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Mayoría y minoría
Wenceslao Calvo (31-05-2017)
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Mayoría y minoría

Los números eran abrumadores y no dejaban lugar a dudas sobre quién tenía la razón en aquella disputa. Y es que entonces, como ahora y como siempre, las cifras eran el contundente argumento que solventaba el dilema. ¿Cómo iba a estar en lo cierto un solo hombre frente a una inmensa mayoría? O dicho de otro modo, ¿cómo iba a estar equivocada tantísima gente? El sentido común, las matemáticas, el cálculo de probabilidades, las estadísticas, los votos y las encuestas no podían engañar. Aquel pobre hombre que llevaba la contraria a todos los demás no tenía la más mínima posibilidad de que su proposición saliera adelante. La rechazaban los grandes, la rechazaban los pequeños, la rechazaban los intelectuales, la rechazaban los lerdos, la rechazaban los ricos, la rechazaban los pobres, la rechazaban los religiosos y la rechazaba los ateos. ¿Adónde pretendía ir aquel iluso?

El caso es que no solamente su proposición era inverosímil porque así lo dictaba la mayoría sino porque también la experiencia la contradecía abiertamente, ya que nunca en la historia algo así había ocurrido. Los repetitivos ciclos estacionales y atmosféricos sí eran comprobables desde el principio de los tiempos, siendo fenómenos que entraban de lleno en la categoría de hechos científicos, sometidos a unas leyes fijas que funcionaban como un reloj. Eso sí era seguro y verídico. Pero ¿de dónde había surgido aquella idea que este trastornado hombre anunciaba? ¿Sobre qué fundamento empírico estaba basada? No hay duda, era un alucinado al que no había que prestar atención.

Salvo su familia, nadie más le creyó. El tiempo pasaba y las cosas seguían su curso normal. Nada raro pasaba. Los hechos le desautorizaban. ¡Pobre hombre! Cada cual seguía su camino, andaba en los antojos de su corazón, interpretaba la libertad como le convenía y vivía sin que nadie le dijera cómo tenía que vivir. A estas alturas de conquistas personales y sociales ¿qué aceptación iba a tener un mensaje de advertencia y amonestación, de arrepentimiento y conversión? ¿Qué credibilidad podía tener un sujeto que era como un ave de mal agüero en aquella generación?

Lo físico se puede delimitar, estudiar y clasificar, pero ¿cómo saber a ciencia cierta lo que está bien y lo que está mal, la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto? Sólo había una manera segura de dilucidar tan ardua cuestión y era mediante el consenso generalizado.

Y para rematar la cuestión afirmaba que hay una relación directa entre moral y consecuencias. Y que esa relación no es fruto de la casualidad y ni siquiera de una ley natural, como la que existe entre lo que se siembra y lo que se cosecha, sino que obedece a la existencia de una ley positiva promulgada por un Ser moral que evalúa, dictamina e interviene en este mundo. Esta proposición era más de lo que se podía soportar. Primero por atribuirse el papel de profeta iluminado y luego por mezclar cosas tan dispares como algo tan abstruso como la moral y algo tan incomprobable e inverosímil como la catástrofe. ¿Quién se creía que era?

Además, la cuestión de la moral era sumamente compleja y aleatoria. Lo físico se puede delimitar, estudiar y clasificar, pero ¿cómo saber a ciencia cierta lo que está bien y lo que está mal, la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto? Sólo había una manera segura de dilucidar tan ardua cuestión y era mediante el consenso generalizado. Está bien lo que la mayoría decide que está bien y está mal lo que la mayoría decide que está mal. Ése era el criterio definitivo por el que guiarse. Todo otro criterio es subjetivo y sin valor. Los expertos, los que verdaderamente entienden, calificaron la obsesión de aquel predicador como patológica.

Y convencido por su propia argumentación el mundo continuó su frenética carrera. La cuesta abajo en la que se había lanzado hacía tiempo, ya no tenía marcha atrás y ni siquiera pausa. La mayoría, la abrumadora mayoría, había decidido por sufragio universal que ése sería su modo de vida. Nada ni nadie les detendría.

Y de pronto, un día, comenzó a llover. Ningún problema. Tantas veces lo ha hecho. Pero, un momento, parece que la intensidad no es normal. En efecto, la fuerza de aquel torrente era descomunal. Un día, otro día, otro día… Aquello comenzaba a tomar un cariz alarmante. Las casas se anegaban, las ciudades quedaban sepultadas y había que ascender a las alturas para escapar de la catástrofe. Sumado a ello estaba el hecho de que gigantescas olas procedentes de mares y océanos arrasaban a su paso todo lo que hallaban. Los muertos eran incontables y la marea de destrucción no respetaba a ricos ni a pobres, a intelectuales ni a lerdos, a grandes ni a chicos. Todos resultaron aniquilados por la inundación. Hasta los expertos. Sus números y sus mayorías no sirvieron de nada ante la furiosa acometida.

Sin embargo, aquel perturbado mientras tanto estaba insultantemente a salvo en aquella nave que construyó. El oleaje batía contra ella, el viento huracanado la hacía bambolearse y la lluvia golpeaba furiosamente contra su maderamen. Pero allí estaba, majestuosamente segura ante el empuje de los elementos desatados, testigo de que una abrumadora mayoría cavó su propia tumba con sus propias manos y una diminuta minoría escapó de la destrucción. Mayoría y minoría. Nunca esas dos palabras estuvieron tan en desacuerdo con los resultados obtenidos.

Otros artículos de esta serie:
(3) Una aplastante mayoría aplastada
(2) Una mayoría fatalmente equivocada

Pintura: Arca de Noé de Edward Hicks

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