en la web en la Biblia
 
           
BEDA (c. 672-735)
Guardar como Pdf Guardar como Pdf
Imprimir Imprimir
Enviar este enlace por e-mail a un amigo Enviar este enlace por e-mail a un amigo
Ver más Biografías Ver más Biografías
 

Beda, apodado el Venerable, primer gran erudito inglés, nació en Northumbria, según la tradición en Monkton, Durham, en el año 672 o 673 y murió en el monasterio de Jarrow, a 10 kilómetros al este de Newcastle, el 25 de mayo del año 735.

Beda el Venerable, por André Thevet
Casi todo lo que se conoce de su vida procede de lo que él mismo nos dice en su Historia ecclesiastica (v, 24), donde afirma que fue dejado en el monasterio de Wearmouth a la edad de siete años, siendo diácono con diecinueve y sacerdote con treinta por el obispo Juan de Beverley. Fue instruido por los abades Benedict Biscop y Ceolfrid, acompañando probablemente a éste último a Jarrow en el 682. Allí pasó su vida, encontrando su principal deleite en estar siempre ocupado en el estudio, enseñanza o escribiendo, siendo celoso de los deberes monásticos. Sus obras muestran que tuvo dominio en todo el saber de su tiempo. Era adelantado en literatura patrística, citando a Plinio el Joven, Virgilio, Lucrecio, Ovidio, Horacio y otros escritores clásicos, aunque con desaprobación. Sabía griego y un poco de hebreo. Su latín es claro y sin afectación, siendo un hábil relator de historias. Como todos los hombres de su tiempo estaba entregado al método alegórico de interpretación, siendo un poco crédulo sobre los milagros, pero en la mayoría de los asuntos muestra sentido común, tierna y amplia simpatía, amor por la verdad y la justicia, piedad no fingida y devoción al servicio de otros, de modo que su personalidad es extremadamente atractiva. Sus obras se esparcieron tanto por toda Europa, que fue conocido como 'el maestro de la Edad Media'. Muestra un erudición que sobrepuja a la de todos los escritores de su tiempo, y, lo mismo que Isidoro de Sevilla, influyó con el carácter enciclopédico de sus producciones en la educación de los autores de la Edad Media. Subordinó todo su saber a la interpretación de las Sagradas Escrituras. Alcuino y Amalario le llamaron el venerable. El concilio de Aquisgrán de 835 le llama venerabilis y doctor admirabilis.

Los escritos de Beda se clasifican en científicos, históricos y teológicos. Los científicos incluyen tratados sobre gramática, escritos para sus alumnos, una obra sobre fenómenos naturales (De rerum natura) y dos sobre cronología (De temporibus y De temporum ratione).

Muerte de Beda, por Claude Allinson Shepperson
La más conocida e importante de sus obras es Historia ecclesiastica gentis Anglorum, que consta de cinco libros sobre la historia de Inglaterra, tanto eclesiástica como política, desde el tiempo de César hasta la fecha de su terminación (731). Los primeros veintiún capítulos, que tratan del periodo antes de la misión de Agustín, son compilaciones de escritores antiguos, como Orosio, Gildas, Próspero de Aquitania y otros, con la inserción de leyendas y tradiciones. Después del año 596 usa fuentes documentales, que Beda sufrió para conseguir, y testimonios orales, que emplea no sin consideración crítica. Sus otras obras históricas fueron biografías de los abades de Wearmouth y Jarrow y biografías en verso y prosa de Cutberto. Los más numerosos de sus escritos son teológicos, consistiendo de comentarios sobre los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, homilías y tratados sobre porciones concretas de la Escritura. Su última obra, acabada en su lecho de muerte, fue una traducción al anglo-sajón del evangelio de Juan.

En el siguiente pasaje describe la llegada de Agustín entre los anglosajones:

'[...] Tranquilizados por el ánimo del santo padre Gregorio, Agustín con sus compañeros siervos de Cristo reanudó su trabajo en la palabra de Dios, y llegó a Bretaña. En ese tiempo el más poderoso rey era Etelberto, quien reinaba en Kent y cuyos dominios se extendían hacia el norte hasta el río Humber, el cual forma la frontera entre los anglos del norte y del sur. Al este de Kent se encuentra la gran isla de Tanatos, la cual por el cálculo inglés tiene seiscientas «familias» de extensión; está separada de tierra firme por un canal de aproximadamente tres estadios de anchura, llamado Uautsumu, el cual se une al mar en cada extremo y es vadeable sólo en dos lugares. Fue aquí donde el siervo de Dios Agustín desembarcó con sus compañeros, de los que se dice haber sido cuarenta en número. Por indicación del santo papa Gregorio, ellos habían traído intérpretes de entre los francos, y los enviaron a Etelberto, diciendo que venían de Roma portando noticias muy gozosas, las cuales infaliblemente asegurarían a todo el que las recibiese eterno gozo en el cielo y un perpetuo reino con el Dios vivo y verdadero. Al recibir este mensaje, el rey les ordenó que permaneciesen en la isla donde habían desembarcado, y dio indicaciones de que fuesen provistos con todo lo necesario hasta que tomase una decisión. Pues él ya había oído hablar del cristianismo, pues tenía una esposa cristiana de la casa real franca llamada Berta, a la que había recibido de sus padres a condición de que ella tuviese libertad para mantener y practicar su fe sin ser molestada, con el obispo Liudardo, a quien ellos habían enviado como su asistente en la fe. Después de algunos días el rey vino a la isla y, sentándose al aire libre, convocó a Agustín y sus compañeros a una audiencia. Pero tomó precauciones para que no se aproximasen a él en una casa; porque tenía una antigua superstición de que, si ellos fuesen practicantes de artes mágicas, podrían tener la oportunidad de engañarlo y dominarlo. Pero los monjes estaban investidos con el poder de Dios, no del diablo, y se aproximaron al rey portando una cruz de plata como estandarte y la imagen de nuestro Señor y Salvador pintada sobre una tabla. En primer lugar, ofrecieron oraciones a Dios, cantando una letanía por la eterna salvación tanto de ellos mismos como de aquellos a quienes, y por cuya consideración, habían venido. Y cuando, a la orden del rey, se hubieron sentado y predicado la palabra de vida al rey y su corte, el rey dijo: «Vuestras palabras y promesas son realmente bellas; pero son nuevas e inciertas, y yo no puedo aceptarlas y abandonar las ideas antiguas que yo he compartido con todo el pueblo inglés. Pero como vosotros habéis viajado desde lejos, y puedo ver que sois sinceros en vuestro deseo de impartirnos lo que creéis ser verdadero y excelente, nosotros no os haremos daño. Os recibiremos hospitalariamente y cuidaremos de suministraros todo lo que necesitéis; tampoco os prohibiremos que prediquéis y os ganéis a toda la gente que podáis para vuestra religión». El rey entonces les concedió una vivienda en la ciudad de Canterbury, que era la ciudad principal de sus dominios, y de acuerdo con sus promesas les proporcionó provisiones y no les retiró su libertad de predicar. [...] Ellos practicaban lo que predicaban, y estaban dispuestos a soportar cualquier adversidad, incluso a morir por la verdad que ellos proclamaban. Sin transcurrir mucho tiempo un número de paganos, admirando la simplicidad de sus santas vidas y el consuelo de su mensaje celestial, creyeron y fueron bautizados. Al este de la ciudad se levantaba una vieja iglesia, construida en honor de San Martín durante la ocupación romana de Bretaña, donde la reina cristiana de la que yo he hablado iba a rezar. Aquí se reunían al principio a cantar los salmos, rezar, decir misa, predicar y bautizar, hasta que la propia conversión del rey a la fe les dio mayor libertad de predicar, construir y reparar iglesias por todas partes.'
(Beda el Venerable, Historia ecclesiastica gentis Anglorum 1,25-26).
© No se permite la reproducción o copia de este material sin la autorización expresa del autor. Es propiedad de Iglesia Evangélica Pueblo Nuevo
Iglesia Evangélica Pueblo Nuevo c/ Villacarlos, 14 28032 - Madrid
info@iglesiapueblonuevo.es - Horario de culto: Domingo 11 horas
Inscrita en el Ministerio de Justicia con el número 015638