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AGUSTÍN DE CANTERBURY († 604)
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Agustín de Canterbury, apóstol a los ingleses y primer arzobispo de Canterbury, murió en esa ciudad el 26 de mayo de 604 o 605.

Mapa de las misiones irlandesas, anglosajonas y latinas en la Edad Media
Mapa de las misiones irlandesas, anglosajonas y latinas en la Edad Media

Agustín de Canterbury predicando a Etelberto
por James Doyle
Las primera noticias sobre él son de cuando era præpositus (prior) del monasterio de San Andrés, fundado por Gregorio Magno en Roma, siendo enviado por el mismo Gregorio en el año 596 como jefe de un grupo de cuarenta monjes que tenían la misión de predicar a los anglo-sajones. Pero por miedo tomaron la decisión de regresar a Roma cuando estaban de camino en Provenza, pidiendo que la misión fuera anulada. Sin embargo, Gregorio les animó a retomar el desafío, llegando a la isla de Thanet en el año 597. Allí se encontraron con la ayuda de Berta, la hija de Chariberto de París y esposa de Etelberto, rey de Kent, quien era cristiana, permitiéndoles adorar a Dios según su doctrina. El rey permitió que los misioneros se establecieran y predicaran en su ciudad de Canterbury, convirtiéndose Etelberto antes de que terminara el año y siendo consagrado Agustín obispo en Arlés. En Navidad de ese año unos diez mil súbditos del rey fueron bautizados. Agustín envió un informe a Roma de su éxito. En el año 601 Melito y otros trajeron la respuesta de Gregorio a Agustín, junto con el palio y una donación de vasos sagrados, vestiduras, reliquias y libros. Gregorio mandaba al nuevo arzobispo que ordenara tan pronto como fuera posible doce obispos sufragáneos y enviara un obispo a York, quien debía tener a su vez también doce obispos sufragáneos; un plan que no fue llevado a cabo ni tampoco la idea de establecer el primado en Londres, como Gregorio quería. El mandato del papa de transformar los templos paganos al servicio cristiano se hizo efectivo, reconstruyendo Agustín una antigua iglesia en Canterbury como catedral y fundando un monasterio en relación con ella. También restauró una iglesia y fundó el monasterio de San Pedro y San Pablo fuera de los muros de la ciudad. Su intento de efectuar una unión con la antigua Iglesia Británica en Gales no tuvo éxito.

En el siguiente pasaje de Beda se describe la llegada de Agustín entre los anglosajones:

'[...] Tranquilizados por el ánimo del santo padre Gregorio, Agustín con sus compañeros siervos de Cristo reanudó su trabajo en la palabra de Dios, y llegó a Bretaña. En ese tiempo el más poderoso rey era Etelberto, quien reinaba en Kent y cuyos dominios se extendían hacia el norte hasta el río Humber, el cual forma la frontera entre los anglos del norte y del sur. Al este de Kent se encuentra la gran isla de Tanatos, la cual por el cálculo inglés tiene seiscientas «familias» de extensión; está separada de tierra firme por un canal de aproximadamente tres estadios de anchura, llamado Uautsumu, el cual se une al mar en cada extremo y es vadeable sólo en dos lugares. Fue aquí donde el siervo de Dios Agustín desembarcó con sus compañeros, de los que se dice haber sido cuarenta en número. Por indicación del santo papa Gregorio, ellos habían traído intérpretes de entre los francos, y los enviaron a Etelberto, diciendo que venían de Roma portando noticias muy gozosas, las cuales infaliblemente asegurarían a todo el que las recibiese eterno gozo en el cielo y un perpetuo reino con el Dios vivo y verdadero. Al recibir este mensaje, el rey les ordenó que permaneciesen en la isla donde habían desembarcado, y dio indicaciones de que fuesen provistos con todo lo necesario hasta que tomase una decisión. Pues él ya había oído hablar del cristianismo, pues tenía una esposa cristiana de la casa real franca llamada Berta, a la que había recibido de sus padres a condición de que ella tuviese libertad para mantener y practicar su fe sin ser molestada, con el obispo Liudardo, a quien ellos habían enviado como su asistente en la fe. Después de algunos días el rey vino a la isla y, sentándose al aire libre, convocó a Agustín y sus compañeros a una audiencia. Pero tomó precauciones para que no se aproximasen a él en una casa; porque tenía una antigua superstición de que, si ellos fuesen practicantes de artes mágicas, podrían tener la oportunidad de engañarlo y dominarlo. Pero los monjes estaban investidos con el poder de Dios, no del diablo, y se aproximaron al rey portando una cruz de plata como estandarte y la imagen de nuestro Señor y Salvador pintada sobre una tabla. En primer lugar, ofrecieron oraciones a Dios, cantando una letanía por la eterna salvación tanto de ellos mismos como de aquellos a quienes, y por cuya consideración, habían venido. Y cuando, a la orden del rey, se hubieron sentado y predicado la palabra de vida al rey y su corte, el rey dijo: «Vuestras palabras y promesas son realmente bellas; pero son nuevas e inciertas, y yo no puedo aceptarlas y abandonar las ideas antiguas que yo he compartido con todo el pueblo inglés. Pero como vosotros habéis viajado desde lejos, y puedo ver que sois sinceros en vuestro deseo de impartirnos lo que creéis ser verdadero y excelente, nosotros no os haremos daño. Os recibiremos hospitalariamente y cuidaremos de suministraros todo lo que necesitéis; tampoco os prohibiremos que prediquéis y os ganéis a toda la gente que podáis para vuestra religión». El rey entonces les concedió una vivienda en la ciudad de Canterbury, que era la ciudad principal de sus dominios, y de acuerdo con sus promesas les proporcionó provisiones y no les retiró su libertad de predicar. [...] Ellos practicaban lo que predicaban, y estaban dispuestos a soportar cualquier adversidad, incluso a morir por la verdad que ellos proclamaban. Sin transcurrir mucho tiempo un número de paganos, admirando la simplicidad de sus santas vidas y el consuelo de su mensaje celestial, creyeron y fueron bautizados. Al este de la ciudad se levantaba una vieja iglesia, construida en honor de San Martín durante la ocupación romana de Bretaña, donde la reina cristiana de la que yo he hablado iba a rezar. Aquí se reunían al principio a cantar los salmos, rezar, decir misa, predicar y bautizar, hasta que la propia conversión del rey a la fe les dio mayor libertad de predicar, construir y reparar iglesias por todas partes.'
(Beda el Venerable, Historia ecclesiastica gentis Anglorum 1,25-26).
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