en la web en la Biblia
  Buscar en la Biblia   Búsqueda avanzada 
JUSTINO MÁRTIR (c. 114 - c. 165)

Justino Mártir nació en Flavia Neápolis (la antigua Siquem y actual Nablus) en Palestina, probablemente hacia el año 114 y murió martirizado en Roma hacia el año 165.

Vida y escritos.
Los hechos de su vida se conocen principalmente por sus escritos. Él se denomina a sí mismo un samaritano, pero su padre y su abuelo eran indudablemente griegos o romanos, siendo criado en las costumbres paganas. Parece que tenía una propiedad, que estudió filosofía diligentemente, convirtiéndose al cristianismo y dedicando desde entonces su vida a enseñar lo que consideraba la verdadera filosofía, vistiendo todavía la toga de filósofo para mostrar que había obtenido la verdad. Probablemente viajó ampliamente y finalmente se asentó en Roma como maestro cristiano. La mención más antigua de Justino se halla en Taciano (Oratio ad Graecos, xviii, xix), quien le llama 'el muy admirable Justino', citando una frase suya y diciendo que el cínico Crescencio quiso confundirlo. Ireneo (Haer. I, xxviii. 1) habla de su martirio y de Taciano como su discípulo; le cita dos veces (IV, vi. 2, V, xxvi. 2) y muestra su influencia en otros lugares. Tertuliano (Adversus Valentinianos, v) lo llama filósofo y mártir y el antagonista más antiguo de los herejes. Hipólito y Metodio también le mencionan o citan. Eusebio también con cierta extensión (Hist. eccl., iv. 18) y nombra las siguientes obras: (1) La Apología para Antonino Pío, sus hijos y el senado; (2) una segunda Apología para Marco Aurelio y Vero; (3) el Discurso a los griegos, una discusión con filósofos griegos sobre el carácter de sus dioses; (4) una Exhortación a los griegos; (5) un tratado Sobre la soberanía de Dios en el que hace uso de las autoridades paganas y cristianas; (6) una obra titulada El salmista; (7) un tratado en forma escolástica Sobre el alma y (8) el Diálogo con Trifón. También da a entender que hubo otras obras en circulación; de Ireneo conoce la apología Contra Marción, la Apología de Justino (i. 26) y una Refutación de todas las herejías, (Hist. eccl., IV, xi. 10). Epifanio (Hær., xlvi. 1) y Jerónimo (De vir. ill. ix) menionan a Justino. Rufino toma de él el original latino de la carta de Adriano. Según Rufino, Justino no fue conocido en occidente durante mucho tiempo y los escritores orientales le conocieron principalmente por Ireneo y Eusebio o de obras espurias. El Chronicon Paschale es posiblemente independiente al fechar su martirio en el año 165. Un considerable número de otras obras son atribuidas a Justino por Aretas, Focio y otros escritores, pero ahora se admite generalmente su falta de autenticidad. La Expositio rectae fidei ha sido asignada por Dräseke a Apolinar de Laodicea, pero probablemente es una obra del siglo VI. La Cohortatio ad Graecos ha sido atribuida a Apolinar de Laodicea, Apolinar de Hierápolis y a otros. La Epistola ad Zenam et Serenum, una exhortación a la vida cristiana, depende de Clemente de Alejandría y fue asignada por Batiffol al obispo Novaciano Sisinio (c. 400). La obra existente bajo el título Sobre la soberanía de Dios no se corresponde con la descripción de Eusebio, aunque Harnack la considera de Justino y del siglo II. El autor del pequeño tratado A los griegos no puede ser Justino, porque depende de Taciano; Harnack lo sitúa entre los años 180 y 240.

Por otro lado, la autenticidad de las dos Apologías y del Diálogo con Trifón están universalmente admitidas. Eran conocidas por Taciano, Metodio y Eusebio, siendo su influencia discernible en Atenágoras, Teófilo, el pseduo-Melitón y especialmente Tertuliano. Eusebio habla de dos Apologías, pero las cita como una, lo que en realidad son en sustancia. La identificación de la autoría se muestra no solo por la referencia en el Diálogo cxx a la Apología, sino por la unidad de tratamiento. Zahn ha mostrado que el Diálogo estuvo originalmente dividido en dos libros, habiendo una considerable laguna en el capítulo lxxiv y en el principio y que probablemente está basada en un suceso acaecido en Éfeso, usándose la personalidad del rabino Tarfón aunque en forma helenizada. El tratado Sobre la resurrección, del que existen extensos fragmentos, no es tan generalmente aceptado. Es citado por Procopio de Gaza (c. 465-528), apelando Metodio a Justino en apoyo de su interpretación de 1 Corintios 15:50, en una forma que hace natural asumir la existencia de un tratado sobre el asunto, por no hablar de otras huellas de conexión de pensamiento en Ireneo (V, ii-xiii. 5) y también en Tertuliano, donde es demasiado cercano para no ser sino nada más que un seguimiento consciente del griego. El Contra Marción se ha perdido, al igual que la Refutación de todas las herejías, a la que Justino mismo se refiere en Apología i. 26; Hegesipo, además de tal vez Ireneo y Tertuliano, parece haberlo usado.

La Apología.
Sobre la fecha del Diálogo sólo se puede decir que fue posterior a la de la Apología, pudiendo deducirse el tiempo de composición de ésta con relativa exactitud. Por el hecho de que fue dirigida a Antonino Pío, Marco Aurelio y Vero, su composición debió ser entre 147 y 161. La referencia a Félix como gobernador de Egipto, quien solo pude ser Lucio Munatio Félix a quien el papiro Oxyrhynchus asigna la prefectura el 13 de septiembre de 151, fija la fecha más exactamente. Su causa se debe a un evidente suceso acaecido recientemente y el Chronicon de Eusebio sitúa en 152-153 la fecha de los ataques de Crescencio. La que se designa como Segunda Apología la escribió como suplemento a la primera, a causa de ciertos procedimientos que tuvieron lugar mientras tanto en Roma, ante Lolio Urbico, prefecto de la ciudad, lo que tuvo lugar entre 150 y 157. El propósito de la Apología es demostrar a los emperadores, reconocidos como hombres rectos y filosóficos, la injusticia de la persecución de los cristianos, quienes realmente son representantes de la verdadera filosofía. Los capítulos i-xii proporcionan la prueba preliminar negativa; el capítulo xiii comienza con una exposición positiva de lo que el cristianismo realmente es. Los cristianos son los verdaderos adoradores de Dios, Creador de todas las cosas; ellos le ofrecen los únicos sacrificios dignos de él, los de la oración y acción de gracias, siendo enseñados por su Hijo, quien tiene un lugar de honor parejo al suyo. Esta enseñanza les lleva a la perfecta moralidad, como se muestra en las palabras de sus maestros y en sus propias vidas, fundamentadas en su creencia en la resurrección. La doctrina del Logos hecho carne se subraya especialmente en xxi, xxii. Lo que interfiere con esta creencia es la engañosa obra de los demonios (xxiii-xxvi), en contraste con la cual se describe la justicia cristiana aún más (xxvii-xxix). Luego sigue la prueba de la profecía del Antiguo Testamento de que Cristo es el Hijo de Dios, cumplida en cada detalle (xxx-l), no importa lo que los malos espíritus puedan pretender (liv-lvii); incluso Platón aprendió de Moisés (lviii-lx). Los capítulos restantes (lxi-lxvii) dan una vislumbre de la vida cotidiana de los cristianos en el momento del bautismo, comunión y adoración del domingo. La segunda apología describe la conducta de los cristianos bajo la persecución, de la que los demonios son instigadores.

El siguiente pasaje está tomado de la Apología:

'A cuantos se convencen y tienen fe de que son verdaderas estas cosas que nosotros enseñamos y decimos y prometen poder vivir conforme a ellas, se les instruye ante todo para que oren y pidan, con ayunos, perdón a Dios de sus pecados, anteriormente cometidos, y nosotros oramos y ayunamos juntamente con ellos. Luego los conducimos a un sitio donde hay agua, y por el mismo modo de regeneración con que nosotros fuimos también regenerados, son regenerados ellos, pues entonces toman en el agua el baño en el nombre de Dios, Padre y Soberano del universo, y de nuestro Salvador Jesucristo y del Espíritu Santo [...] Este baño se llama iluminación para dar a entender que son iluminados los que aprenden estas cosas...
Después de así lavado [bautizado] el que ha creído y se ha adherido a nosotros, le llevamos a los que se llaman hermanos, allí donde están reunidos, con el fin de elevar fervorosamente oraciones en común por nosotros mismos, por el que acaba de ser iluminado y por todos los otros esparcidos por todo el mundo [...] Terminadas las oraciones, nos damos mutuamente el ósculo de la paz. Luego, al que preside a los hermanos se le ofrece pan y un vaso de agua y vino, y tomándolos tributa alabanzas y gloria al Padre del universo por el nombre de su Hijo y por el Espíritu Santo, y pronuncia una larga acción de gracias, por habernos concedido esos dones que de Él nos vienen. Y cuando el presidente ha terminado las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama diciendo: Amén. Amén, en hebreo, quiere decir así sea. Y una vez que el presidente ha dado gracias y aclamado todo el pueblo, los que entre nosotros se llaman diáconos dan a cada lino do los asistentes parte del pan y del vino y del agua, y lo llevan a los ausentes.
Y este alimento se llama entre nosotros eucaristía, de la que nadie es lícito participar, sino al que cree [...] porque se nos ha enseñado que es la carne y la sangre del mismo Jesús encarnado [...] Por cierto que también esto, por remedo, enseñaron los perversos demonios que se hiciera en los misterios de Mitra.'
(Justino, Apología 1,61-66).
El Diálogo y La resurrección.
En el Diálogo, tras una sección introductoria (i-ix), Justino muestra que el cristianismo es la nueva ley para todos los hombres (x-xxx), probando por las Escrituras que Jesús es el Cristo (xxxi-cviii). La sección concluyente (cix-cxlii) demuestra que los cristianos son el verdadero pueblo de Dios. Los fragmentos de la obra Sobre la resurrección comienzan con la afirmación de que la verdad, y Dios como autor de ella, no necesitan testimonio, pero como concesión a la debilidad de los hombres es necesario dar argumentos para convencer a los que la invalidan. Entonces se muestra, tras una negación de deducciones infundadas, que la resurrección del cuerpo ni es imposible ni es indigna de Dios, no faltándole la evidencia de la profecía. Otro fragmento se ocupa de la prueba positiva de la resurrección, aduciendo la de Cristo y la de aquellos a los que él llamó a la vida. En otra parte la resurrección tiene como objeto lo que ha fenecido, esto es, el cuerpo; el conocimiento sobre ello es la nueva doctrina, en contraste con la de los antiguos filósofos; de la doctrina se desprende el mandato de guardar el cuerpo en pureza moral.

Teología de Justino.
Flacius descubrió 'manchas' en la teología de Justino, que él atribuyó a la influencia de los filósofos paganos; en tiempos posteriores Semler y S. G. Lange le hicieron totalmente helénico, mientras que Semisch y Otto le defienden de esta acusación. En oposición a la escuela de Baur, que le consideraba un judío cristiano, A. Ritschl señaló que fue precisamente porque era un cristiano gentil por lo que no entendió plenamente la enseñanza de Pablo fundada en el Antiguo Testamento, explicando de este modo el carácter modificado de su paulinismo y su pensamiento legal. M. von Engelhardt intentó extender esta línea de tratamiento a toda la teología de Justino, mostrando que sus ideas de Dios, del libre albedrío y de la justicia, de la redención, la gracia y el mérito prueban la influencia del mundo cultivado pagano griego del siglo II, dominado por la filosofía estoica y platónica. Pero admite que Justino es un cristiano en incuestionable adherencia a la Iglesia y su fe, en completo reconocimiento del Antiguo Testamento y de la fe en Cristo como Hijo de Dios, hecho carne, crucificado y resucitado, creencia por la cual logra dejar a un lado el dualismo pagano y también la filosofía gnóstica.

Su conversión y enseñanzas.
En la introducción del Diálogo, Justino relata su vana búsqueda entre los estoicos, peripatéticos y pitagóricos para adquirir un conocimiento satisfactorio de Dios; su hallazgo de las ideas de Platón le dio alas a su alma, por la ayuda que él esperaba para lograr la contemplación de la Deidad; pero su encuentro con un anciano en la orilla del mar fue providencial, pues le dijo que no es por esfuerzo humano sino por revelación divina como esa bendición puede ser obtenida, que los profetas la habían transmitido a los hombres y que sus palabras se habían cumplido. De la verdad de ello estaba seguro por su propia investigación, siendo la vida diaria de los cristianos y el valor de los mártires lo que le convencieron de que las acusaciones contra ellos eran infundadas. Por lo tanto, determinó difundir el conocimiento del cristianismo como la verdadera filosofía. Tenía, como otros, la idea de que los filósofos griegos habían derivado, si no tomado prestados, del Antiguo Testamento los elementos esenciales de la verdad que se hallaba en sus enseñanzas. Pero al mismo tiempo adoptó la doctrina estoica de la 'palabra seminal', de manera que la filosofía era para él una operación del Logos, por lo que no tiene escrúpulos en decir que Sócrates y Heráclito fueron cristianos (Apol., i. 46, ii. 10). Su objetivo, por supuesto, es subrayar la absoluta importancia de Cristo, de modo que todo lo que haya existido de virtud y verdad pueda ser referido a él. Los antiguos filósofos y legisladores tenían solo una parte del Logos, mientras que la plenitud aparece en Cristo. Mientras que los paganos, seducidos por los demonios, han abandonado al verdadero Dios por los ídolos, los judíos y samaritanos poseyeron la revelación dada por los profetas y esperaron al Mesías. La ley, sin embargo, aunque contiene mandatos dados para promover el verdadero temor de Dios, tenía otras prescripciones de naturaleza puramente pedagógica, que necesariamente cesaron cuando Cristo, su meta, apareció; tales regulaciones temporales y relativas eran la circuncisión, los sacrificios de animales, el sábado y las leyes dietéticas. Por medio de Cristo la ley permanente de Dios ha sido plenamente proclamada. En su carácter de maestro de la nueva doctrina y promulgador de la nueva ley yace la naturaleza esencial de su obra redentora. La idea de una economía de la gracia, de una restauración de la unión con Dios que el pecado había destruido no es extraña para Justino. Es digno de mención que en el Diálogo ya no habla de una 'semilla del Logos' en cada hombre y en sus obras no apologéticas el énfasis está puesto sobre los actos redentores de la vida de Cristo, más que en la demostración de la racionalidad del cristianismo, aunque el carácter fragmentario de las últimas obras hace difícil determinar exactamente hasta qué punto eso es verdad y cuánta de la enseñanza de Justino sobre la redención se deriva de él. Con seguridad se puede decir que la teología de Justino se caracteriza por una tendencia ética. La fe no justifica, sino que es preliminar a la justificación, la cual se realiza por el arrepentimiento, cambio de corazón y una vida santa según los mandatos de Dios. El bautismo confiere la remisión de los pecados previos, debiendo mostrar el cristiano ser digno de la unión con Dios por una vida sin pecado. En la eucaristía Justino muestra su devoción por la ofrenda del pan y el vino y por la oración, recibiendo a su vez el alimento consagrado por la fórmula de la institución de Cristo, que es la carne y sangre de Jesús encarnado, y por la cual nuestra carne y sangre se nutren por una especie de transformación (kata metabolen). Justino está seguro de que esta enseñanza es la de la Iglesia en su conjunto. Solo conoce una división en la ortodoxia, sobre la cuestión del milenio y sobre la actitud suave hacia el cristianismo judío, que él personalmente está dispuesto a tolerar siempre que sus profesantes no interfieran en la libertad de los gentiles convertidos; su milenarismo parece no tener conexión con el judaísmo, pero cree firmemente en un milenio y en la escatología cristiana primitiva.

Su doctrina del Logos.
Su uso de la idea del Logos siempre ha atraído la atención. Probablemente sea ir demasiado lejos asumir una conexión a este respecto con Filón. La idea del Logos era ampliamente familiar a hombres educados y la designación del Hijo de Dios como Logos no era nueva en la teología cristiana. La importancia es clara, sin embargo, por la manera en la que Justino identifica al Cristo histórico con la fuerza operativa racional en el universo, lo que le lleva a la afirmación de que toda verdad y virtud está en los cristianos y a la demostración de la adoración de Cristo, lo cual levantó mucha oposición, como la única actitud razonable. Es principalmente por esta justificación de la adoración de Cristo que Justino emplea la idea del Logos, aunque usa el Antiguo Testamento, no la idea del Logos, para tratar explícitamente con la divinidad del Redentor y su relación con el Padre, que no forma parte esencial de su cristología. La importancia que atribuye a la evidencia de la profecía muestra su estimación del Antiguo Testamento, que es para los cristianos absolutamente Palabra de Dios, hablada por el Espíritu Santo y confirmada por el cumplimiento de las profecías. No menos divina, sin embargo, es la enseñanza de los apóstoles, que es leída en las asambleas cada día del Señor, aunque no la usa en su Diálogo como usa el Antiguo Testamento. La palabra de los apóstoles es la enseñanza del Logos divino y reproduce auténticamente los dichos de Cristo. Como norma Justino usa los evangelios sinópticos, pero hace referencias indudables a Juan. Cita el Apocalipsis como inspirado por ser profético, nombrando a su autor. La oposición de Marción nos prepara para una actitud hacia las cartas paulinas, que se corresponderá con la Iglesia posterior. Se hallan distintas referencias a 1 Corintios, Gálatas, Efesios, Colosenses y 2 Tesalonicenses y posiblemente una a Filipenses, Tito y 1 Timoteo. Probablemente también conocía Hebreos y 1 de Juan. El carácter apologético del pensamiento de Justino aparece de nuevo en las Actas de su martirio, cuya autenticidad está demostrada por la evidencia interna.

Mapa de los Padres de la Iglesia - Justino Mártir

© No se permite la reproducción o copia de este material sin la autorización expresa del autor. Es propiedad de Iglesia Evangélica Pueblo Nuevo

Iglesia Evangélica Pueblo Nuevo c/ Villacarlos, 14 28032 - Madrid
info@iglesiapueblonuevo.es - Horario de culto: Domingo 11 horas
Inscrita en el Ministerio de Justicia con el número 015638