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Integridad en una escuela de iniquidad
Wenceslao Calvo (29-01-2017)
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Integridad en una escuela de iniquidad

Uno de los argumentos esgrimidos por muchos en España para no creer es la apelación a los malos ejemplos que vieron en su infancia o juventud, por parte de clérigos que dejaron mucho que desear en su comportamiento. Si los que debían ser un modelo dieron tan pésimo testimonio ¿cómo creer ya no solamente en ellos sino en el Dios al que representaban? De esta manera, aparentemente irrebatible, encuentran una justificación sólida a su incredulidad y aprovechándose del pecado de otros procuran excusar el suyo propio. Si no creo es por culpa de ellos y mi incredulidad es el lógico resultado de su deshonestidad, es su razonamiento. Pero que alguien haga lo malo amparándose en que otros lo hacen, nunca ha valido ni valdrá como demostración de inocencia, por más que sea la solución preferida de muchos.

Por eso me llama la atención la vida de un personaje que desde su infancia estuvo expuesto a los peores ejemplos que imaginarse puedan, por parte de quienes deberían haber sido sus mentores y tutores. Le tocó vivir en un tiempo en el que la oscuridad moral y espiritual era tan densa que hasta los dirigentes de la nación no sabían dónde estaba su mano derecha y su mano izquierda. Un tiempo que bien podría denominarse de anarquía y confusión, porque cada uno hacía lo que bien le parecía. En esa atmósfera enrarecida parecía imposible que pudiera crecer algo sano y recto. Y sin embargo, eso fue lo que sucedió.

La madre de este personaje le dejó en su tierna infancia en el santuario, al cuidado de quienes oficiaban allí, para que pudiera crecer y ser enseñado en las cosas de Dios. Se suponía que el santuario sería un lugar distinto, una especie de isla de integridad en medio del océano de descomposición que gobernaba todo lo demás. Allí, a cobijo de las malas influencias, aquel niño recibiría sana instrucción y vería edificantes ejemplos que le servirían de referencia durante toda su vida. Y su madre, confiada en que así iba a ser, lo dejó en ese lugar, marchándose segura de que era el mejor sitio posible donde podía estar.

Pero la idea de un santuario incólume, a salvo de la maldad imperante, era una idea romántica, ilusoria, que no se correspondía con la realidad. Porque toda la maldad que había fuera del recinto sagrado también había penetrado en su interior. Lo que había fuera es lo mismo que había dentro. Con la diferencia del agravante que supone la existencia de la maldad en el lugar más santo y en quienes representan lo santo.

La madre de este personaje le dejó en su tierna infancia en el santuario, al cuidado de quienes oficiaban allí, para que pudiera crecer y ser enseñado en las cosas de Dios. Se suponía que el santuario sería un lugar distinto, una especie de isla de integridad en medio del océano de descomposición que gobernaba todo lo demás.

Lo que este niño tuvo que contemplar en aquellos años formativos y decisivos de su vida fue tan escabroso que cualquier otro, en su puesto, habría sucumbido para siempre a las perniciosas influencias a las que estuvo sujeto. ¡Qué lejos estaba aquello de ser una escuela de piedad y devoción! Aquellos degradados sacerdotes que ministraban en el santuario eran peores que los laicos que vivían a espaldas de Dios. Sus hábitos eran tan reprobables, que incluso en un tiempo como aquel, acostumbrado a ver cualquier cosa, salían condenados ante el juicio del mero sentido común. Y el anciano sacerdote, que estaba al cargo del santuario, carecía de la resolución necesaria para frenar todo aquello y poner las cosas en su sitio. La hegemonía de la iniquidad en el santuario era total.

En ese ambiente creció el muchacho y se hizo joven. Si hubo alguien que podía haberse escudado en lo que experimentó, para entregarse a la incredulidad y al cinismo, era él. Tenía todos los argumentos a su favor para negar la validez de lo santo y, de paso, la existencia de Dios. De haberlo hecho, muchos le habrían comprendido, defendido y hasta felicitado.

Pero el niño creció y se hizo joven hasta llegar a ser adulto, habiendo vencido los tropiezos a los que estuvo expuesto y llegando a ser un hombre de Dios, decisivo para su generación. Bajo su dirección, la nación volvió a las sendas que habían sido abandonadas, convirtiéndose él en el dirigente moral y espiritual, en el referente necesario que marcaba el norte. Todos aquellos años difíciles en su formación fueron el crisol en el que fue purificado y modelado; todas aquellas tentaciones y pruebas que le rodearon no fueron sino el medio de forjar en él un carácter en el que la integridad sobresalió y venció.

Parapetarse en el mal ejemplo de otros es una señal de cobardía, que delata un carácter débil incapaz de hacer frente a lo malo. Es lo más cómodo y fácil a corto plazo, aunque sus resultados a la larga son letales. En cambio, discernir la diferencia entre lo bueno y lo malo, escogiendo lo primero y desechando lo segundo, manifiesta una fortaleza que cosechará abundante fruto.

El niño que creció y se hizo joven, en ese ambiente corrupto y corruptor, hasta llegar a ser un adulto a toda prueba es Samuel, cuya historia está en 1 Samuel 1 al 7. Un personaje que deja en evidencia a todos los que se justifican por lo que hacen otros.

Fotografía: http://www.oneil.com.au/lds/ot.html

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