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PASCAL, BLAISE (1623-1662)

Blaise Pascal, filósofo, matemático y místico francés, nació en Clermont-Ferrand, a 339 kilómetros al sudoeste de París, el 19 de junio de 1623 y murió en París el 19 de agosto de 1662 en París.

Blaise Pascal
Blaise Pascal
Primeros años y descubrimientos científicos.
Era hijo de Étienne Pascal, segundo presidente de cour des aides en Clermont, quien en 1631 dimitió de su puesto para ir a París y dedicarse a la educación de sus hijos. Aquí se halló en un círculo de amigos cuyo eje era la familia de Antoine Arnauld. El entorno del joven Blaise, así como sus inclinaciones naturales, dirigieron su atención a los problemas científicos y matemáticos, en favor de los cuales dejó los estudios clásicos y humanistas. Sus logros en matemáticas se evidencian por su Essai pour les coniques, escrito antes de que tuviera diecisiete años y la máquina calculadora que presentó públicamente en 1642. Pero aunque un brillante futuro se abría ante él, su carrera fue trastocada por un suceso de gran importancia para toda su familia. Un accidente que sufrió Étienne en Rouen, donde era intendente de Normandía desde 1640, le puso en contacto con los profundos problemas de la vida espiritual, contemplados desde un punto de vista jansenista. Entró en contacto con la obra de Cornelio Jansenio Discours sur la réformation de l'homme intérieur, la de Robert Arnauld De la fréquente communion y la de St. Cyran Lettres spirituelles (París, 1648) y obras similares. La sinceridad con la que la piedad jansenista rechazaba cada compromiso con el mundo no quedó sin consecuencias en el joven Pascal, fechándose en ese periodo el primer impulso hacia su conversión. El efecto espiritual de esos escritos en su hermana Jacqueline, nacida en 1625, fue incluso más notorio. En el otoño de 1647, Pascal fue a París con Jacqueline para buscar una mejoría en su salud, disminuida por el sobreesfuerzo, quedándose casi paralizado y caminando solo con la ayuda de muletas. En París fue un oyente constante de los sermones de Abbé Singlin, confesor de la comunidad de Port-Royal.

Jacqueline Pascal
Jacqueline Pascal
Jacqueline le tomó por director espiritual y quiso ingresar en Port-Royal, pero su padre, que había regresado a París en 1648, no quería separarse de ella. El primer biógrafo de Pascal, su hermana Gilberte, relata su conversión en el año 1646, como si hubiera producido una ruptura completa con sus intereses mundanos, aunque éste no fue el caso. Los siguientes años fueron testigos de sus descubrimientos y escritos sobre cuestiones científicas que hicieron época, como la presión atmosférica, el 'horror al vacío' de la naturaleza, las mediciones barométricas y pesos equivalentes de los fluidos (Nouvelles expériences touchant le vide y Préface sur le traité du vide, París, 1647; Traité de l'equilibre des liqueurs y Traité de la pesanteur de la masse de l'air, 1651). Incluso en el campo de la ciencia tuvo un serio conflicto con los jesuitas, quienes le acusaron de plagio y de apropiarse del descubrimiento de Torricelli sobre el método de las mediciones barométricas. Hacia 1649 tenía una mente dividida entre la atracción por la religión y por la ciencia, no llegando en algunos años a ninguna conclusión clara. Su padre murió el 24 de septiembre de 1651, quedando Jacqueline libre para realizar su acariciado deseo. El 4 de enero de 1652 ingresó en Port-Royal-des-Champs como novicia, profesando el 5 de junio de 1653. Pascal se sumergió durante un tiempo en distracciones mundanas para mitigar el dolor por la muerte de su padre, sumergiéndose en las obras de Montaigne, del que fue un diligente estudioso en ese tiempo, así como de Epicteto. Pero no abandonó sus estudios, perteneciendo sus principales descubrimientos matemáticos a los años de 1653 y 1654. Entonces escribió Traité du triangle arithmétique, Traité des ordres numéiriques (París, 1665) y otros pequeños tratados. En los mismos discute las leyes de probabilidad, estableciendo en Traité de la sommation des puissances numériques los principios del cálculo diferencial e integral. Las ideas jansenistas habían quedado temporalmente desdibujadas ante sus ojos, pensando en entrar en la vida pública y casarse.

Antoine de Singlin, por Johann Georg Wille
Antoine de Singlin, por Johann Georg Wille
Conversión.
Pero de pronto los impulsos religiosos se despertaron de nuevo en su corazón. Las cosas que le habían apelado las halló ahora insípidas, sintiendo un profundo deseo de Dios y su gracia. Hizo frecuentes visitas a Port-Royal, contándole sus sufrimientos a su hermana. En una de esas visitas escuchó un sermón de Abbé Singlin sobre el comienzo de la vida cristiana, describiéndolo como una seria decisión hecha en presencia de Dios que supone una ruptura completa con el mundo. Las palabras parecían ir dirigidas expresamente para Pascal. Dos días después (23 de noviembre de 1653) tuvo una notoria experiencia, siendo vívidamente consciente de la presencia de Dios en un éxtasis. Esta es la fecha de su verdadera conversión. Buscó fortalecer y proteger su nueva vida interior en la soledad de Port-Royal, donde su venida fue saludada con alegría y como una señal del favor de Dios a la perseguida comunidad. A pesar del consejo de los médicos, se sometió a una rígida disciplina de ayunos, vigilias y auto-castigo, aunque reteniendo su independencia y visitando con frecuencia París. Se sumergió en el estudio de la Biblia y los Padres de la Iglesia, pero no se reprimió, en ocasiones, de oponerse a los dirigentes de Port-Royal con sus propias convicciones, tal como la relación entre conocimiento y fe. Su coloquio con Le Maistre de Sacy (L'Entretion avec M. de Saci) muestra que no compartía la desconfianza escéptica de Singlin y Sacy hacia la razón teórica, ni admitía una completa separación entre teología y filosofía. Durante este periodo estuvo ocupado con la idea de una gran obra apologética, a fin de ganar a los filósofos y ateos; pero fue desviado de ese propósito por la controversia entre Port-Royal y los jesuitas.

Blaise Pascal
Blaise Pascal
Cartas provinciales.
A principios de 1665 el abad Picoté de San Sulpicio rehusó dar la absolución al duque de Liancourt porque había recibido en su casa a un amigo de Port-Royal, el abad de Bourgeois, y había permitido que sus nietos fueran educados en las escuelas de Port-Royal. Esto dio ocasión a Arnauld para escribir su Lettre à une personne de condition (París, 1655), que fue atacada por los jesuitas y seguida en julio de 1655 por una Seconde lettre à un duc et pair de France (el duque de Luynes). Los jesuitas vieron su oportunidad para reabrir la enojosa cuestión 'de facto' y 'de jure'. Arnauld fue citado ante la Sorbona y condenado 'de facto' por una mayoría de dos contra uno. Los de Port-Royal deseosos de llevar la cuestión ante un tribunal más amplio pidieron a Pascal que presentara la cuestión ante el público laico, lo cual acometió en la primera de las Cartas provinciales, (Lettres écrites à un provincial par un de ses amis), publicadas bajo el pseudónimo de Louis de Montalte, el 23 de enero de 1656. El pretendido autor, que nada sabe de sutilezas teológicas, pide información sobre la controversia a un tomista, un jansenista, un molinista y un neo-tomista, llegando a la conclusión de que la ofensa de Arnauld consiste en el hecho de que él no ha usado la expresión pouvoir prochain (gracia preveniente). Aunque algunos en Port-Royal tenían dudas sobre el tono de la carta, tuvo un éxito inmediato, protestando sesenta amigos de Arnauld contra la acusación de la Sorbona. En una segunda carta, Pascal mostró que los neo-tomistas estaban realmente del lado de los jansenistas en la doctrina de la 'gracia suficiente' y que solo por temor a los jesuitas habían cambiado 'gracia eficaz' por 'gracia suficiente'. Como era de esperarse Arnauld fue también condenado por razones 'de jure' (31 de enero de 1656). En su tercera carta (9 de febrero) Pascal expresa su protesta, afirmando que Arnauld, aun teniendo a Agustín y los Padres de su lado, fue condenado. En la cuarta carta (25 de febrero) comienza el ataque a los jesuitas directamente, afirmando que han minado la moralidad, que constituyen un ideal ético no conforme a lo que el hombre debe hacer, sino según lo que el hombre medio es capaz de hacer y que degradan la religión, convirtiéndola en política y la moralidad en casuística. El día de la publicación de su quinta carta (20 de marzo) la comunidad tuvo que dejar Port-Royal, pero poco después les fue permitido regresar. Mientras tanto, Pascal tenía nuevas armas por un estudio de Antonio Escobar y Mendoza y de la práctica jesuita en el confesionario. En las cartas sexta a décima (10 de abril a 2 de agosto), ataca una y otra vez el principio del probabilismo, el método de justificar los fines por los medios y la doctrina de la ambigüedad en favorables circunstancias y de la reserva mental. En la undécima (18 de agosto) se quita la máscara y bajo su propio nombre carga contra el enemigo; en esta y en las dos siguientes cartas (18 de agosto a 30 de septiembre) trata con las acusaciones que los jesuitas le hacen y cita a sus propios maestros aprobados para mostrar la destrucción que han fraguado en la conciencia moral, por su enseñanza sobre la limosna, la simonía, la bancarrota y el duelo. Una semana después de que Alejandro VII declarara solemnemente que Jansenio había enseñado las cinco proposiciones (fait) condenadas en un sentido reprensible, Pascal, dejando esa cuestión por algún tiempo, atacó en una poderosa filípica la doctrina de la orden sobre la cuestión del asesinato (decimocuarta carta, 23 de octubre). En las últimas cartas (decimoquinta a decimoctava, 26 de noviembre de 1656 a 24 de marzo de 1657), volvió al asunto de Arnauld y en la decimonovena, que acaba abruptamente, intentó fortalecer a sus amigos de Port-Royal en su resistencia a la firma de la fórmula de sometimiento propuesta por la asamblea de clérigos.

La serie completa tuvo un efecto indescriptible y la traducción latina hecha por P. Nicole (1658) circuló por toda Europa. La conciencia pública estaba con Pascal. En Roma las cartas fueron condenadas y en París quemadas por el verdugo. Eran, moralmente, un logro valiente. Aunque Pascal estaba en una agonía física profunda, permaneció firme como campeón de la libertad de conciencia, de la verdad y de la justicia contra los poderosos jesuitas, sin temor a La Bastilla ni a las galeras. Pero las cartas son también, a pesar de su carácter ocasional, una obra maestra literaria que poseen una alta unidad dramática. En lugar de las estériles divisiones escolásticas sobre tecnicismos, Pascal creó un vivo diálogo con toques de humor. La figura del genial jesuita, exponiendo los secretos de su biblioteca casuística con la complacencia del curioso Louis de Montalte son dignos, por lo menos, de Moliére y su sobrio, claro y vigoroso estilo hace del libro uno de los mayores monumentos de la prosa francesa. Una edición colectiva apareció Les Provinciales ou les lettres (1657).

Pensamientos sobre religión.
Cuando su terminación le permitió dedicarse a su plan de una gran obra apologética, su salud flaqueaba, de modo que no pudo hacer más que dejar unas pocas hojas dispersas donde expresar sus pensamientos. En 1661 un nuevo ataque en Port-Royal le dejó postrado, incrementado por el sufrimiento de lo que él consideraba una debilidad de Arnauld y Nicole y por la muerte de su hermana Jacqueline (4 de octubre de 1661). Sus últimos meses los pasó retirado en ejercicios devocionales y obras de caridad. Fue enterrado en la iglesia de St. Étienne du Mont. Los fragmentos hallados entre sus papeles, representan la preparación para la gran obra que iba a convertir a los ateos, siendo publicada por sus amigos bajo el título Pensées de M. Pascal sur la religion et sur quelques autres sujets qui ont été trouvées apres sa mort parmi ses papiers (París, 1670). Desafortunadamente Nicole y Arnauld se sintieron obligados o autorizados a alterar el texto casi más allá de lo reconocible, no siendo hasta la publicación de Des Pensées de Pascal, de Victor Cousin (París, 1843), que se prestó atención al original. La primera edición correcta fue la de M. P. Faugdre, Pensées, fragments et lettres de Blaise Pascal (1844).

Contenidos.
Los estudios científicos, según Pascal, dejan el misterio de la vida sin resolver y las aspiraciones más profundas del corazón sin satisfacer. De ahí que se volviera hacia el estudio del ser humano. La lógica matemática es incontrovertible, pero sin la verdad concreta. Para la deducción científica Dios es conocible sólo como una determinación matemática o concepto de limitación. Solo un único efecto se deriva de la contemplación de lo matemático: por la concepción de lo infinitamente pequeño y de lo infinitamente grande, el hombre llega al conocimiento de sí mismo y a la reverencia ante lo infinito. El estudio al que el hombre es llamado, por su propia constitución, es al estudio del hombre. Los primeros resultados son desalentadores; el hombre es un caos, un ser lleno de inexplicables contradicciones. Pero el mismo hecho de que busca y sin embargo es inveteradamente débil es prueba de que una vez poseyó la auténtica felicidad. Busca en lo que no tiene la ayuda que no encuentra en lo que tiene, mientras que ni lo uno ni lo otro le puede librar, porque ese abismo infinito solo se llena con medios infinitos. La simple filosofía no puede llenar el abismo. De los dos tipos fundamentales el estoicismo establece la grandeza del hombre pero es ciego a su miseria e impotencia ética; el escepticismo reconoce su miseria, pero tropieza en su grandeza. La filosofía señala la vía de escape del dilema al preparar al hombre para la recepción de la fe o llevándole a la teología, centro de toda verdad. La razón consigue un conocimiento de Dios como postulado filosófico, pero no salvador; cómo Dios existe y cómo se relaciona con el hombre es algo que debe venir por revelación. En la búsqueda de la verdadera religión en primer lugar la razón es el único instrumento, siendo la revelación divina conocible por ella, o al menos no opuesta a ella. El cristianismo se muestra a la razón como la verdadera religión por los milagros, las profecías y la vida histórica de Jesús. Las pruebas no son 'matemáticamente convincentes', pero presentan a la religión cristiana como la hipótesis que satisface a la razón. Las doctrinas de la naturaleza y la gracia, de la caída y de un Redentor divino-humano son el complemento necesario para la experiencia de la conjunta miseria y grandeza del hombre. Pero como las pasiones perversas combaten el razonable conocimiento de Dios y su revelación, el hombre puede fortalecer su fe por un segundo medio: el hábito. El hábito de actuar como debe hacerlo reduce la mala tendencia del corazón humano. No obstante, la fe es un don de la gracia divina; Dios la inspira directamente al corazón, no por medio de la razón, porque así le ha placido. El resultado es una absoluta certeza y bendición. La inspiración que otorga certeza al corazón sobre la verdad procede de Cristo, por quien únicamente conocemos a Dios. La perfección cristiana consiste para Pascal en la imitación de la vida de renuncia de Jesús, la auto-contemplación penitente, la mortificación monástica del hombre natural, el sometimiento místico y la elevación contemplativa, como medios de santificación. Por lo tanto el ideal de vida es en gran manera negativo, siendo el principal precepto positivo el deber de caridad hacia el pobre y sufriente. Esta insistencia en la vida interior y la santificación personal está lejos de la moralidad cosmopolita jesuita, pero está casi a la misma distancia de la concepción evangélica de la perfección cristiana. No hay nada en toda su obra que muestre que haya tenido algún entendimiento o simpatía hacia el protestantismo. Sin embargo, Pascal ha sido, como sus contemporáneos de Port-Royal, un extraño para la Iglesia católica hasta el día de hoy. Al igual que Pablo o Agustín, sus grandes maestros, ha sido un explorador de caminos para todos los que buscan a Dios. Un príncipe en la esfera de la ciencia y mucho más que eso en la de la fe.

De su obra Pensées es el siguiente pasaje sobre su célebre 'apuesta':

'Examinamos este punto y decimos: Dios existe o no existe. ¿Pero de qué lado nos inclinaremos? Nada puede determinar la razón a este respecto: hay en medio un caos infinito. En el extremo de esta distancia infinita se juega un juego del que resultará cara o cruz. ¿Cómo apostaréis? Según la razón, no podéis hacer ni una ni otra apuesta; según la razón, no podéis excluir ninguna de las dos.
No acuséis, por lo tanto, de error a aquellos que han tomado partido, porque no sabéis nada al respecto. «No; yo no les acusaré por haber tomado una opción, sino por haber escogido; porque, aunque incurre en el mismo error quien escoge cruz y quien escoge cara, están ambos equivocados: la opción correcta es la de estar callado. » Sí, pero es necesario hablar: no es un hecho voluntario: como al estar en una barca, si hay que bailar se debe bailar. ¿Qué escogeréis, pues? Veamos. Ya que es preciso escoger, veamos qué es lo que más nos interesa.
Tenéis dos cosas a perder: la verdad y el bien; y dos cosas a empeñar: vuestra razón y vuestra voluntad, vuestro conocimiento y vuestra beatitud; por otra parte, vuestra naturaleza tiene dos cosas a evitar: el error y la infelicidad. Vuestra razón no sufre un daño mayor por una elección que por la otra, porque ineludiblemente hay que tomar una opción. He aquí un punto seguro.
Pero, ¿y vuestra beatitud? Sopesemos las pérdidas y las ganancias de escoger cruz: es decir, que Dios existe. Valoremos los dos casos: si vencéis, lo ganáis todo; si perdéis, no perdéis nada. Así pues, apostad que existe sin dudarlo. «Es de veras sorprendente. Sí, apostar es preciso. Pero quizá apuesto demasiado.» Veámoslo.
Puesto que hay las mismas probabilidades de ganar que de perder, aunque no pudieseis ganar más que dos vidas en lugar de una, ya valdría la pena apostar; si hubiese tres vidas a ganar, deberíais jugar (porque estáis en la necesidad de jugar) y seríais imprudente, visto que estáis obligado a jugar, si no arriesgaseis vuestra vida para ganar tres en un juego en el que hay las mismas probabilidades de ganar que de perder. Pero está de por medio una eternidad de vida y de felicidad.
Y estando así las cosas, aun en el caso de que hubiese infinitas probabilidades y una sola a favor vuestro, tendríais igualmente razón en apostar uno para tener dos y actuaríais insensatamente si, estando obligado a jugar, rechazaseis arriesgar una vida contra tres en un juego en el que entre infinitas probabilidades existe una a favor vuestro, que puede suponer ganar una infinidad de vida infinitamente feliz. Pero hay aquí precisamente una infinidad de vida infinitamente feliz a ganar, una probabilidad de vencer contra un número finito de posibilidades de perder, y lo que arriesgáis es, a su vez, finito...
Cada jugador de azar arriesga con certeza por una ganancia que no es cierta; y no en menor grado arriesga el finito sin la certeza de ganar el finito, sin que por otra parte peque contra la razón. No hay una distancia infinita entre la certeza de lo que se arriesga y la incertidumbre de la ganancia: eso es absolutamente falso.
«De acuerdo, pero yo tengo las manos atadas y la boca cerrada; se me obliga a apostar, y no soy libre; no se me da tregua, y mi carácter es tal que no puedo creer. ¿Qué queréis, pues, que haga?»
Es verdad, pero tomad al menos nota de vuestra incapacidad de creer, visto que la razón os lleva a ello e igualmente no podéis hacerlo. Poneos manos a la obra, pues, pero no para convenceros de la existencia de Dios con ulteriores pruebas, sino mediante una disminución de vuestras pasiones.
Vos queréis encaminaros hacia la fe, y no conocéis el camino; queréis curaros de la incredulidad, y pedís la medicina, aprended de aquellos que han tenido vuestros mismos a condicionantes y que apuestan ahora todos sus bienes; son personas que conocen el camino que vos querríais seguir y que están curadas del mal del que vos queréis curaros.
Imitad el modo en que han comenzado: haciendo lo mismo que si fuesen creyentes, tomando el agua bendita, encargando dos misas, y así sucesivamente. Incluso en vuestro caso, esto os hará creer y os volverá dóciles como ovejas. «Pero eso justo es lo que temo.» ¿Y por qué? ¿Qué podéis perder?'

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