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GREGORIO I (c. 540-604)
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Gregorio I (Gregorio Magno) fue papa entre los años 590 y 604. Nació hacia el año 540 en Roma y murió en esa ciudad el 12 de marzo de 604.

Gregorio Magno y su diácono frente a San Pedro. Moralium libri, siglo XI
Gregorio Magno y su diácono frente a San Pedro.
Moralium libri, siglo XI
Vida antes de su consagración como papa.
Su padre, Gordiano, era un eclesiástico regionarius. Tras la muerte de su marido, su madre ingresó en la vida monástica. Criado 'como santo en medio de santos', Gregorio fue completamente instruido en gramática y retórica, leyendo a los Padres latinos celosamente, especialmente a Agustín, Jerónimo y Ambrosio, con los que un día compartiría una posición de honor. Se distinguió tanto en sus estudios legales que el emperador Justino II le promovió al rango de prefecto de la ciudad (antes de 573). Sin embargo, su devoción religiosa le guió finalmente a renunciar a la vida en el mundo y después de la muerte de su padre entregó su riqueza a las buenas obras. Construyó seis monasterios en Sicilia y los dotó con propiedades de tierras, además de un séptimo en su propia ciudad, en Roma. En este último, de San Andrés, ingresó hacia el año 575. Es incierto saber bajo qué regla vivió como monje, pero alaba la regla benedictina en su Dialogus (ii. 28) y más pronto o más tarde la introdujo en los claustros por él fundados. Hasta el final de su vida, Gregorio mostró una especial predilección por el monasticismo, deseando promover la vida contemplativa como la más perfecta y segura contra las perturbaciones.
El papa Benedicto I convenció a Gregorio para que volviera al mundo, ordenándole como uno de los siete diáconos de Roma (577). Cuando el sucesor de Benedicto, Pelagio II, hubo sido consagrado antes de recibir la confirmación imperial, envió a Gregorio como legado suyo a Constantinopla en 579, para explicar este procedimiento irregular y al mismo tiempo solicitar ayuda contra los lombardos que amenazaban Roma. El primer objetivo lo logró, no así el segundo. Es probable que a Gregorio le fuera permitido regresar a Roma y a su claustro en 585. En el año 600 fue elegido unánimemente papa por el senado, clero y pueblo. Vaciló si aceptar esta dignidad, debido no solo a su predilección por la vida contemplativa, sino también a su convicción de que el oficio debía ser otorgado solo a uno que lo ejerciera en humildad; pero fue consagrado el 3 de septiembre.

Batalla contra los lombardos.
Su primer cuidado fue la seguridad de Roma contra los lombardos. Sin embargo, a este fin los esfuerzos fueron obstruidos por la batalla de facciones en Rávena, capital imperial de Italia y por la independencia de su iglesia de Roma, lo que creó dificultades al obispo romano en la esfera política, al procurar influir en el exarca imperial en su contra. En el año 591 Gregorio envió soldados para apoyar al comandante imperial contra el duque lombardo, Ariulfo de Spoleto, enviando también un refuerzo al amenazado puesto fronterizo de Nepi y un tribuno a Nápoles, para que esta ciudad pudiera resistir. Sin embargo, el exarca no envió ayuda y se negó a dar su consentimiento para la paz. Por lo tanto Gregorio, por su propia iniciativa, logró una paz con Ariulfo en 592. A continuación, el rey lombardo Agilulfo marchó contra Roma para castigar al papa por ser su más celoso antagonista. En junio rodeó la ciudad, obligando el hambre a que Gregorio le pagara un generoso rescate y se sometiera a un tributo anual. Luego se entregó celosamente a procurar una paz entre los lombardos y la facción imperial. Pero el emperador Mauricio se alineó con su exarca, por lo que los esfuerzos de Gregorio fueron baldíos, devastando en 596 los habitantes de Spoleto y Benevento la región de Campania y el sudoeste de la península. Con la idea de mitigar la miseria ocasionada, Gregorio envió fondos para el rescate de los cautivos e incluso autorizó al obispo de Nápoles a usar los vasos sagrados para ese propósito. Luego quiso defender Córcega y Cerdeña de la amenaza, consiguiendo la paz finalmente en la primavera de 599.

Administración de las propiedades de la Iglesia. Actividad benéfica.
Los medios para una actividad política tan vasta del papa descansaban en el patrimonium Petri, las ricas posesiones de la Iglesia de Roma en toda Italia, Dalmacia, Galia y norte de África, dedicándose Gregorio a consolidar esta propiedad en un conjunto organizado y a mejorar su productividad. Para ese fin estableció el principio de que la Iglesia debía administrar ella misma sus posesiones, a ser posible a través del clero. Al mismo tiempo, ejerció una supervisión personal cuidadosa sobre los oficiales, exigiéndoles la más escrupulosa contabilidad en recibos y gastos e instruyéndolos con detalladas medidas para la mejor administración de las propiedades. Los ingresos obtenidos se invirtieron no solo en propósitos estrictamente eclesiásticos, sino también en el cuidado de los enfermos, pobres y huérfanos, para el mantenimiento de hospederías de peregrinos, el sostenimiento de otras instituciones benéficas dentro y fuera, para el rescate de cautivos y esclavos y para luchar y conciliar a los lombardos. Esta actividad social y política que las condiciones del tiempo obligaron a Gregorio a acometer en tan gran escala, lograron que a los ojos de toda Italia, que esperaba en vano ayuda del emperador, Gregorio fuera estimado como un príncipe soberano protector. En una palabra, la soberanía temporal del papado tuvo entonces sus comienzos.

Su idea del papado. Relaciones con Constantinopla.
Gregorio tenía una alta concepción de su posición en Roma como obispo y aunque estimaba cada oficio en la Iglesia como un servicio, desde otro ángulo a Pedro se le había encargado, y por tanto sus sucesores, el deber de fortalecer a sus hermanos, debiendo estar dispuesto cada obispo a recibir el servicio del sucesor de Pedro. La empresa infatigable de Gregorio fue ganar gradualmente terreno para esta teoría, aunque en cada caso concreto la expuso hasta donde pudiera asegurase el reconocimiento de sus principios. Sus ideas hallaron oposición, especialmente en Constantinopla. Cuando el patriarca Juan IV el Ayunador asumió el título Ecuménico Gregorio le reprendió, prohibiendo a su enviado asistir a la misa del patriarca mientras retuviera el título. El emperador dirigió a Gregorio una amonestación por escrito para mantener la paz, pero él respondió al emperador y al patriarca en los más duros términos. Ni siquiera el obispo de Roma, dijo, podía ser llamado 'obispo universal', aunque a él 'le fue entregado el primado y el cuidado de toda la Iglesia'. Y menos le correspondía denominarse así al obispo de Constantinopla, ya que era notorio que muchos obispos de esa iglesia habían caído en el abismo del error doctrinal. La disputa continuó bajo el nuevo patriarca, Ciriaco. Finalmente, Gregorio creyó que la victoria estaba de su lado cuando (noviembre de 602) el defensor del patriarca, el emperador Mauricio, fue destronado y ejecutado por Focas. En la confianza de contar con el apoyo del nuevo emperador, volvió de nuevo a amonestar al patriarca para que 'quitara de la Iglesia el escándalo de ese impío y orgulloso título'. Su voluntad la logró tras su muerte, al reconocer Focas a Roma como 'cabeza de todas las iglesias'.

Relaciones con Rávena y otros obispados.
Gregorio tuvo que contender igualmente con Juan, arzobispo de Rávena, quien le había sido leal desde el principio. Sin embargo, cuando el papa le prohibió llevar el pallium salvo durante las misas, él no se sometió. Tras su muerte (595), Gregorio rechazó los candidatos propuestos en Rávena y presentó a su amigo, el presbítero romano Mariniano, quien pronto rechazó reconocer al obispo de Roma como tribunal decisivo en los asuntos de iglesias lejanas. Gregorio halló similar oposición en Iliria y Aquileya. En África la Iglesia todavía sufría gravemente por el cisma donatista. Gregorio estimó su deber oficial exhortar a los obispos, al exarca y al emperador a que combatieran la herejía, expresando su censura si no se hacía en la manera debida. Pero cuando quiso que en el futuro el primado de cada provincia eclesiástica no fuera ya nombrado por cuestión de prioridad sino por elección, los obispos se negaron a aprobar esta infracción de sus antiguas costumbres, viéndose el papa obligado a someterse. En otros casos respetó el espíritu independiente de la Iglesia norteafricana y aunque tuvo la gratificación de que esta Iglesia hiciera apelaciones a Roma, nunca exigió que el caso fuera decidido por él mismo en Roma, sino que se detuvo justo para que el asunto fuera resuelto en el sitio de origen. Entregó a la Iglesia española al cuidado sin reservas de su amigo, el obispo Leandro de Sevilla.

La Iglesia franca.
Peculiarmente difícil fue la posición de Gregorio respecto a la Iglesia franca, acostumbrada a la independencia, de forma que Gregorio, que no quería confrontar la situación agresivamente, mostró un sabia 'humildad en el servicio'. Ningún vicario del papa tuvo destino en la Galia desde el año 586 en adelante, hasta que el obispo Virgilio de Arlés, en armonía con el rey Childeberto, rogó a Gregorio en 595 que destinara un vicario y le confiriera el pallium a él. Rápidamente Gregorio hizo esfuerzos para abolir la simonía y la promoción de laicos a los obispados. También estimuló la celebración de sínodos bajo la presidencia de su vicario, junto con la obediencia a sus mandatos, reservando a la sede apostólica la decisión en disputas sobre asuntos de fe y otras cuestiones difíciles. Cuando nada consiguió, Gregorio intentó ganar influencia sobre esta Iglesia 'extra-romana' por un legado especial, Cándido, y por frecuentes comunicados escritos a los príncipes y a varios obispos francos. El objetivo se agravó porque se vio obligado a encomendarse al favor de Brunilda, quien, a pesar de sus malvados hechos era amistosa hacia la Iglesia, por lo que Gregorio estimó su deber ignorar los aspectos oscuros de su vida y reconocer lo que hizo por la Iglesia, a fin de que ella cumpliera sus deseos. Esta política no era simple diplomacia. Gregorio estaba enteramente persuadido de que lo que la buena Brunilda había hecho por la Iglesia era agradable a Dios, meritorio y capaz de cancelar su pecado. Sin embargo, la designación irregular de obispos no fue extirpada ni el sínodo, del que Gregorio esperaba tantas reformas, lo hizo a lo largo de su vida. No obstante, hay que reconocer sus esfuerzos en referencia a la Iglesia franca entre las semillas fructíferas que al final germinarían y crecerían.

Gregorio Magno y los muchachos anglos, por James E. Doyle
Actividad misionera de Gregorio.
De la mayor importancia para el futuro fue la actividad misionera de Gregorio, de la que la conversión de los anglosajones fue el resultado más conspicuo. Para ello envió a Agustín a la isla. Quiso también ganar a los judíos, prohibiendo todo tipo de medidas coercitivas, pero promoviendo su conversión por medios pecuniarios. Cuando supo que en Cerdeña había todavía muchos paganos mandó al obispo que los flagelara y encarcelara. Aquí la Iglesia tenía poder y no necesitaba ejercer la paciencia que todavía era un requisito en Inglaterra.

Gregorio Magno, Moralia in Job. Dijon, Biblioteca municipal
Escritos.
Entre los escritos de Gregorio su Expositio in beatum Job seu moralium libri XXXV se usó y fue grandemente estimado en la Edad Media. Se sintió movido a componer su segunda obra, Regula pastoralis, por los reproches del arzobispo Juan de Rávena ante su intento de evitar por la huida su elevación al trono papal. En la primera parte muestra cómo ha de alcanzarse el más alto gobierno, en la segunda cómo debe vivir un pastor, en la tercera cómo debe enseñar, en la cuarta que el orgullo no debe echar por tierra el buen desempeño del oficio. Este libro fue desde el principio tan renombrado que en el año 602 el emperador Mauricio lo hizo traducir al griego, mientras que Alfredo el Grande lo tradujo al anglosajón. En varios sínodos (como los de 813 en Maguncia y Reims) fue leído en voz alta a los sacerdotes como norma de conducta. Según Hincmaro de Reims en la consagración de un sacerdote debía que tenerlo en su mano y jurar que desempeñaría su oficio según estipulaba. En la forma de diálogo con su amigo Pedro, Gregorio compuso en 593-94 su Libri IV dialogorum de vita et miraculis patrum Italicorum et de æternitate animarum. El primer y tercer libro cuentan relatos maravillosos de varias personas, al que el tercero añade toda clase de digresiones instructivas; el segundo libro relata la vida de Benito; el cuarto apariciones maravillosas para demostrar la existencia del alma tras la muerte. Esta obra estuvo de moda en la Edad Media y fue traducida al griego por el papa Zacarías († 752) y al anglosajón bajo la dirección de Alfredo el Grande. Gregorio siempre subrayó su convicción de que uno de los deberes principales del pastor es predicar, practicándolo él mismo hasta donde su salud se lo permitió. Se han preservado veintidós homilías suyas sobre Ezequiel 1:1; 4:3 y 40 además de cuarenta sobre pasajes de los evangelios. Existen 853 cartas de Gregorio que tienen gran valor para la historia de su tiempo. Finalmente compuso himnos. Aquellos que universalmente le son atribuidos muestran un gran parecido en sustancia y forma con los de Ambrosio.

Reforma de la liturgia.
En la esfera litúrgica Gregorio fue ciertamente activo, pero la evidencia no siempre corrobora la idea tradicional de que 'estableció un orden estricto en el Ordo Romanus para la observancia solemne de la misa, tal como se realizaba en Roma los días de procesión, trascribiendo de los Salmos a los liber antiphonarius las porciones a ser cantadas durante el introito, gradual, aleluya, ofertorio y comunión y eliminando del sacramentario de Gelasio todo lo que estimó innecesario; pero al añadir nuevo material se convirtió en el autor del sacramentario que todavía lleva su nombre, además de compilar el liber responsalis, que contiene los responsorios usuales en la misa y los himnos del libro canónico de las horas.' Tampoco es totalmente cierto que ese estilo de canto litúrgico, que ha sido propio de la Iglesia católica, sea adecuadamente denominado 'gregoriano' porque Gregorio I sea su creador. En su contra milita el que no hay alusiones especialmente importantes en su versátil correspondencia o en cualquier otra fuente en todo el siglo VII, aunque es cierto que fundó una escuela coral en Roma para mejorar el canto en la iglesia.

Teología de Gregorio.
El puesto de Gregorio en la historia de la dogmática es importante. Durante la Edad Media ningún escritor cristiano del pasado fue estudiado tanto como él. Aunque no forjó pensamientos originales, este mismo defecto hizo a sus escritos especialmente útiles para una era en la que lo único válido era trasferir lo antiguo a las nuevas formas eclesiásticas que surgían como resultado de los reajustes nacionales. Especialmente fue recomendado porque descansaba enteramente sobre el gran Agustín, pudiendo incluso reemplazar a éste, al reproducir sus ideas en una forma tal que no era demasiado difícil para las multitudes iletradas. La impresión frecuentemente dada es que Gregorio pudo haber poseído más cristianismo que el que ofreció a otros; el hecho es que el mismo interés por lo alcanzable que se detecta en toda su política es discernible en su calidad de maestro, diciendo en tal guisa sólo lo que puede hallar aceptación y ejercer influencia práctica en las condiciones entonces prevalecientes. Vista de esta manera, la contribución de Gregorio se puede denominar un agustinianismo resumido y materializado. Las dos grandes líneas maestras son la autoridad de las Escrituras y de la Iglesia. La primera viene dictada por el Espíritu Santo y fuera de la segunda nadie 'absolutamente se puede salvar'. Es decir, nadie sino los 'regentes' oficiales de esta Iglesia administran los necesarios 'beneficios' para obtener la salvación. Es cierto que Cristo 'apaciguó por su muerte la ira del juez', pero su sacrificio se repite en el sacrificio de la misa, que la Iglesia realiza. Consecuentemente, la Iglesia, en ese sacrifico, posee un medio de influir a Dios. Esta 'buena obra' dispensada por la Iglesia también aprovecha a los muertos en el purgatorio, a la vez que ayuda incluso a los vivos en la tribulación terrenal. En manera semejante, Gregorio definió e incorporó claramente a la doctrina ciertas teorías que habían estado en vigor en forma suplementaria, pero que Agustín había admitido solo 'tal vez' como verdad o 'no increíbles'; de forma que abiertamente declaró el valor de lo maravilloso para impresionar al pueblo todavía semi-pagano. Su doctrina del pecado y de la gracia es agustiniana hasta cierto punto, al enseñar la condenación de los niños que mueren sin el bautismo y al asumir aparentemente la gracia irresistible (Moralia, IX, ix. 13), pero al mismo tiempo habla de una 'gran monstruosa debilidad' en el hombre caído, de 'nuestro voluntario acuerdo con la gracia que nos libera' y de la cooperación de la voluntad humana en las buenas obras. En ese aspecto 'se puede decir que nos liberamos a nosotros mismos' y por tanto 'lo bueno que hacemos es tanto de Dios como nuestro' y se convierte en nuestro 'mérito'. En forma similar habla del 'decreto escondido de predestinación', pero 'el número determinado de los elegidos' descansa en 'la presciencia de Dios'. Gregorio parece sostener la necesidad de una transformación interior del hombre, al hablar el Espíritu mediante la Palabra que inspira amor hacia el Creador invisible y por tanto la voluntad de lo que es bueno. Sin embargo, en realidad, cada vez que quiere insuflar lo que es bueno, virtualmente asume que sus lectores u oyentes no lo hacen por amor, sino predominantemente por 'temor al castigo eterno'. Siempre está pendiente de que la contingencia de que la aceptación del perdón pueda resultar en un relajamiento en la lucha contra el pecado, por lo que no solo exige a la Iglesia que mezcle esperanza y temor para sus creyentes, sino que subraya la convicción de que 'ningún pecado es perdonado sin castigo'. Si el hombre no se auto-castiga, Dios lo hará. En una ocasión dice: 'Ciertamente Dios no se goza en nuestro sufrimiento; él simplemente cura nuestra enfermedad pecaminosa mediante remedios adecuados'. Pero si luego declara que 'al placer pecaminoso debe seguirle la amargura de las lágrimas y a la falta de restricción en lo que no está permitido, la restricción de lo que está permitido', a esto lo denomina 'una satisfacción para el Creador', un 'sacrificio para cancelar la culpa'. Si hay que tener en mente la exaltación de la vida contemplativa por parte de Gregorio sobre la secular, hay que añadir la consideración de que la idea de la intercesión es ya un gran factor en su vida, pues no sólo Cristo, sino también los ángeles y los santos son recomendados como intercesores protectores. Es evidente que la clase de cristianismo que halla expresión en los escritos de Gregorio se convertirá en la religión de la Edad Media, necesitando poco desarrollo añadido.

Carácter e influencia de Gregorio.
La Iglesia le contó entre uno de su grandes, adjudicándole de hecho el sobrenombre de Magno. Su sincera piedad monástica, su incasable lucha por la extensión y fortalecimiento de la fe, por la elevación de la moral, por la unión de las diversas iglesias con Roma, por la energía, paciencia, justicia y benevolencia que mostró, le hacen uno de los más nobles representantes del papado. A pesar de su falta de erudición y pensamiento original, ha sido reconocido como uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia occidental, junto con Jerónimo, Ambrosio y Agustín, lo que puede explicarse por el poder comparativo que una tenue luz tuvo en una época oscura y también porque la época posterior a la suya estimó el tipo de cristianismo enano que él transmitió plenamente satisfactorio.

Mapa de los Padres de la Iglesia - Gregorio Magno
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