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Las banderas del orden
Wenceslao Calvo (06-12-2017)
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Las banderas del orden

Se puede decir con bastante seguridad que una de las peores maneras de aprender historia es por medio del cine. Cuando el espectador novel ve una recreación histórica de un personaje, época o suceso, piensa que lo que está contemplando es el reflejo de lo que realmente ocurrió. Sin embargo, cuando lo compara con los documentos y registros de la época, se da cuenta de que casi se puede aplicar aquel dicho de que ‘todo parecido con la realidad es pura coincidencia’, por lo que pocas películas históricas se salvan de la quema en cuanto a fidelidad se refiere.

Y es que alrededor de una película se mueven demasiados intereses que no casan bien con el rigor histórico, de ahí que haya que inventar, añadir, quitar o cambiar. El guionista, el productor, el director y hasta el protagonista tienen sus propios criterios sobre lo que debe aparecer y lo que no. Sin olvidar que hay que tener un ojo pendiente de lo que dirá la crítica y, muy importante, del dictamen final de la taquilla. Aparte de que el metraje de la cinta ya impone una selección y amputación del relato.

Por ejemplo, en la película Rey David protagonizada por Richard Gere vemos al anciano rey aconsejando a su hijo Salomón, antes de morir, que tenga cuidado con los profetas de Dios y que más bien siga los dictados de su corazón. De esa manera, el espectador concluye que David muere como escéptico o hasta ateo, cuando en realidad esas palabras no sólo son imaginación del guionista sino una falsedad manifiesta que va en contra de lo que realmente le dijo el rey a su hijo.

Si hacemos caso de la famosa película Los Diez Mandamientos protagonizada por Charlton Heston, llegaremos a la conclusión de que el pueblo de Israel andando por el desierto era una muchedumbre amorfa, sin orden ni concierto y vagando sin ton ni son, cuando en realidad tanto la acampada como la marcha de ese pueblo estaba dispuesta según un ordenamiento establecido, que quedó detalladamente estipulado mientras estaban al pie del monte Sinaí.

En la película Los Diez Mandamientos protagonizada por Charlton Heston, llegaremos a la conclusión de que el pueblo de Israel andando por el desierto era una muchedumbre amorfa, sin orden ni concierto y vagando sin ton ni son, cuando en realidad tanto la acampada como la marcha de ese pueblo estaba dispuesta según un ordenamiento establecido.

En la acampada había una disposición simétrica de las doce tribus rodeando el tabernáculo, agrupadas de tres en tres en los cuatro puntos cardinales. Cada grupo de tres tribus tenía asignado una posición, estando señalizado cada conjunto de tres tribus en su punto cardinal por una bandera. De ese modo estaba al oriente la bandera de Judá, Isacar y Zabulón, al sur la de Rubén, Simeón y Gad, al occidente la de Efraín, Manasés y Benjamín y al norte la de Dan, Aser y Neftalí. La tribu de Leví, dividida por clanes, formaba el anillo más cercano que rodeaba el tabernáculo. Cuatro banderas en total que indicaban la ubicación de las tribus[i].

Igualmente, había un orden de marcha establecido, que no obedecía a preferencias personales u otros criterios aleatorios, sino a la lógica del posicionamiento en la acampada, por lo que la bandera de Judá, Isacar y Zabulón encabezaba la marcha, seguida por la bandera de Rubén, Simeón y Gad, a continuación la bandera de Efraín, Manasés y Benjamín y cerrando la marcha iba la de Dan, Aser y Neftalí. De nuevo las cuatro banderas, que mostraban la posición de cada tribu en el avance por el desierto[ii].

Todo este escenario de Israel, perfectamente organizado, está en las antípodas de lo que el cine nos suele presentar de acuerdo a la imaginación humana. Y es que Israel marchaba por el desierto según las pautas de un ejército coordinado y disciplinado. Es decir, estamos ante una imagen castrense y militar, lo cual es necesario en vista de que la meta es la conquista de un territorio plagado de fuerzas enemigas. La etapa del desierto es, pues, una preparación o adiestramiento para lo que se avecina: la guerra. Sería impensable que un pueblo desacostumbrado a moverse de acuerdo a pautas ordenadas lo hiciera de la noche a la mañana. Por eso, ya en el desierto, ellos tienen que funcionar según las mismas, para que cuando llegue la hora de la batalla estén preparados. Las banderas empleadas para señalar el posicionamiento de las tribus hablan de orden, orden que se hace imprescindible si se quiere tener victoria. De ahí que se pueda denominar a estas banderas, las banderas del orden. La anarquía, el caos o los movimientos caprichosos y erráticos, son incompatibles con el orden. Y el orden es requisito esencial para lograr un objetivo. El orden es de Dios. No se trata de una cuestión que es válida para unas culturas y no es válida para otras. No es que el orden deba ser algo importante para los pueblos septentrionales europeos, acostumbrados al mismo, pero puede no serlo para los pueblos mediterráneos, acostumbrados al desorden. Es algo vital, sea cual sea la cultura en la que vivamos. El pueblo de Israel era y es un pueblo mediterráneo, sanguíneo y dado a la espontaneidad, pero tuvo que aprender la importancia del orden, por medio de la lección de aquellas banderas.

Una lección que es preciso que la Iglesia de Jesucristo también se aplique, independientemente de si está en África, Europa, Asia, América u Oceanía. Porque el orden es un valor que no depende del tiempo ni de la geografía.

[i] Números 2

[ii] Números 10:11-28

Otros artículos de esta serie:
(7) La bandera de la fraternidad
(6) La bandera del amor
(5) La bandera de la victoria
(4) La bandera de la resistencia
(3) La bandera de la restauración
(2) La bandera del Reino
(1) La bandera de la salvación

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