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ALTAR
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Altar no necesariamente una estructura elevada.
La palabra "altar", derivada del latín alere, "nutrir" a través de altus, cuyo significado derivado es "alto", se entiende usualmente como una estructura elevada; pero la etimología y la historia van contra ello. "Altar" es la traducción en el Antiguo Testamento de mizbeah (arameo, madhbah), "lugar de sacrificio" y en el Nuevo Testamento de thusiasterion, que tiene el mismo significado. La palabra griega bemos ciertamente significa una estructura elevada; pero la existencia de dos palabras en griego sugiere desarrollo y diferenciación. En latín ara significa el asiento o lugar de descanso, no "de la víctima" (Andrews, Latin Lexicon) sino de la divinidad y por esta causa los Padres evitaron la palabra. La palabra "altar" tiene su raíz final en el propósito real del antiguo sacrificio, esto es, una comida de adoradores y adorado. Aunque el lugar del sacrificio fue invariablemente una estructura elevada, a veces era una zanja (por ejemplo, en el célebre sacrificio de Ulises descrito en la Odisea, 11), mientras que en las famosas tumbas de Micenas había depresiones conectadas por pequeñas salidas con las tumbas y generalmente explicadas como lugares para depositar ofrendas para los muertos. Actualmente los africanos colocan sus ofrendas de aceite para el espíritu árbol no en un altar, sino sobre el suelo.

En la Iglesia

La designación más antigua del lugar de celebración de la "Cena del Señor" es "la mesa del Señor" (griego, trapeza kuriou, 1 Corintios 10:21). Esta expresión o "mesa" sola o con un adjetivo ("santa, sagrada, mesa mística" trapeza hiera, hagia, mystik, etc.) la usaron los Padres griegos. La palabra griega general para altar (thysiasterion) la usaron con menos frecuencia y bemos la evitaron a propósito. Los escritores latinos usan mensa, altare, altarium, pero muestran repugnancia hacia ara.

Antes de la Reforma

Hasta el año 1000

Altar sobre la tumba de un mártir, Roma. Siglo V
Forma y estructura.
Ya que los antiguos lugares de adoración cristiana, salas en casas ordinarias, diferían esencialmente del santuario judío en Jerusalén y de los templos de los griegos y romanos, también la "mesa del Señor" difirió del altar judío y de los paganos, siendo significativo que la ausencia de altares en el servicio cristiano fuera especialmente ofensiva para los paganos (Minucio Félix, Octavius, 10; Orígenes, contra Celsum, vii. 64, viii. 17; Cipriano, Ad Demetrianum, 12). La celebración del ágape y la eucaristía exigía una mesa y no era sino natural que los primeros discípulos del Señor, como él mismo, celebraran la comida sagrada en una mesa. Cuando el servicio religioso se trasladó de casas privadas a edificios especiales, todavía continuó el uso exclusivo de mesas para la celebración de la eucaristía. Las frecuentes noticias de que los perseguidos procuraban encontrar un lugar de seguridad bajo el altar o abrazados a las columnas del altar como signo de su aflicción (cf. Schmid, pp. 31-32, 69-70), así como referencias en Gregorio de Tours (Miraculorum libri vii, i. 28) y Pablo Silenciario (Descriptio ecclesiæ S. Sophiæ, pp. 752 sqq.), de que los altares de San Pedro en Roma y Santa Sofía en Constantinopla estaban soportados por columnas, presupone que el altar tenía forma de mesa. La retención de esta forma original nunca se ha perdido en la Iglesia y hasta el día de hoy la mesa-altar es la norma en la Iglesia griega.

Cuando las reliquias comenzaron a ser trasladadas de sus lugares originales a las iglesias, sus receptáculos se colocaron debajo del altar, raramente delante o detrás y no fue hasta la Edad Media cuando se pusieron encima. El espacio se cercó a veces, dando al altar forma de caja o cofre. Tales altares se encuentran aquí y allá ya en el siglo quinto y se hicieron usuales durante la Edad Media. Los términos martyrium y confessio se aplicaron a tales tumbas así como a la especie de cripta que guardaba el cofre (arca), al cofre mismo y al altar. Para que fuera posible ver y tocar el contenido se dejó una abertura (fenestrella) en frente con un entramado de metal o mármol (transenna) o dos puertas (regiolæ). No debe asumirse que todos los altares de la Edad Media tenían reliquias. Un baldaquino (ciborium), sostenido por columnas, se encuentra frecuentemente ya en el tiempo de Constantino. El material usado era madera, piedra y metal; a veces se empleaba oro, plata y piedras preciosas.

Un obispo trasladando las reliquias de un santo a un nicho
del altar; de un pontifical inglés, c. 1420-1430.
Lansdowne MS 451, f. 136v.
Accesorios y ornamentación.
En la antigüedad fue usual extender una mesa con tela para la preparación de un banquete y esta costumbre se transfirió a "la mesa del Señor." Optato de Milevi en la segunda mitad del siglo cuarto es el primero en mencionar tal cubierta (De schismate Donatistorum, vi. 1, 5). A partir de entonces se mencionan con más frecuencia las telas del altar. Su tamaño no puede determinarse. Parecen haber sido generalmente de lino, aunque se usaron otros materiales, como seda y brocados de oro. Al principio sólo se usó una cubierta, luego el número varió. A este período pertenece el corporale (llamado también palla corporalis, oportorium dominici corporis, griego, sindon), en el que se envolvía el pan para la oblación (Isidoro de Pelusio, Epist., i. 123). Posteriormente hubo dos corporalia (o pallæ): una puesta sobre la tela del altar, en la que se ponían los vasos sagrados y la otra usada para cubrir la copa y la patena. Con el tiempo el nombre corporale quedó restringido a la primera de ellas y palla se usó para la segunda. Ambas eran de lino. Entre los más elaborados y costosos de los utensilios del altar en el período románico estuvieron los antependia o frontalia, que se usaron como decoraciones para el frente del altar; los lados laterales y el posterior también se adornaron en manera semejante. Cuando se mencionan altares de oro y plata es probable que en la mayoría de los casos se quiera decir planchas de metal en el frente del altar. Los ejemplos más antiguos que se han preservado datan del siglo noveno al doce. Representan escenas de la historia bíblica y de las vidas de santos, usualmente con la figura de Cristo en el centro. Se insertan piedras preciosas y cristal. Los antependia se hicieron también de telas costosas con oro y plata entretejidos, grabándose mosaicos y relieves en los lados del altar. En esas decoraciones aparecen cruces representadas que están cerca de los altares; también se colocaron encima o colgando bajo el ciborium, pero en el primer milenio los crucifijos no estaban sobre los altares. De manera semejante, las lámparas se colgaban del ciboria o estaban alrededor de los altares, pero no sobre ellos.

Número y variedad de altares.
Al principio hubo sólo un altar en el lugar de adoración, símbolo de unidad. En una basílica sin crucero estaba en el centro del coro del ábside. La Iglesia oriental retuvo el único altar, pero en el oeste el número se incrementó por la costumbre de las misas privadas y la veneración de las reliquias. Una iglesia en la Galia en el tiempo de Gregorio Magno († 604) tenía trece altares; la catedral en Magdeburgo cuarenta y ocho. Tras el año 1000 los altares recibieron diferentes nombres según su posición y uso. El altar principal fue llamado altare majus, capitaneum, cardinale, magistrum o principale "altar mayor"; los otros eran altaria minora. Una vez que Alejandro VI comenzó a otorgar indulgencias especiales a ciertos altares entró en uso el término altare privilegiatum. Una misa dicha por los difuntos en un altar de ese tipo producía indulgencia plenaria. Las iglesias abadías tuvieron un altar dedicado a la santa cruz (altare sanctæ crucis), colocado entre el coro y la nave para los hermanos laicos. En el siglo séptimo se mencionan altares portátiles (altaria viatica, portabilia, itineraria, gestatoria, motoria); los usaron misioneros, prelados y príncipes en sus viajes.

Desde el año 1000 al 1300.
La creciente veneración que se dio a las reliquias llevó al principio de este período a un deseo de colocarlas sobre el altar, no debajo o cerca del mismo, como se había hecho previamente. En el siglo XIII, las reliquias del altar ya eran parte de su equipamiento regular. Cuando el cuerpo entero de un santo era removido de su lugar original de descanso se le proporcionaba un sagrario, lo que llevó a una extensión del altar en la parte posterior (retabulum). Se usó madera o piedra con decoraciones similares a las de los altares. En algunos ejemplos tales retabula sustituyeron a los baldaquinos; donde se mantuvo el altar comenzaron a hacerse en dos niveles, estando el recipiente de la reliquia en el superior. Se han preservado muchos de tales ejemplos, estando hechos de bronce, plata, oro y marfil, ornamentados con gemas y obra de filigrana y esmalte. Los altares se rodearon con columnas unidas por barras cruzadas de las que colgaban las cortinas. Hay verjas rodeando el altar desde tiempos antiguos, pero no eran generales. Se hicieron más comunes con la creciente distinción entre clero y laicos y al aumentar el número de clérigos, el tamaño del coro y presbiterio se hizo mayor. Desde el siglo XIII aparecen sobre el altar las cruces, crucifijos y velas. La posición de la cruz y las velas no estaba fijada y éstas eran una o dos, raramente más. Otros artículos que pertenecían a los accesorios del altar fueron el evangeliario, a veces en costosa encuadernación, campanillas e incensarios.

Desde 1300 hasta la Reforma.
El altar ciborium permaneció durante el período del arte románico e incluso desafió la influencia del gótico. En Francia el retabulum duró hasta el año 1400, pero en Alemania antes de ese tiempo dio paso a estructuras más elevadas construidas sobre el altar. La tendencia a considerar tales adiciones como meros receptáculos para las reliquias desapareció. Éstas se pusieron de nuevo dentro del altar o sobre el mismo, ocupando sólo una parte subordinada. La madera era generalmente el material más usado. Se hicieron puertas para el sagrario. Posteriormente tanto el sagrario como las puertas se pusieron sobre un pedestal (predella), que tras 1475 se convirtió en parte integral del altar. Los primeros altares de este período mantienen rígidamente el estilo gótico, pero posteriormente es evidente una mayor libertad. Se usaron libremente en la decoración grabados, esculturas, relieves y pinturas.

Desde la Reforma

Iglesias luterana y reformada.
Las iglesias reformadas se propusieron retirar todos los accesorios de adoración medieval, incluyendo el altar que sustituyeron por una simple mesa. Sin embargo, las iglesias luteranas procuraron meramente quitar lo que era contrario a las Escrituras, oponiéndose sólo a la noción de la "mesa del Señor" como altar sacrificial. Los altares secundarios no se usaron más, aunque no siempre fueron removidos de las iglesias. El altar mayor estaba generalmente reservado para la celebración de la Cena, se retiraron los relicarios con la custodia y la hostia y se retuvieron las decoraciones con los crucifijos y luces y los antependia y semejantes. Las reliquias bajo el altar fueron meramente cubiertas algunas veces. Los nuevos altares construidos para las iglesias evangélicas durante la primera mitad del siglo XVI siguieron el modelo y estructura general de los que ya existían. En lugar de pinturas sobre la vida de los santos había escenas bíblicas o sucesos de la Reforma. Se introdujeron los retratos de fundadores y sus familias. La forma y estructura general quedó subordinada a las pinturas, pero a mediados del siglo las características arquitectónicas a veces oscurecieron las pinturas. Durante el periodo barroco los altares y todas los utensilios eclesiásticos compartieron el gusto generalmente depravado del tiempo. Desde mediados del siglo XVII el púlpito comenzó a ponerse detrás del altar y elevado sobre el mismo, colocándose el órgano y el coro sobre el púlpito. El resultado fue empequeñecer y degradar el altar, no disminuyendo el desagradable efecto las pinturas sin gusto y otras decoraciones del tiempo. El siglo XIX trajo un retorno a las antiguas formas cristianas y góticas.

Iglesia anglicana.
En la Iglesia anglicana, tras la Reforma se puso mucho énfasis en bajar al altar al nivel de la iglesia y designarlo como "mesa santa", siendo el nombre con el que casi siempre aparece en el Libro de Oración. Hacia el siglo XVIII había asumido usualmente la forma de una pequeña mesa, frecuentemente escondida de la vista por la inmensa estructura del púlpito y el atril enfrente de ella; pero con los movimientos tractariano y ritualista del siglo XIX y el aumento de la frecuencia y reverencia en la celebración de la eucaristía, gradualmente tomó su antigua forma y dignidad. En la Iglesia episcopal americana este cambio fue origen de una enconada controversia y hacia 1850 la retención de una mesa con patas se consideró un signo de ortodoxia protestante impecable.

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