Anselmo de Canterbury nació en Aosta, Italia, en el año 1033 y murió en Canterbury, Inglaterra el 21 de abril de 1109.
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Anselmo es nombrado arzobispo de Canterbury, obra de James Doyle |
Pertenecía a una rica familia y cuando todavía era muchacho quiso hacerse monje, deseo al que su padre se opuso rotundamente. Su madre había sido una mujer piadosa que murió prematuramente. A la edad de veintitrés años Anselmo dejó su hogar y tras pasar tres años en Borgoña y Francia se marchó a Bec, en Normandía, donde su compatriota Lanfranco era prior. Allí tomó los hábitos en el año 1060. En 1063 sucedió a Lanfranco en el cargo, siendo nombrado abad en el año 1078. Como la abadía tenía posesiones en Inglaterra, Anselmo tuvo que ir con frecuencia a dicho país, siendo elegido arzobispo de Canterbury cuando Lanfranco murió en 1089. Sin embargo, el rey William Rufo prefería que el puesto quedara vacante, con el objetivo de quedarse para sí mismo con las rentas de la sede. Pero cayendo gravemente enfermo y pensando que su fin estaba cerca, en el año 1093 obligó a Anselmo a recibir el nombramiento de sus manos, siendo consagrado arzobispo el 4 de diciembre de ese año. Los siguientes cuatro años fueron una sucesión de disputas entre el arzobispo y el rey por asuntos monetarios, derechos y privilegios. Anselmo quiso llevar su caso a Roma y en 1097, con mucha dificultad, obtuvo el permiso del rey para el viaje. En Roma fue adulado y honrado pero tuvo poca ayuda práctica en su batalla con el rey. Volvió a Inglaterra tan pronto como supo de su muerte (1100) por la llamada del nuevo rey, Enrique. Pero una dificultad surgió a causa de las investiduras laicas y el homenaje que los clérigos habían de rendir a las autoridades seculares, estando por medio bienes materiales. Aunque Anselmo era un hombre pacífico y gentil, adoptó el punto de vista gregoriano sobre la relación entre el Estado y la Iglesia, adhiriéndose con firmeza a esa convicción. El rey, aunque inclinado a la conciliación, era igualmente firme en su actitud de proteger sus intereses. Tenía un alto concepto de Anselmo, tratándole siempre con consideración, siendo las relaciones entre ambos generalmente cordiales. Sin embargo, hubo muchas disputas entre ellos y varias embajadas infructuosas a Roma, yendo Anselmo mismo allí en 1103 y permaneciendo hasta 1106. Sus luchas con el rey se calmaron mediante una solución de compromiso alcanzada en 1107, pasando lo que le quedó de vida pacíficamente aunque dificultado por sus problemas corporales.
Anselmo es una de las personalidades más atractivas de la Iglesia medieval. Preponderantemente fue un erudito que consideraba la vida monástica como la mejor forma de vida posible. Cuando fue llamado al deber no eludió las cargas administrativas y eclesiásticas, demostrando una rectitud tan firme como tortuosas eran las maneras de los políticos. Su honestidad y simplicidad fueron a veces problemáticas para los jerarcas eclesiásticos, diplomáticos y calculadores. Era humilde, tierno de corazón, caritativo en el juicio, de integridad absoluta, celoso en el cumplimento del deber y paciente bajo la prueba. Fue capaz de ganar e instruir a jóvenes, alcanzando gran reputación como maestro, teniendo siempre al pueblo llano de su lado. En la historia de la teología ocupa un lugar especial como padre del escolasticismo, siendo denominado el 'segundo Agustín.' Su mente era aguda y lógica, mostrando sus escritos un intelecto profundo y original. De las dos tendencias teológicas dominantes de su tiempo, una más libre y racional representada por Berengario de Tours, y la otra más tradicional representada por Lanfranco, escogió esta última. Definió el objeto de la teología como el desarrollo lógico y la demostración dialéctica de las doctrinas de la Iglesia, tal cual fueron entregadas por los Padres. Para él los dogmas de la Iglesia son idénticos a la Revelación, sobrepasando su verdad la capacidad de la razón en tal manera que es mera vanidad dudar de un dogma por su ininteligibilidad. Credo ut intelligam, non quæro intelligere ut credam, es el principio sobre el que se fundamenta su postura entre fe y razón, siendo la línea seguida posteriormente por la teología ortodoxa. Como metafísico, Anselmo era realista y una de sus primeras obras, De fide Trinitatis, supone un ataque contra la doctrina de la Trinidad tal como era expuesta por Roscelino. Sus obras más celebradas son el Monologium y el Proslogium, en las que intenta probar la existencia de Dios, y el Cur deus homo, donde desarrolla su teoría de la satisfacción y la expiación. Las dos primeras obras fueron escritas en Bec, la última fue comenzada en Inglaterra 'en gran tribulación de corazón' y acabada en Schiavi, una localidad de Apulia, donde Anselmo disfrutó unos pocos meses de paz en 1098. Sus meditaciones y oraciones son grandemente edificantes e impresionantes.
En el Monologium afirma que de la idea del ser procede la idea del ser más absoluto y elevado, es decir, el Ser auto-existente, del cual derivan los demás seres su existencia. En el Proslogium la idea de un ser perfecto, que no puede ser imaginado más grande, no puede separarse de su realidad como existencia, mostrando la profunda influencia del realismo sobre el pensamiento de Anselmo, y colocándole como impulsor del argumento ontológico que posteriormente sería seguido por Descartes, Hegel y otros filósofos y teólogos.
La clave de la teoría de la expiación de Anselmo fue la 'satisfacción'. El pecado del hombre ha dañado el honor de Dios y por lo tanto es necesario que sea realizada una satisfacción a ese honor perjudicado. Esa satisfacción es hecha por Jesucristo mediante su muerte, la cual compensa la injuria realizada y permite a Dios ser misericordioso hacia el pecador, pudiéndose encontrar en esta explicación ciertas características, como el pecado como violación de una relación entre Dios y el hombre, de la interacción entre la gracia y la justicia divina y la necesidad de un representante sufriente.
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