales en la última semana antes de Pascua, a la que había quedado ahora reducido el período del catecumenado. En ese tiempo el sacramentario de Gelasio y el primer Ordo romano no muestran cambios esenciales del orden que había bajo León I. Una vez que los últimos escrutinios habían tenido lugar en el vestíbulo del baptisterio, incluyendo la renuncia y profesión de fe, el clero y el pueblo entraban al baptisterio cantando una letanía, siguiendo la bendición del agua; el "símbolo" era recitado en el momento del bautismo en la forma de tres preguntas y respuestas; luego el presbítero ungía al candidato con crisma en la espalda; la procesión avanzaba al consignatorium, donde se administraba la confirmación o consignación por el obispo, consistiendo de la presignación con la cruz sobre la frente y la imposición de manos, guiando otra letanía a la celebración eucarística. Esta forma se pudo usar hasta el siglo noveno; pero finalmente hubo una tendencia que unió los actos pertenecientes a los catecúmenos y competentes, en forma abreviada, con el bautismo, mientas que la confirmación quedó más completamente separada. Por la fusión del Ordo ad catechumenum faciendum con la ceremonia bautismal auténtica se formó el actual rito romano, que en su forma final procede de Pablo V (1614). Consta de dos ritos diferentes, uno para niños y otro para adultos. Este último, que representa más fielmente el antiguo sistema, tiene las siguientes partes: preparación por el clero en la iglesia, espera de los candidatos fuera, incluyendo la lectura del Salmo 41, tal vez una supervivencia de la antigua lectura de la Escritura; a la puerta de la iglesia se otorga el nombre, renuncia y profesión de fe, triple soplo en el rostro, presignación con la cruz sobre la frente y el pecho, oración, más presignaciones con la cruz, imposición de manos, bendición y administración de la sal, otra imposición de manos y exorcismo, que son huellas distintivas de las antiguas ceremonias catecumenales; en la iglesia, confesión de fe, imposición de manos y exorcismo, apertura simbólica de los oídos, renuncia y unción, la antigua redditio symboli con su consecuente exorcismo; en el baptisterio, el bautismo y la confirmación. Roma promovió constantemente la difusión de su liturgia bautismal y costumbres por las otras provincias. Las misas de escrutinio se introdujeron en la Galia y el reino franco en los siglos séptimo y octavo. En la península Ibérica el sínodo de Braga (561) declaró vinculante el rito romano para toda la provincia; probablemente, aunque no ciertamente, se difundió por África, mostrando Milán una tendencia a aceptarlo. La cuestión sobre qué ritos se usaban en las provincias antes del romano no puede responderse completamente, pero se pueden establecer algunos puntos importantes.

Baptisterio de Kelibia, Túnez. Siglo VI
España y África.
Parece que las antiguas costumbres sobrevivieron más en España que en cualquier otra parte en el oeste. Sin embargo, los testigos son tardíos, comenzando con Isidoro de Sevilla († 636), cuyo De officiis ecclesiasticis hace posible establecer el siguiente orden: bendición del agua, renuncia, pronunciada por el candidato estando de pie en el agua; confesión de fe en tres partes, probablemente en la forma de pregunta y respuesta; bautismo en el nombre de la Trinidad, pero probablemente con una sola inmersión; unción con crisma e imposición de manos, realizada sólo por el obispo. El rito está de alguna manera más desarrollado según aparece en Toledo con De cognitione baptismi de Ildefonso († 667). Aquí la bendición del agua es más ceremoniosa (se usa una cruz de madera); se muestra claramente una sola inmersión y tras toda la ceremonia se recita la Oración del Señor y de esta manera se le entrega al nuevo cristiano, como entre los jacobitas sirios. Otro rito antiguo preservado fue el lavamiento de pies tras el bautismo (atestiguado por el sínodo de Elvira, 306), reteniéndose muchas de esas viejas costumbres en el missale mixtum de la liturgia mozárabe. Para África tenemos sustancialmente el mismo relato en los testigos más antiguos, Tertuliano, al igual que en Cipriano, Optato de Milevi y Agustín, mostrando que hubo pocos cambios en dos siglos.

Milán y el norte de Italia.
Para Milán y el norte de Italia la principal fuente es De mysteriis, todavía generalmente atribuida, aunque no con certeza, a Ambrosio. Aquí el orden era apertura simbólica de los oídos y unción de oídos y nariz, en la antecámara; en el baptisterio, renuncia, bendición del agua, profesión de fe por el candidato de pie en el agua en la forma de tres preguntas y respuestas, siguiendo una inmersión a cada respuesta, unción de la cabeza, lavamiento de pies, vestidura con indumentaria blanca, probablemente imposición de manos y eucaristía. Con esto concuerdan en lo principal las cuatro alocuciones de Máximo de Turín a los neófitos (siglo quinto) y el pseudo-Ambrosio De sacramentis. Sin embargo, este último tiene una unción adicional antes de la renuncia, que se retiene en el posterior uso milanés, como menciona el arzobispo Odilberto († 814). Este ritual se caracteriza por la combinación de ceremonias que pertenecen a los catecúmenos y competentes en un solo servicio con el bautismo propiamente dicho, estando en general estrechamente asociado al de la iglesia franca del siglo noveno y el posterior ordo romano.

Juan el Bautista bautizando a un discípulo asistido por clérigos menores, de un rollo francés del siglo XII. Additional MS 42497, imágenes 3 y 4
Juan el Bautista bautizando a un discípulo asistido por clérigos
menores, de un rollo francés del siglo XII.
Additional MS 42497, imágenes 3 y 4
Galia.
En la Galia, según los sacramentarios que son las primeras autoridades decisivas, el servicio comenzaba con una solemne bendición del agua en ausencia de los candidatos; en la antecámara seguía la renuncia; en el baptisterio la triple confesión e inmersión; en otro lugar la confirmación por el obispo, investidura de blanco, lavamiento de pies, que constituye una forma simple muy antigua de servicio. Contenía sólo una unción, con crisma; pero en el Sacramentarium Gallicanum se añade una segunda, antes de la renuncia, con aceite, sobre oídos, nariz y pecho, siguiendo un exorcismo. Este antiguo ritual fue o influenciado o reemplazado por el romano. El desarrollo alcanzado en el tiempo de Carlomagno es visible en las instrucciones que envió a los obispos de sus dominios en los últimos años de su reinado, no después de 812, y basado obviamente en el ordo romano. Sin embargo, no se retuvo la conformidad absoluta, por lo que incluso en los siglos XV y XVI es imposible hablar de un solo rito bautismal para Alemania o Francia, aunque concuerdan en las oraciones y en la fórmula del exorcismo.

El servicio bautismal en las iglesias de la Reforma.

Tres tipos principales.
La etapa de transición estuvo marcada por una simple traslación del antiguo ritual existente con alteraciones esenciales, como en el servicio establecido por Thomas Münzer en 1524, aunque realizado el año anterior, y el de Lutero en su Taufbüchlein verdeutscht, de 1523. Lutero omitió el exorcismo de la sal y la apertura de los oídos, acortó el exorcismo inicial, omitió la profesión de fe por los padrinos y usó la Oración del Señor como oración, en lugar de recitarla en el oído del recién bautizado para su instrucción. Este servicio, comparativamente poco diferente de la forma latina, fue ampliamente usado o imitado. La primera refundición completa del servicio se hizo en Estrasburgo en 1525 y al año siguiente apareció una nueva edición del libro de Lutero; éstos, con el orden de Zwinglio de 1525, forman los tres puntos de partida para el desarrollo posterior. El de Lutero se divide en dos partes. Fuera de la iglesia o en el vestíbulo ocurría el exorcismo, la presignación con la cruz sobre la frente y el pecho, las oraciones, otros exorcismos, la lectura de Marcos 10:13-16, la imposición de manos y la recitación de la Oración del Señor. En el baptisterio, salutación, renuncia y profesión de fe, solicitud del bautismo, también hecha por los padrinos, el bautismo por triple inmersión y el otorgamiento de la vestidura blanca. El exorcismo, deliberadamente retenido por Lutero, levantó gran controversia y oposición ya incluso en el siglo XVI. El ritual de Estrasburgo, elaborado bajo influencia de Bucero, dejó mucho menos del servicio de la pre-Reforma. Estaba compuesto de una exhortación que acababa con una oración, la Oración del Señor, el Credo de los Apóstoles, la lectura de Mateo 19, la solicitud de los padrinos para criar al niño en la fe cristiana, el bautismo por efusión y oraciones finales. En 1567 y posteriormente se hicieron ligeras alteraciones, pero el servicio ha permanecido en esta forma esencial. El servicio de Zwinglio consistió de una fórmula introductoria, preguntas a los padrinos, oración, lectura de Marcos 10:13-16, solicitud del bautismo, bautismo y otorgamiento de la vestidura blanca. Por tanto, es obvio que los servicios de Zwinglio y Estrasburgo difieren del de Lutero en la omisión de los exorcismos y la renuncia, considerados como inapropiados para el bautismo de un niño de padres cristianos y en la sustitución de la inmersión por la efusión.

Desarrollo posterior.
Estas tres formas tuvieron influencia decisiva en el desarrollo de las iglesias evangélicas. La de Lutero fue la norma para las antiguas iglesias luteranas, con la omisión aquí y allá de la presignación con la cruz y los exorcismos. La de Estrasburgo tuvo una poderosa influencia, por la cooperación de Bucero y Hedio con Melanchthon, sobre la "Reforma de Colonia" de 1543 y en varios servicios alemanes, y más que la de Zwinglio o la de Calvino, por lo que gradualmente influenció a toda la comunidad reformada con la excepción de la Suiza alemana, donde se siguió a Zwinglio. El servicio de la Iglesia anglicana tiene características luteranas y reformadas, predominando las primeras.

Los formularios bautismales de las iglesias evangélicas alemanas permanecieron más o menos en el antiguo modelo hasta la época del racionalismo, cuando se eliminaron los exorcismos (a los que Spener ya había objetado) junto con las preguntas sin sentido al niño y la renuncia en muchos lugares; la inmersión quedó también generalmente eliminada. Incluso donde los antiguos libros de servicio permanecieron oficialmente en vigor, los ministros frecuentemente los desecharon e hicieron uso de composiciones privadas, compuestas en el estilo del siglo XVIII e inapropiadas para el gusto del XIX. El movimiento para la reforma de los servicios que se estableció entre 1810 y 1820 mostró una inclinación al regreso a los antiguos formularios; aunque no se han restaurado los exorcismos se han incluido frecuentemente una vez más las preguntas al niño y la renuncia.

El ministro del bautismo.
Parece que el sistema original permitía que cualquier persona bautizara a otras; al menos es imposible afirmar que solo los apóstoles o los comisionados por ellos pudieran administrar el bautismo (cf. 1 Corintios 1:14-17; Hechos 6:5; 8:12,38); la misma deducción se extrae de la Didaché (vii) y de Ignacio (Ad Smyrnæos, viii, 2). Tertuliano permite a un laico bautizar en ausencia de un clérigo (De baptismo, xvii), aunque el ministro natural es el obispo, idea que se hizo más y más prevaleciente, por lo que los baptisterios se encontraron sólo en sedes episcopales. Pero la dificultad práctica de imponer este principio llevó a los obispos a comisionar a otros, especialmente a los presbíteros. El derecho natural del obispo se expresó todavía en que era él quien consagraba los óleos usados y administraba la unción e imposición de manos tras el bautismo. Los teólogos escolásticos suplieron una teoría que concordara con esta antigua práctica, afirmando que el derecho pertenecía al obispo, pero que podía delegarlo. El derecho de los sacerdotes quedó dogmáticamente declarado, siguiendo a Tomás de Aquino (Summa, III, lxvii, 2), por Eugenio IV: "El ministro de este sacramento es el sacerdote, que tiene ex officio el derecho de bautizar" (Decretum pro instructione Armeniorum, 1439). El Catecismo Romano (II, ii, 18) afirma que los sacerdotes ejercen esta función jure suo, por lo que pueden bautizar incluso en presencia del obispo. Sin embargo, a los diáconos sólo se les permite bautizar por comisión de un obispo o sacerdote.

No obstante, aunque el derecho de bautizar quedó asignado a los oficiales de la Iglesia, la antigua práctica del bautismo laico se mantuvo por la doctrina de la necesidad del bautismo para la salvación. La validez del bautismo laico la afirma dogmáticamente Agustín (Contra Parmenianum, II, xiii, 29; Epist., ccxxviii), pero sólo, por supuesto, en ausencia de un presbítero y en peligro de muerte. El sínodo de Elvira decretó (canon xxxviii) que sólo en un viaje por mar o en cualquier caso donde no hubiere iglesia accesible, un laico, hasta donde no hubiera perdido su gracia bautismal por apostasía o bigamia, podía bautizar a un catecúmeno en enfermedad mortal, aunque el obispo después le impusiera las manos, si es posible. Esos principios (con la excepción de las restricciones en cuanto a las cualidades morales del bautizado) se aceptaron generalmente. Tanto el Catecismo Romano como el ritual romano permiten a mujeres y hombres, incluso incrédulos y herejes, administrar el bautismo en caso de necesidad, siempre que usen la fórmula apropiada. La Iglesia luterana reconoce el bautismo laico permisible en caso de necesidad. Por otro lado, las iglesias reformadas, al negar la necesidad del bautismo para la salvación lo prohíben, como una usurpación del ministerio eclesiástico.

El derecho de las mujeres a bautizar tiene una historia separada. No hay evidencia de que bautizaran en la época primitiva, aunque es concebible que el derecho se concediera a mujeres prominentes. Tertuliano no reconoce tal derecho (De baptismo, xvii), condenando a los gnósticos que tenían la costumbre y protestando enérgicamente cuando apareció una mujer en Cartago enseñando y bautizando. Sin embargo, en las Actas de los mártires hay algunos casos de enseñanza y bautismo por mujeres, tales como Domitila y Crisa y nada sino la existencia de mujeres que reclamaban tanto ese derecho como el de administrar la eucaristía explicaría las protestas que hay en las Constituciones Apostólicas (iii, 9) y Epifanio (Hær., lxxix). Que mujeres, especialmente mujeres "clericales" (viudas y diaconisas) ayudaran en los bautismos, especialmente en la unción de candidatas femeninas, es evidente de la Didascalia siríaca, pero eso no supone la concesión del derecho a bautizar. La costumbre católica posterior, que difícilmente es una supervivencia de la antigua práctica, fue sancionada primero por Urbano II (1088-99). Tomás de Aquino la justifica sobre bases dogmáticas (Summa, III, lxvii, 4); pero se permite sólo en ausencia de un hombre. La Iglesia luterana retuvo la práctica, declarando Lutero expresamente tal bautismo válido y concediendo la agenda luterana el derecho especialmente a las comadronas.

El tiempo para el bautismo.
No había una época especial a ser observada en la edad apostólica, ni tal limitación se menciona en la literatura cristiana más antigua. Pero antes del siglo segundo se reconocía la Pascua como el tiempo apropiado. La fijación de una época especial fue la consecuencia natural del gran número de candidatos y del sistema de catecumenado, que llevó a una instrucción común y a la común recepción del sacramento. La elección de la Pascua quedó determinada no solo por el sentimiento de que la gracia celestial era más abundante en ese tiempo, sino también por la relación que Pablo hace del bautismo con la muerte y resurrección de Cristo (Romanos 6:3; Colosenses 2:12; 3:1). El aumento del número de candidatos llevó a la adición de Pentecostés, para lo cual había una idoneidad intrínseca. Esas dos épocas se adoptaron ampliamente y los papas las impusieron celosamente contra los innovadores (por ejemplo, Siricio; Celestino I; León I, Gelasio I; Gregorio II; Nicolás I Ad consulta Bulgarorum, lxix). La más antigua de esas declaraciones papales pasó a las colecciones de las decretales y obtuvo así sanción universal. La primera ruptura de la práctica vino del este, donde se hizo costumbre bautizar en Epifanía también; León I afirma que en Sicilia era bautizada más gente entonces que en la Pascua. El segundo sínodo irlandés bajo Patricio (canon xix, Hefele, Conciliengeschichte, ii, 678) pone la Epifanía al mismo nivel que la Pascua y Pentecostés. Luego se hizo costumbre bautizar también en Navidad, retrocediendo la evidencia al siglo VI y en las fiestas de los mártires, los apóstoles y Juan el Bautista. El bautismo de niños hizo totalmente imposible atenerse a los antiguos días. Incluso el propio Siricio había admitido que los niños y los enfermos podían ser bautizados en cualquier tiempo. Se hicieron intentos de imponer la antigua restricción en el siglo noveno (sínodos en París, 829; Meaux o París, 845, 846; Maguncia, 847), pero en el décimo comenzó a desaparecer. Tomás de Aquino, aunque prefiere la Pascua y Pentecostés para el bautismo de adultos, recomienda que los niños sean bautizados inmediatamente tras el nacimiento. El Rituale Romanum habla de las vigilias de Pascua y Pentecostés como el tiempo más idóneo para la administración solemne del sacramento, pero casi la única huella de la antigua costumbre es la bendición de la fuente bautismal en esos dos días como parte de las ceremonias regulares. En el siglo XI no se presta más atención en el este a las antiguas épocas.

El lugar del bautismo.
El cristianismo primitivo tuvo completa libertad en cuanto al lugar. El agua corriente o del mar era la preferida y el aire libre el lugar usual (Víctor I, † 202, todavía presupone esto como norma). Pero tal vez aun cuando ésta era todavía la costumbre, el atrio se usó para la ceremonia que confería la entrada a la iglesia, hasta que finalmente comenzaron a construirse baptisterios especiales en las iglesias episcopales. El uso católico y griego del bautismo en casas privadas se permite sólo en casos de necesidad. La misma norma quedó establecida por los reformadores, pero en el siglo XVII aumentó la costumbre de bautizar a niños saludables en casa y en el XVIII se hizo normal en algunas comunidades luteranas, especialmente las de la clase alta, que lo consideraban una distinción de rango, siendo la práctica reformada y católica influenciada parcialmente por esa tendencia. El libro de oración anglicano exige que los niños que hayan sido bautizados privadamente sean llevados a su parroquia tan pronto como sea posible, para una solemne ceremonia de "recepción en la Iglesia."

Cristianización o bautismo, por George Hughes
Cristianización o bautismo, por George Hughes
Padrinos.
La institución de los padrinos no es coetánea con el bautismo de niños, sino que se originó por la costumbre de exigir a un adulto pagano desconocido para el obispo que fuera acompañado, cuando solicitaba el bautismo, por un cristiano que diera fe de él y que también se comprometiera a supervisar su preparación e instrucción. Es digno de mención que en los misterios eleusinos el candidato a ser iniciado debía tener un padrino similar, conocido como mystagogos. La fecha de la función cristiana se desconoce. Ya que Tertuliano es el primer testigo de padrinos en el bautismo de niños (De baptismo, xviii), la costumbre debe haber sido establecida antes de su tiempo, pudiendo deducirse su existencia posiblemente de Justino (1 Apol., lxi, 2). Pero los deberes asociados en tiempos modernos al oficio de padrino son más bien los que están relacionados con el bautismo de niños. El padrino estaba obligado a representar al niño, ya que los antiguos formularios bautismales, elaborados para adultos, se usaban sin cambio para los niños, quienes evidentemente no podían responder preguntas, ni hacer la renuncia, ni recitar la profesión de fe. Esto se aprecia claramente en los antiguos rituales bautismales egipcios, donde los padres son considerados los padrinos más naturales. Agustín tiene la misma idea (Epist., xcviii, 6), pero también estima que los hijos de los esclavos sean traídos por sus amos y los huérfanos por otras personas benevolentes. Se han hecho intentos para demostrar que el apadrinamiento por los padres continuó siendo la costumbre usual hasta el siglo octavo y que una innovación es la presentada por el sínodo de Maguncia (813); pero usualmente el caso es que tales decisiones sinodales tienen una larga historia previa y elevan al rango de leyes lo que anteriormente eran costumbres. De ese modo el séptimo ordo romano habla simplemente de padrinos y madrinas y menciona a los padres sólo en relación con la oblación y luego añade a los padrinos. Cesáreo de Arlés habla claramente de la relación espiritual en la que los padrinos entran con el bautizado en una forma que, teniendo conexión con las ideas agustinianas, tendía a excluir a los padres de este oficio. Otra consecuencia de la noción de afinidad espiritual fue la prohibición del matrimonio entre padrinos, que aparece ya en el Código de Justiniano (V, iv, 26). El concilio de Trullo (canon iii) prohíbe absolutamente el matrimonio entre el padrino de un niño y su madre. Hacia el siglo XIII esta idea se había extendido hasta prohibir los matrimonios entre el bautizante y el bautizado o los padres de éste, entre los padrinos mismos, entre ellos o sus hijos y la persona bautizada o incluso entre la viuda del padrino y el ahijado o su parentela natural. El concilio de Trento disminuyó esas restricciones, por lo que según el Catecismo Romano (II, ii, 21), el matrimonio se prohíbe sólo entre el padrino y la persona bautizada y entre los padrinos y los padres.

Por la estrecha relación entre padrinos y niño se consideraba que había una grave responsabilidad sobre los primeros, habiendo renunciado al diablo y profesado la fe en favor del niño, quedando obligados a vigilar para que llevara a cabo sus votos. Esto se subraya en las instrucciones de Cesáreo de Arlés y en las publicadas por la misión franca, en las que Carlomagno insistió que los padrinos deberían conocer el Credo y la Oración del Señor totalmente. Esta insistencia tendió a disminuir, aunque Tomás de Aquino todavía presuponía la instrucción de los niños por sus padrinos (Summa, III, lxxi, 4); pero el Catecismo Romano se queja de que "no queda más que el mero nombre de esta función" y trata de reforzar sus deberes.

Originalmente sólo había un padrino, pero con la admisión de los padres al oficio se quebró este principio. Una tendencia a incrementar el número tanto como fuera posible está atestiguada por los decretos sinodales de principios de la Edad Media, que ponen el nombre propio de dos, tres o cuatro padrinos. El concilio de Trento permite sólo un padrino del mismo sexo que el candidato, o dos de diferente sexo. Según la ley católica, un padrino debe haber sido bautizado y estar preferiblemente confirmado; el Rituale Romanum excluye a los infieles y herejes, a aquellos que están bajo excomunión o entredicho, criminales notorios, dementes y los ignorantes de los rudimentos de la fe; tampoco los monjes y monjas, ya que su separación del mundo les hace difícil realizar esos deberes, no deben acometer tal responsabilidad.

Las iglesias de la Reforma retuvieron la institución de los padrinos juntamente con el bautismo de niños. Aunque los padres estaban todavía excluidos, se abandonó la noción de afinidad espiritual y a cualquier cristiano bautizado se le permitía ahora, aunque no tan usualmente al principio, tomar el oficio sin contemplar su credo, una amplitud que sería ilógica si la función conllevara el deber de instrucción religiosa. Los que reconocen que es prácticamente un formulismo hueco están a favor de abolirlo totalmente, mientras que otros lo reformarían y lo harían una realidad más auténtica. El oficio bautismal anglicano (que contempla dos padrinos y una madrina para un muchacho y viceversa) contiene una recomendación solemne para ellos en cuanto a sus deberes, incluyendo instrucción espiritual y llevarlos a la confirmación en el tiempo apropiado.

Bautismo de niños.

Bautismo de un niño
Argumentos contra el bautismo de niños.
Un gran sector del cristianismo protestante disiente de la práctica del bautismo de niños. Incluye denominaciones como los bautistas, menonitas, pentecostales, Hermanos, Discípulos de Cristo y otros cuerpos cristianos. Estos cristianos, y otros simpatizantes con ellos en denominaciones paidobaptistas, basan su convicción (1) en la ausencia de un mandato positivo de Cristo o de cualquier relato de procedencia apostólica que expresamente favorezca la práctica; (2) sostienen que el bautismo de niños es una violación de la misma idea del bautismo, ya que el bautismo presupone la conversión y una profesión de fe inteligente, que no puede esperarse de los niños.

Argumentos en réplica.
A esos argumentos se replica en general que, aunque no hay un mandato positivo para bautizar niños dado por Cristo o los apóstoles, las páginas del Nuevo Testamento ofrecen una fuerte probabilidad de que desde el principio fueran bautizados niños, confirmando los testimonios de Ireneo, Orígenes y Tertuliano esa impresión. El argumento en detalle es como sigue: (1) El mandato general de bautizar a todas las naciones, naturalmente interpretado, incluye el bautismo de niños y la mención del bautismo de casas enteras (Hechos 10:48, 16:15, 33; 1 Corintios 1:16; 16:15) implica la presencia de niños; al menos su presencia en algunos hogares es más probable que su ausencia en todos. Si a esas consideraciones se le une la reiterada afirmación de que la promesa de remisión de pecados y del Espíritu Santo era para los creyentes y sus hijos (Hechos 2:38; cf. 3:25) hay una fuerte probabilidad, como mínimo, de que los niños fueran bautizados por los apóstoles. (2) El trato de Cristo hacia los niños, a quienes bendijo y declaró ser miembros del reino de los cielos (Mateo 18:3; 19:14) muestra que los niños son súbditos idóneos del reino de los cielos. ¿No van a ser recipientes idóneos del rito de iniciación, que es el bautismo en agua? Todo bautismo es en idea un bautismo de niños y exige el comienzo de una nueva vida en un espíritu verdaderamente infantil, sin el cual nadie puede entrar al reino de Dios. (3) La analogía de la circuncisión, que comenzó con el adulto Abraham y luego se extendió a todos sus hijos varones, favorece el bautismo de niños. El bautismo de niños es el rito de introducción en la Iglesia y señal y sello del nuevo pacto, como la circuncisión lo fue del antiguo pacto (Romanos 4:11). La bendición del antiguo pacto era para la simiente así como para los padres y la bendición del nuevo pacto no puede ser menos incluyente. El bautismo de niños descansa sobre la relación orgánica de los padres cristianos y sus hijos (1 Corintios 7:14). Es un testimonio constante de la fe viva de la Iglesia, que desciende, no como una reliquia sino como una fuerza vital, de padres a hijos.

Origen del bautismo de niños.
No se puede fijar un tiempo para el comienzo de la práctica del bautismo de niños. Si hubiera habido innovación, probablemente hubiera provocado una violenta protesta. La única es la de Tertuliano, quien, él solo en la Iglesia antigua, niega la conveniencia del bautismo infantil. La exigencia del arrepentimiento y la fe, que los apóstoles pusieron como condición del bautismo, era lo que debía esperarse cuando se recuerda que sus exhortaciones iban dirigidas a adultos. Éste fue siempre el modo de proceder cuando se predicó primero el evangelio a un pueblo. El bautismo de adultos siempre ocurre primero en cada Iglesia misionera. El bautismo de niños, es razonable asumir, surge naturalmente desde el mismo comienzo, ya que el cristianismo abarca la vida y preparación de la familia.

Testimonio patrístico.
Los tres testigos más antiguos de la extensión del bautismo de niños son Ireneo, Orígenes y Tertuliano. El testimonio de Ireneo, aunque no inequívoco, apoya fuertemente el uso apostólico. Nacido probablemente entre 120 y 130, discípulo de Policarpo, quien fue uno de los discípulos de Juan, es un excelente testigo. Dice: "Cristo vino para salvar por medio de sí mismo a todos los que a través de él son nacidos de nuevo para Dios, infantes, niños y muchachos y jóvenes y hombres maduros." (Hær., II, xxii, 4). La frase "nacidos de nuevo para Dios" se refiere claramente al bautismo en el uso de Ireneo (cf. I, xxi, 1), el bautismo es "ser nacido para Dios" y (III, xvii, 1), "el poder de regeneración de Dios." Orígenes, quien fue él mismo bautizado en la infancia, deriva nítidamente la costumbre de los apóstoles. "La Iglesia" dice (sobre Romanos 5:9) "ha recibido la tradición de los apóstoles de administrar el bautismo a los niños." También habla del bautismo de niños como una "costumbre de la Iglesia" (Hom., sobre Levítico 8). Los enemigos de la práctica echan mano de Tertuliano (finales del siglo segundo). En su De baptismo (xviii) aconseja retrasar la práctica, particularmente en el caso de los niños. Pero, cuando se investiga el pasaje se halla que su motivo no es lo impropio sino lo inadecuado del bautismo de niños, porque suponía gran riesgo el perder para siempre la remisión de pecados en caso de recaída. El mismo documento demuestra no sólo la existencia, sino la práctica prevaleciente del bautismo de niños. Tertuliano ni siquiera sugiere que sea una innovación post-apostólica. Su oposición se debe a su peculiar teoría del efecto mágico del bautismo de lavar la culpa de los pecados pasados y en ninguna manera es anti-paidobaptista. Loofs (Dogmengeschichte, Halle, 1893, p. 137) sentenciosamente resume la evidencia temprana histórica con estas palabras: "El rito del bautismo de niños se puede trazar en Ireneo, fue contestado por Tertuliano y era para Orígenes una costumbre apostólica."

La práctica del siglo tercero no admite réplica. Cipriano († 258) dice (Epist., lxiv) que a un niño en ningún caso se le debe negar la gracia y el bautismo. El sínodo de Cartago de 252 rechazó la opinión de que el bautismo debería ser, como la circuncisión, retrasado al octavo día tras el nacimiento. Pero que la costumbre no era seguida universalmente se evidencia por los casos de Agustín, Gregorio de Nacianzo y Crisóstomo, quienes tuvieron madres cristianas, pero no fueron bautizados hasta que fueron convertidos ya de adultos; Constantino el Grande pospuso el bautismo hasta su lecho de muerte. Gregorio de Nacianzo recomendó que el bautismo de niños se retrasara hasta los tres años de edad, a menos que estuvieran en peligro de muerte. Este retraso lo recomendaban los maestros eclesiásticos por la doctrina prevaleciente sobre los efectos del bautismo, que era una limpieza del pecado original y de todas las transgresiones actuales cometidas antes de la administración del rito.

Los escolásticos y el periodo de la Reforma.
Los escolásticos, siguiendo a los Padres, señalaron que los hijos son sujetos apropiados del bautismo, porque están bajo la maldición de Adán y el bautismo lava de la culpa del pecado original. Igual que la madre nutre a su vástago en el vientre antes de que pueda nutrirse él mismo, así en el vientre de la madre Iglesia los niños son nutridos y reciben la salvación por el acto de la Iglesia. No es una cuestión de fe sino el acto patrocinador y promotor de la Iglesia; de esta manera lo sostiene Tomás de Aquino (Summa, III, lxviii, 9) cuando afirma: "Los niños reciben la salvación no de ellos mismos, sino por un acto de la Iglesia.") y Buenaventura (Breviloquium, vii). Un niño no puede ser bautizado antes de nacer, pero si su cabeza aparece puede ser bautizado, pues la cabeza es el asiento del agente inmortal (Pedro Lombardo, Sent., IV, vi, 2; Tomás de Aquino, Summa, III, lxviii, 11). Tomás de Aquino (Summa, III, lxviii, 10) y la mayoría de los escolásticos estimaron ilegal bautizar a los niños de los judíos y los infieles sin el consentimiento de sus padres, pero Duns Escoto pensó lo contrario. El bautismo de niños fue expresamente recomendado por el concilio de Trento (sesión vii, de baptismo, canon xiii). También fue recomendado por las confesiones protestantes del período de la Reforma; la Confesión de Augsburgo (artículo nueve, con un anatema contra los anabaptistas; la Segunda Confesión Helvética (20,3, también con un anatema contra los anabaptistas); el Catecismo de Heidelberg (cuestión 74); la Confesión Galicana (35); la Confesión Belga (34); los Treinta y Nueve Artículos (27); la Confesión Escocesa (23) y la Confesión de Westminster (28).

Ha de admitirse que el bautismo de adultos fue la norma y el bautismo de niños la excepción en la edad antigua y no fue hasta el siglo quinto, cuando la Iglesia ya estuvo ampliamente establecida en el imperio romano, que el bautismo de niños se hizo general. Continuó siendo la norma universal, con algunas excepciones, como en el caso de los cátaros, hasta la Reforma protestante, cuando el "bautismo de creyentes" se convirtió en principio irrenunciable en Suiza, Holanda, etc., entre varias denominaciones protestantes. El bautismo de niños no tiene significado aparte de la familia cristiana y sin la garantía de una educación cristiana. De ahí que la Iglesia ha insistido siempre en la instrucción catequética y la mayoría de las iglesias practican la confirmación como un complemento subjetivo del bautismo de niños. El bautismo compulsivo de niños fue desconocido en la época ante-nicena; se trata de una profanación del sacramento y uno de los males de la unión de la Iglesia y el Estado.

La posición bautista sobre la inmersión y el bautismo de niños.

El auténtico bautismo es una sepultura en agua.

Bautismo de adultos
Bautismo de adultos
La palabra griega baptizein significa "sumergir". Cuando leemos en la Septuaginta (2 Reyes 5:14) que Naamán se sumergió en el Jordán y se "bautizó" (griego ebaptisato), estamos obligados a entender una inmersión, no habiendo citas en la literatura griega de un solo ejemplo del uso de la palabra en el que la idea de inmersión no esté envuelta. De donde se sostiene que el rito del bautismo tal como es mencionado en el Nuevo Testamento fue siempre una inmersión en agua y que el mandato de bautizar es un mandato a ser sumergido. La sepultura en agua ha sido siempre la práctica de la Iglesia griega, sosteniendo sus más antiguos patriarcados que no hay otro bautismo. Los bautistas y algunos otros cuerpos en la cristiandad occidental sostienen esta idea. La inmersión es el único acto universal del bautismo, el único cuya validez está reconocida semper et ubique et ab omnibus. La sepultura en agua continuó siendo la norma de la Iglesia católica durante más de mil años. Tomás de Aquino habla de ella como el "uso más común". Fue la práctica en Britania hasta el reinado de Isabel y todavía se exige en el orden de la Iglesia anglicana para el bautismo de niños, a menos que los padres certifiquen que el niño está débil. Aunque el derramamiento o aspersión se emplean ahora, es más bien un asunto de conveniencia, siendo la efusión durante muchos siglos un recurso sólo en casos de necesidad.

El testimonio de Cipriano.
La primera discusión extensa de la cuestión se encuentra en la carta de Cipriano a Magno, escrita hacia mediados del siglo tercero. Al ser preguntado si son legitimi Christiani, quienes, siendo convertidos en enfermedad son non loti sed perfusi, "no inmersos en el agua sino simplemente rociados con ella", da una opinión afirmativa, pero lo hace con la mayor vacilación y sus palabras son: "Hasta donde mi pobre capacidad entiende el asunto" y "he respondido a tu carta hasta donde mi pobre y pequeña capacidad puede hacerlo". Rechaza cualquier intención de decir que otros oficiales deberían reconocer la efusión como bautismo e incluso llega a sugerir que aquellos que han recibido la efusión pueden al recuperarse de su enfermedad ser sumergidos. Pero, al citar varias aspersiones en el ritual mosaico, proporciona la idea, necessitate cogente, de que la inmersión está fuera de cuestión, pudiendo consolarse aquellos que han sido rociados como si verdaderamente se hubieran bautizado (Cipriano epist., lxxv, [lxix], 12-14). Esta epístola deja claro más allá de toda controversia que en el siglo tercero el bautismo ordinario era por inmersión y que incluso en la Iglesia latina había quienes declaraban que era el único bautismo. Se desprende con igual claridad que la efusión nunca fue practicada en la edad apostólica, pues si los apóstoles lo hubieran hecho en algún caso, Cipriano ciertamente habría conocido el hecho y nunca habría presentado una disculpa por un uso que tuviera precedente apostólico.

Bautismo de Esteban de Hungría, por Gyula Benczur, siglo XIX. Galería Nacional, Budapest
Bautismo de Esteban de Hungría, por Gyula Benczur, siglo XIX.
Galería Nacional, Budapest
Origen de la efusión.
Durante mil años el recurso a la efusión se justificó solo por la necesidad. Y la supuesta necesidad existió por la idea de que el bautismo era esencial para la salvación y por lo tanto que cuando la inmersión, el rito establecido, estaba fuera de cuestión, algo debía sustituirlo o el alma se perdería. El uso de la efusión nunca surgió salvo por la idea de que el bautismo en agua era esencial para la salvación. Pero aquellos que niegan que la salvación está condicionada por el bautismo, que estiman el bautismo meramente como una señal de una salvación ya forjada, no necesitan el recurso de la efusión. Continúan administrando la inmersión siempre que es practicable y no permitirán que el convertido muera sin algún agua del bautismo. Condenan el uso de la efusión no sólo como innecesario sino basado en una grosera superstición.

El argumento del simbolismo.
El acto de la efusión no contiene nada del simbolismo cristiano, pues la lustración siempre se encuentra en el ritual del Antiguo Testamento e incluso en el pagano. La inmersión en agua es el único bautismo distintivamente cristiano, al ser el único que representa la muerte y resurrección de nuestro Señor, que es el hecho central de la fe cristiana. A la idea de que el propósito de la inmersión "apostólica" fue simplemente un lavamiento y que ello se puede obtener por un rociamiento o derramamiento, se añade que el propósito de derramar es simplemente una profesión de fe, que puede ser dada simplemente por la palabra de la boca y que se puede dispensar todo uso del agua. Los que abandonan la inmersión "apostólica" simplemente por la conveniencia dejan el camino expedito para la adopción de la posición de la Sociedad de Amigos, que es el abandono total del bautismo en agua.

Objeciones al bautismo de niños.
En cuanto a los detalles del rito, los bautistas sostienen que debería administrarse sólo sobre la profesión de fe. No hay en la Escritura ningún ejemplo del bautismo de un niño inconsciente ni una exégesis justa descubrirá en ningún texto la más remota referencia a tal uso. Por el contrario, está en antagonismo directo con la idea del Nuevo Testamento sobre la Iglesia. El bautismo de niños surge de la idea de que en el bautismo alguien es regenerado y cristianizado, es decir, hecho cristiano. Pero, al crecer, ninguna diferencia existe entre el hijo bautizado de los católicos o episcopales y los no bautizados de los cuáqueros o bautistas, o de hecho de los incrédulos.

Bautismo por inmersión en un río de Filadelfia
Bautismo por inmersión en un río de Filadelfia
Los presbiterianos bautizan niños sobre la base de que la Iglesia consiste (Confesión de Westminster, xxv, 2) no de los convertidos solamente, sino de los creyentes "junto con sus hijos." Sin embargo, los hijos de los creyentes pueden crecer como incrédulos, e incluso ateos, y de esta manera la Iglesia, la esposa de Cristo, está compuesta en parte, posiblemente en su mayor parte, de no regenerados e incluso inmorales. Cuando un niño es "dedicado" a Cristo, bautizarlo sin aguardar a su esperada conversión no sólo es tan irrazonable como sería ordenar al niño al ministerio sobre la fe de que será otro Jonathan Edwards, sino que es también introducir un elemento impenitente en la Iglesia. También pueden los misioneros, por esa lógica, bautizar al comienzo a toda la tribu pagana, ya que el misionero espera que serán convertidos.

Si un niño puede ser bautizado sobre la base de que es puro y sin mancha, entonces, ya que el bebé de un musulmán o un pagano es tan puro como el niño cristiano, no hay razón para que todos los niños, incluso todo el género humano, no sea bautizado en la Iglesia. La Iglesia está basada en la idea de que hay una diferencia entre los discípulos de Cristo y el resto. Pero no hay teoría del bautismo de niños que no introduzca libremente al impenitente en la Iglesia, borrando toda distinción entre la Iglesia y el mundo. La carga de la predicación de Juan fue que el reino no era simplemente una continuidad de la comunidad judía, aunque todos podían estar circuncidados y decir: "Tenemos a Abraham por padre"; del mismo modo el bautismo y la membresía se conceden no sobre la fe paternal sino sólo sobre el arrepentimiento personal. El bautismo fue dado sobre bases diferentes de la circuncisión y se aprecia en el hecho de que los creyentes judíos continuaban circuncidando a sus niños (Hechos 21:20), que Timoteo había sido bautizado pero no había sido circuncidado y que se estimó que los convertidos judíos fueran circuncidados aunque todos habían sido bautizados.

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