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HOPKINS, EZEKIEL (1634-1690)
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Ezekiel Hopkins, obispo anglicano de Derry, nació en Pinne, Devonshire, el 3 de diciembre de 1634 y murió en Londres el 19 de junio de 1690.

Ezekiel Hopkins
Era el segundo hijo de John Hopkins, clérigo y rector de Pinne en Devonshire, siendo educado en Merchant Taylors School (1646-8) y Magdalen College, Oxford, donde estuvo en el coro (1648 53); se graduó el 17 de octubre de 1653, siendo admitido como ujier de la escuela en 1655 y capellán de la facultad en el año siguiente, obteniendo la maestría el 5 de junio de 1656. En la Restauración fue a Londres, donde se convirtió en ayudante del doctor William Spurstow, uno de los autores de Smectymnuus y en ese momento ministro de Hackney. Hopkins, que se conformó después del Acta de Uniformidad en 1662, fue elegido predicador de St. Edmund's, Lombard Street, o, según Malcolm, de St. Mary Woolnoth. En 1666, a consecuencia se supone que de la peste, Hopkins abandonó Londres y regresó a Devonshire, donde poco después fue elegido ministro de St. Mary Arches, Exeter. Aquí llamó la atención de Lord Robartes, posterior conde de Radnor, quien, al ser nombrado lord-lugarteniente de Irlanda en 1669, convirtió a Hopkins en su capellán. El 22 de noviembre Hopkins se convirtió en archidiácono y tesorero de Waterford, y el 8 de diciembre en prebendario de St. Patrick en Dublín. El 26 de abril de 1670 fue nombrado deán de Raphoe y el 29 de octubre del año siguiente fue consagrado obispo de Raphoe. Residió constantemente en su diócesis y al morir el doctor Michael Ward fue trasladado al obispado de Derry, el 11 de noviembre de 1681. Contribuyó en gran medida a mejorar la catedral de su nueva diócesis, al proporcionar un órgano y un hermoso plato de comunión. Al estallar la rebelión en apoyo de Jacobo II, miró por su seguridad y se retiró a Inglaterra, tras ofender a sus conciudadanos al propugnar una política de no resistencia. En septiembre de 1689 fue elegido predicador de la iglesia de St. Mary Aldermanbury en Londres. El que su segundo hijo, Charles, se uniera a los rebeldes irlandeses le afligió profundamente. Fue enterrado el 24 de junio de 1690 en la iglesia de St. Mary Aldrmanbury, siendo su sermón fúnebre predicado por el doctor Richard Tenison, obispo de Clogher.

Hopkins se casó dos veces; la primera, con una sobrina de Sir Robert Viner, alcalde de Londres, a quien dedicó su Vanity of the World, teniendo dos hijos, Charles (1664-1700) poeta y dramaturgo, y John († 1675) autor de Amasia; la segunda en 1665 en Totteridge, con Lady Araminta Robartes, hija del conde de Radnor, por su segunda esposa, Isabella, hija de John Smith.

Hopkins, de mediana estatura e inclinado a la corpulencia, era un buen erudito, un excelente predicador (aunque, según Prince, 'sus discursos olían a vela'), un conversador agradable y un poeta tolerable. Durante su vida publicó Sermon on the Death of Mr. Grevill, 1663; Treatise on the Vanity of the World, 1668, y Sermon on Submission to Rulers, 1671. Un volumen de sus sermones lo publicó el obispo de Cork y Rosse en 1692 y una edición de sus obras apareció en 1701, con un retrato grabado por Sturt. A estos se agregaron en 1712 Doctrine of the Two Covenants, Doctrine of the Two Sacrampnts y Death disarmed of its Sting. La mejor edición de sus obras la publicó Josiah Pratt en 4 volúmenes, Londres, 1809. Según Doddridge 'su lema, Aut suaviter aut vi, se adaptaba bien a sus obras, aunque él confiaba más en la segunda parte.'

El siguiente pasaje procede del sermón de Hopkins titulado El día del Señor en público:

'Considere en qué deberes tiene que ocuparse en y para la adoración pública y solemne a Dios en este día. Porque de ellos consiste la mayor y principal parte de la santificación.
Menciono en primer lugar esto como lo más destacado. Porque de hecho, mientras -por la misericordia de Dios- tengamos la dispensación pública y libre del evangelio, no debemos despreciar ni darle la espalda a esta comunión visible de la Iglesia. Más bien, honremos y hagamos nuestra la libertad del evangelio por medio de nuestra asistencia constante y conscientes del privilegio de hacerlo, no sea que, por despreciar la misericordia de Dios al dárnosla tan públicamente, lo provoquemos... Ahora bien, los deberes públicos que son necesarios para santificar el día del Señor como corresponde, son estos:

1. Oración afectuosa, haciendo nuestra la oración del pastor, nuestro vocero ante Dios, al igual que el vocero de Dios hacia nosotros. Porque, así como tiene el deber de anunciarnos la voluntad soberana y sus mandamientos [de Dios], tiene también el de presentar nuestras peticiones ante su Trono de Gracia. Nos corresponde tomar cada petición y lanzarla a lo Alto con nuestros anhelos más sinceros y de concluirla y sellarla con un afectuoso Amén: "Que así sea". Porque, aunque es sólo el pastor el que las eleva en voz alta, no es él sólo quien ora, sino toda la congregación con él. Cualquier petición que no vaya acompañada de nuestro más sincero y cordial afecto, es una burla a Dios como si nuestra propia boca la hubiera pronunciado sin que haya salido de lo profundo del corazón. Esto es pura hipocresía. Consideremos qué promesa es para el cristiano cuando ora a solas: "todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé" (Juann 15:16; 16:23). ¡De cuánta eficacia son, entonces, las oraciones unidas de los santos cuando unen sus intereses y ponen todo su fervor en presentarlos a una voz ante el Trono de Gracia! Cuando nos disponemos a participar de la oración pública no lo hagamos como simples oyentes, sino como participantes: Tenemos nuestra parte en ella. Y cada petición que es presentada a Dios debe emanar de nuestro corazón y nuestra alma. Si [esto] cumplimos con afecto, podemos estar seguros de que lo que es ratificado por tantas oraciones e intercesiones aquí en la tierra, será también confirmado en el cielo. Porque nuestro Salvador nos ha dicho: "Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos" (Mateo 18:19).

2. Nuestra atención reverente a la Palabra de Dios, ya sea leída o predicada, es otro deber público necesario para la santificación del Día del Señor. Esto se cumplía también en la época de la Ley, antes de la venida de Cristo al mundo: "Porque Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas, donde es leído cada día de reposo" (Hechos 15:21). Las sinagogas se edificaban con ese propósito: así como su templo era el lugar principal de su adoración legal y ceremonial, éstas eran para su adoración moral y natural. En el templo, principalmente ofrecían sacrificios; en sus sinagogas, oraban, leían y escuchaban. Así como sucede en la actualidad con nuestras iglesias locales, cada ciudad y casi cada aldea, contaba con una, donde el pueblo se reunía el día de reposo para escuchar la lectura y la exposición de alguna porción de la Ley. Con mucha más razón, nos toca ahora a nosotros ocuparnos de observar este mandamiento, en estos, los tiempos del evangelio, en que Dios nos requiere una mayor medida de conocimiento espiritual y se nos declaran con más claridad los misterios de la salvación. ¡Y que se seque la lengua y se silencie para siempre la boca del que se atreve a decir algo despectivo y denigrante de este mandamiento santo! ¡La Palabra dice tantas cosas excelentes acerca de la predicación del evangelio! Éste es "poder de Dios" (1 Corintios 1:18). Es la salvación para "los creyentes" (1 Corintios 1:21). Es el dulce "olor de su conocimiento" (2 Corintios 2:14). ¡Ciertamente todo aquel que la denigra, rechaza el consejo de Dios y el único medio establecido para alcanzar la fe y obtener la salvación eterna! porque "la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios" (Romanos 10:1).

3. Otro deber público relacionado con la santificación del Día del Señor es el canto de los Salmos. Porque siendo este día una fiesta para Dios, un día de gozo y alegría espiritual, ¿de qué mejor manera podemos testificar de nuestro gozo que con nuestras melodías? "Está alguno alegre?", pregunta Santiago, "Cante alabanzas", responde (Santiago 5:13). Por lo tanto, dejemos que los espíritus profanos se burlen de esto como les plazca, no por eso deja de ser un deber muy celestial y espiritual. ¡La Biblia dice que los santos ángeles y el espíritu de los justos en el cielo cantan aleluyas eternas al Gran Rey! Y si nuestro día del Señor es como el del cielo y la obra del día del Señor representa para nosotros la obra sempiterna de estos espíritus bienaventurados, ¿qué mejor manera puede haber que cantar alabanzas a Aquel que está sentado en su trono y al Cordero, nuestro Redentor? Esto es unirnos al coro celestial en su obra celestial y observar el Día del Señor aquí, como el día de reposo eternal allá, hasta donde la imperfección de la tierra puede parecerse a la gloria y la perfección del cielo.

4. Otro deber público que santifica al Día del Señor es la administración de las [ordenanzas], especialmente la de la Cena del Señor. Y por eso, la Palabra menciona: "El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba" (Hechos 20:7). En dichas reuniones se celebraba la Santa Cena y se enseñaba la Palabra, lo cual implica que la intención principal de sus reuniones era participar de la Cena del Señor. En esas ocasiones, el Apóstol les instruía por medio de la predicación. Según los registros de la Iglesia, es indudable que era la costumbre apostólica primitiva participar de esta ordenanza muy sagrada cada día del Señor y que sus reuniones eran principalmente para esto, a lo cual se anexaron la oración y la predicación. Me temo, señores, que uno de los grandes pecados de nuestra época, no sólo es la desatención y el desprecio de esta ordenanza por parte de algunos, sino también que pocas veces se celebra en conjunto. El Apóstol, donde habla de esta institución sagrada, indica que debiera celebrarse a menudo: "todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa" (1 Corintios 11:26). Aunque esta ordenanza se administre solo ocasionalmente, consideremos que deshonra [algunos demuestran] a Cristo [cuando] ya no participan de ella o muy raramente lo hacen. Ya no seguiré insistiendo en esto, sino que lo dejo entre Dios y la propia conciencia de los lectores porque si la persuasión o la demostración misma pudieran prevalecer contra la resolución, ya lo hubiera hecho, porque bastante se ha dicho muchas veces por lo que de nada vale que yo siguiera quejándome de esto.

Y aquí termino con lo que tengo que decir sobre la santificación del día del Señor, en lo que concerniente a los deberes públicos de adoración y servicio a él.'

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