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Abominaciones antiguas y modernas
Wenceslao Calvo (21-06-2017)
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Abominaciones antiguas y modernas

Cada sociedad y cultura tiene sus parámetros para medir lo que está bien y lo que está mal y para establecer esos parámetros se precisa la utilización de un lenguaje lo más exacto posible, para que no quepa duda de qué es lo que se aprueba y qué es lo que se rechaza.

Una de las palabras más fuertes que hay en la Biblia para expresar la repulsión que provocan ciertos actos y actitudes es la que se traduce por abominación, que tiene la connotación de lo que es detestable y odioso. El calificativo se emplea con profusión, más de cien veces, para señalar aquello que ante Dios no solamente es inadmisible sino absolutamente aborrecible, no quedando ningún género de duda en cuanto a la condena sin paliativos que merece.

Para resumir ese centenar largo de casos es recomendable clasificarlos por categorías, de acuerdo a ciertas características que tienen en común. Una división general sería clasificarlos en dos esferas, la que tiene que ver con Dios y la que tiene que ver con nuestros semejantes.

Hay un grupo de prácticas abominables que tiene que ver con un tipo de culto dado a Dios. Se produce cuando hay un divorcio entre el corazón y el acto, esto es, cuando el culto se convierte en un expediente que hay que realizar, ya sea por la fuerza de la costumbre o por el qué dirán, o cuando ese culto se concibe como una manera de manipular a Dios, al intentar compensar con el culto la maldad o la desobediencia a la que no se está dispuesto a renunciar1. Pero si el culto torcido dado a Dios es abominable, no lo es menos el dado a lo que no es Dios; de ahí que la adoración de ídolos sea una práctica que entra de lleno en ese calificativo2. Este conjunto de prácticas significa que la religión, lejos de quedar al margen, entra de lleno en el calificativo de abominación, siempre que se desvía del verdadero centro de la adoración, que es Dios, y de la recta actitud hacia él.

Otro grupo de prácticas abominables tiene que ver, y aquí entramos en el terreno de las relaciones humanas, con el mundo de los negocios. Las pesas con las que se pesaban los productos y las medidas de capacidad para precisar la cantidad de grano debían ser justas y cabales, para comprar y vender de acuerdo a la honestidad y honradez3. Todo engaño, fraude, robo o estafa caen de lleno en el calificativo de abominación. Es abominación también aprovecharse de la debilidad económica de otro para sacar ganancias desmedidas, lo cual es usura que es una forma de avaricia4. El mundo del comercio, como el de la religión, puede fácilmente caer en la categoría de abominación, debido a que el amor al dinero es una fuerte raíz de codicia.

Una de las palabras más fuertes que hay en la Biblia para expresar la repulsión que provocan ciertos actos y actitudes es la que se traduce por abominación[...]para señalar aquello que ante Dios no solamente es inadmisible sino absolutamente aborrecible, no quedando ningún género de duda en cuanto a la condena sin paliativos que merece.

Un tercer grupo de prácticas abominables es el que tiene que ver con la sexualidad desviada. Aunque en nuestro tiempo a algunas de esas prácticas se les da el honorable calificativo de orientación sexual, la Biblia no duda en catalogarlas como abominación. El adulterio es una de esas prácticas, así como el incesto, la homosexualidad, la zoofilia y la transexualidad5. Como ocurre con otras esferas de la vida, como la religión y el comercio, la esfera de la sexualidad se hace abominable cuando se aparta del diseño de su Creador, cuando la criatura se inventa formas y expresiones producto de su codicia y corrupción. El mundo en el que vivimos está infestado de sexualidad abominable y sólo hay que salir a la calle o asomarse a Internet para comprobarlo.

Un cuarto grupo de prácticas abominables serían aquellas en las que se niega al prójimo sus derechos más elementales. Un caso clamoroso eran los infanticidios en los que niños eran pasados por las llamas para agrado de ciertas divinidades sanguinarias6. Una matanza sancionada por la costumbre, en la que el derecho a la vida ni se consideraba. Parece que el tiempo no se ha movido, porque negarle ese derecho a no nacidos es práctica habitual hoy en día. La vejación del prójimo en su honor se considera abominación, como en el caso de la mujer repudiada y vuelta a casar a la que el primer marido pretende tomar de nuevo7. La mujer no es un juguete que se tira o toma de acuerdo al capricho personal.

Todavía queda una quinta categoría de abominaciones y son las que están relacionadas con el ocultismo en todas sus variantes8. El espiritismo, la brujería, la adivinación y la magia, a las que nuestro mundo actual se ha vuelto con avidez, como constatan las cadenas de televisión dedicadas totalmente a tales prácticas, están bajo el tenebroso calificativo de abominables, al quedar bajo el dominio del príncipe de las tinieblas.

Pero como esta clasificación de las abominaciones se presta fácilmente a señalar ciertas prácticas muy concretas y a limitarlas solo a ellas, hay una lista de abominaciones que podríamos denominar habituales y generales, pero que por más habituales y generales que sean no dejan de ser abominaciones, y es la que aparece en Proverbio 6:16-19, donde la soberbia, la mentira, la violencia, la imaginación malvada, la presteza para lo malo, la falsedad y la difamación, dilatan ese siniestro catálogo. Un catálogo que enseña que el corazón humano, en su estado natural, es una auténtica fábrica de abominaciones.

Abominación. Qué palabra más horrible. Pero lo es porque lo que describe es horrible. Aunque se cambie la palabra no se cambia lo que representa. Y no se cambia porque Dios no cambia.

1 Deuteronomio 17:1; Proverbios 21:27; 28:9; Isaías 1:13.
2 Deuteronomio 7:25; 27:15; Isaías 41:24.
3 Deuteronomio 25:15-16.
4 Deuteronomio 23:19.
5 Ezequiel 22:11; 33:26; Levítico 18:22; 20:13; Deuteronomio 22:5.
6 Deuteronomio 12:31.
7 Deuteronomio 24:4.
8 Deuteronomio 18:9-12.

Grabado: Habitantes de Sodoma provocando la ira de Dios, de François Elluin

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