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El oráculo de Simeón
Wenceslao Calvo (01-02-2018)
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El oráculo de Simeón

Estaba estipulado por la ley que la madre debía ir al templo el día cuadragésimo primero tras el nacimiento de su hijo varón para ser purificada, adonde previamente, el octavo día, el niño ya había sido circuncidado, dándosele nombre. Para efectuar el rito de purificación era preciso que llevara consigo una ofrenda, consistente en un cordero y una avecilla, aunque si le resultaba gravoso económicamente aportar un cordero, se podía sustituir por otra avecilla. Como aquella familia era de escasos recursos, lo que llevó la nueva madre fueron dos avecillas. Igualmente se efectuaba la consagración del niño, si era primogénito, tal como la ley también estipulaba, pagándose un precio de rescate. También éste era el caso con aquella familia. Doble motivo, por tanto, les llevó a ir al templo aquel día, uno por parte de la madre y otro por parte del niño.

Para un observador imparcial nada hacía sospechar que allí hubiera algo extraordinario, más bien lo contrario. Todo respiraba sencillez en aquel matrimonio que traía a su bebé y el sacerdote que ofició la ceremonia no percibió nada fuera de lo normal. Se trataba de un caso más de feliz nacimiento que se sometía a las normas de culto. Para él casi era mecánico el procedimiento, a fuerza de repetirlo un día y otro.

Pero, de pronto, alguien irrumpió en la escena rompiendo la formalidad del protocolo establecido. Aquel anciano parecía agitado por sus emociones y al ver al niño lo cogió en sus brazos y pronunció una oración de gratitud a Dios. No fue como la oración litúrgica que el sacerdote pronunció, que se trataba de una fórmula ritual establecida aprendida de memoria, sino que se trató de una oración espontánea, surgida de un corazón rebosante de agradecimiento. En su oración, aquel anciano estaba declarando cosas admirables del niño que tenía en brazos. Nada menos que era la salvación que Dios había preparado, no sólo para el pueblo al que el niño pertenecía sino para todos los pueblos. Era una oración que tenía resonancias con lo que los antiguos profetas habían predicho, respecto a que el instrumento que Dios levantaría no se limitaría a fraguar la bendición para una sola nación sino para todas las naciones. Es decir, lo que aquel anciano estaba expresando en su oración era que el anunciado, y por larguísimo tiempo esperado, era quien él tenía en sus brazos.

Pero la pregunta que surge inmediatamente es: ¿Cómo supo que era ese niño precisamente? Después de todo, a lo largo de su vida, muchos niños habían sido llevados al templo para efectuar la misma ceremonia que con éste. ¿Cuál era la diferencia? ¿Por qué éste y no otro? O ¿por qué no ninguno?

Si no había ninguna señal externa que le distinguiera de los demás, ¿de dónde obtuvo tal clase de conocimiento? Y aquí es donde viene en nuestra ayuda el mismo relato donde esta escena está recogida. El Espíritu Santo estaba sobre él.

Pero el anciano prosiguió y tras su oración bendijo al matrimonio; de nuevo no se trataba de un acto oficial, porque después de todo él no era sacerdote; pero se trataba de una bendición real, porque era impartida por alguien que sabía lo que estaba ocurriendo. Luego se dirigió a la madre del niño para decirle algo más sobre su hijo y sobre ella. Su hijo sería causa de caída y levantamiento, es decir, de perdición y salvación, lo cual significaba su papel determinante en cuanto al destino final de las personas. Y no sólo eso. También añadió que sería una señal contradicha, alguien que notoriamente es manifiesto, pero también combatido y negado. Y todo ello a fin de que se diera a conocer lo que verdaderamente hay en el interior de cada cual.

En la declaración de este anciano estaban ya presentes los elementos esenciales que marcarían el curso posterior de este niño. Su importancia sin par, lo decisivo de su persona y lo crucial de su obra, para vida o para muerte. Y el costo personal que le supondría ser y hacer todo eso.

También para la madre del niño tuvo una palabra, en cuanto al sufrimiento personal que le aguardaba por causa de su hijo. La madre gozosa, de ese momento, sería madre doliente, en el futuro.

Cualquiera que estuviera oyendo todas estas palabras de aquel anciano pensaría que estaba diciendo desatinos, tal vez propios de un exaltado y fanatizado entusiasta religioso o tal vez fruto de una cabeza con demasiadas canas para estar centrada.

Pero todo lo que dijo aquel anciano se cumplió literalmente. Pero ¿cómo supo todas esas cosas sobre aquel niño? Si no había ninguna señal externa que le distinguiera de los demás, ¿de dónde obtuvo tal clase de conocimiento? Y aquí es donde viene en nuestra ayuda el mismo relato donde esta escena está recogida. El Espíritu Santo estaba sobre él y ese mismo Espíritu le había revelado que antes de morir vería al ungido de Dios. Cuando llegó el día en que aquella familia entró al templo, ese mismo Espíritu dirigió al anciano a su encuentro.

Era un conocimiento sobrenatural, una sabiduría no de aquí abajo. Seis décadas después, un seguidor de aquel niño escribió lo siguiente: ‘Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.’ (2 Corintios 4:6).

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Cuadro: Detalle de "Simeón recibe a Jesús en el templo" de Rembrandt

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