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BOURDALOUE, LOUIS (1632-1704)
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Louis Bourdaloue, predicador jesuita, nació en Bourges el 20 de abril de 1632 y murió en París el 13 de mayo de 1704.

Louis Bourdaloue
Durante un tiempo enseñó literatura y filosofía; en 1665 fue enviado a predicar en las provincias, siendo en 1669 llamado de nuevo a París; tras la revocación del Edicto de Nantes fue enviado al Languedoc para predicar a los protestantes; sus últimos años los dedicó al servicio de los pobres y marginados en París. Como persona fue estimado y amado; como predicador su fuerza estaba en la claridad de su argumento, ingenio y contundencia. La primera edición de sus obras fue editada por Bretonneau (16 vols., París, 1707–34).

De su sermón titulado "Cristo cruficicado, poder de Dios", basado en 1 Corintios 1:22-24, es el siguiente pasaje:

"Murió, pues, sólo porque estuvo dispuesto a morir (Isaías 53:7), y aun en la forma en que quiso morir. Y esto, dice San Agustín, solamente lo podía hacer el Hombre-Bueno; esto es lo que muestra, hasta en la muerte, la soberana independencia de Dios. Sobre ello, fundamento otra proposición, a saber, que la muerte de Jesucristo, si la examinamos atentamente, no fue únicamente un milagro, sino el más singular de todos los milagros. ¿Por qué? Porque en lugar de morir como mueren los demás hombres por debilidad, por violencia, o por obligación, murió por el esfuerzo de su propio poder absoluto; de modo que, como Hijo de Dios y siendo Dios mismo, nunca ejerció su absoluto poder con tanta supremacía como en el momento en que consintió en que su alma bienaventurada fuera separada de su cuerpo. Y de esto, los teólogos dan dos razones: en primer lugar, dicen, estando Jesucristo exento de todo pecado y siendo absolutamente impecable, no podía ser sino naturalmente inmortal; de allí que su cuerpo y su alma, que estaban unidos hipostáticamente con la divinidad, no pudieran separarse uno del otro sino por un milagro. Fue, pues, por necesidad que Jesucristo, para poder efectuar esta separación, debió, por así decirlo, hacer violencia a todas las leyes de la providencia ordinaria y emplear todo el poder que Dios le había concedido, para destruir esa hermosa vida que, aunque humana, era al mismo tiempo la vida de Dios. Y en segundo lugar, porque Jesucristo, en virtud de su sacerdocio, era preeminentemente el Sumo Sacerdote de la nueva ley; ninguno sino él, podía, ni debía, ofrecer a Dios el sacrificio por la redención del mundo, ni inmolar la víctima destinada al sacrificio. Ahora, esta víctima, era su propio cuerpo. Ninguno, sino él, había de ofrecer este sacrificio; nadie más que él tenía el poder necesario para realizar tal acto. Los ejecutores de la justicia que lo crucificaron, eran en realidad los ministros de la justicia de Dios, pero ellos no eran los sacerdotes destinados a sacrificar esta Víctima a Dios. Para esto era necesario un Sumo Sacerdote que fuera santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y dotado de características peculiares a sí mismo (Hebreos 7:26-28)."



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