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Cuatro confianzas engañosas
Wenceslao Calvo (24-05-2017)
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Cuatro confianzas engañosas

El problema de elevar a los altares a ciertos personajes de categoría no solamente es de los judíos y ni siquiera de los católicos. Es fácil encumbrar a tal o cual hombre o mujer hasta convertirlo en imprescindible.

Esteban fue el primer mártir cristiano y le cabe el honor, además, de que el sermón que pronunció ante sus jueces antes de ser apedreado es el que más espacio ocupa en el libro de los Hechos. En su extenso mensaje destaca el ataque que dirige contra cuatro confianzas que estaban bien extendidas entre los de su nación. No había nada malo en dichas confianzas, siempre y cuando se tuviera en cuenta que los elementos sobre las que estaban puestas no eran un fin en sí mismo sino algo meramente transitorio. Pero al convertir esos elementos en fines en sí mismos las confianzas puestas en ellos se convirtieron en engañosas. Son las siguientes:

  1. La confianza engañosa en las ceremonias. Había una ceremonia por encima de las demás que era la señal característica de un judío y que le diferenciaba de los demás. Esa ceremonia era la circuncisión. Ser incircunciso era sinónimo de ser pagano y de estar fuera del pacto, lo cual suponía estar sin relación con Dios. La manera en la que David habla del gigante que desafió al campamento de Israel es bien ilustrativa: ‘¿Quién es este filisteo incircunciso…?’ Hay toda una carga despectiva en ese calificativo de incircunciso. Y cuando el apóstol Pablo enumera las credenciales que le respaldaban, humanamente hablando, menciona la de haber sido ‘circuncidado al octavo día’, como un timbre de honor. Así pues, la ceremonia de la circuncisión era señal de distinción. Sin embargo, la verdad a la que señala esa ceremonia, el despojamiento de la naturaleza pecaminosa, había sido sustituida por la ceremonia misma, que se convirtió en lo verdaderamente importante, perdiendo de vista lo principal. Esteban en su mensaje llama a sus jueces ‘incircuncisos de corazón y de oídos’, aunque físicamente estaban circuncidados. Y es que la confianza en la ceremonia, en cualquier ceremonia, es vana si no está encaminada a la verdad a la que señala.
  2. La confianza engañosa en los personajes. De entre toda la lista de grandes personajes del Antiguo Testamento había uno que despertaba la mayor veneración entre los judíos. Ese personaje era Moisés y su sola autoridad era suficiente para cribar cualquier enseñanza. El testimonio del ciego de nacimiento al que sanó Jesús fue rechazado por sus oyentes basándose en que ellos eran ‘discípulos de Moisés’. A Moisés le había hablado Dios, por tanto era la referencia absoluta, incuestionable e incomparable. ¿Cómo iban a admitir otra enseñanza diferente a la suya? Es el mismo argumento que emplearon los jueces de Esteban para condenarlo. Moisés era intocable, lo mismo que su enseñanza. Pero Esteban les recuerda que, después de todo, Moisés no era la última palabra de Dios, pues el mismo Moisés se refirió a otro que vendría después de él y cuya palabra sí sería determinante. De nuevo es posible captar cómo de algo, de alguien en este caso, que es transitorio, se hace un fin, poniendo la confianza en él. El problema de elevar a los altares a ciertos personajes de categoría no solamente es de los judíos y ni siquiera de los católicos. Es fácil encumbrar a tal o cual hombre o mujer hasta convertirlo en imprescindible. ¡Cuidado!
  3. La confianza engañosa en las normas. Hay muchos sistemas de ética que los seres humanos hemos creado. La ética tiene que ver con la distinción entre lo bueno y lo malo, siendo una de las diferencias que nos distinguen de los animales. No solamente la religión, también la filosofía, la psicología y cualquier ideología apelan a una determinada ética. La ética de los judíos tenía un nombre: La ley. No era cualquier ética, sino la que Dios mismo les había dado. Por lo tanto, se trataba de la ética suprema. Pero la ley no era el medio por el que podamos alcanzar justicia ante Dios y no lo era por la sencilla razón de que al estar nuestra naturaleza pecaminosa vendida al pecado, nos resulta imposible obedecer esa ley. Más bien la ley tenía como objetivo despertar en nosotros la conciencia de nuestra perdición y la necesidad de ir a Cristo. La ley era el medio y el fin era Cristo. Pero al hacer del medio el fin, la confianza que se puso en ella resultó engañosa. Cualquier confianza puesta en cualquier norma o ética como fin en sí mismo es engañosa.
  4. La confianza engañosa en las instituciones. De entre las instituciones con las que Dios dotó al pueblo judío sobresalía una: El templo. Era el símbolo de la nación, la señal de la presencia de Dios en medio de ellos. Irradiaba un halo de esplendor, de modo que hasta en los mismos discípulos de Jesús es factible percibir algo de ese orgullo, cuando se acercaron a él y le dijeron: ‘Maestro, mira qué piedras y qué edificios.’ Era el lugar santo por excelencia que parecía garantizar su inviolabilidad como nación. De nuevo aquí tenemos cómo algo secundario, la institución, se convierte en algo primario, al desplazar a lo verdaderamente importante, que es el que mora en ese templo. Al realizarse esa sustitución la confianza es engañosa. No es el templo sino su ocupante lo que importa, les dice Esteban

En resumen, no es en ceremonias, ni en personajes, ni en normas, ni en instituciones en lo que hay que poner la confianza. Sino en Cristo, a quien ceremonias, personajes, normas e instituciones señalan.

Cuadro: Flevit Super Illam de Simonet

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