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Dos clases de lepra
Wenceslao Calvo (11-01-2017)
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Dos clases de lepra

Entre las enfermedades más temibles que ha habido a lo largo de la historia está la lepra. Casi en todas las latitudes del globo terrestre la sola mención de su nombre ya era causa que provocaba miedo. Se le podría denominar ‘enfermedad maldita’, en el sentido de que estaba asociada con consecuencias más que físicas. Al ser una enfermedad infecciosa y no haber remedio se constituyó en motivo de espanto. Los rumores y creencias sobre su difusión y especialmente sus causas dieron alas a toda clase de suposiciones que alimentaban aún más su horrenda fama. Incluso en nuestro tiempo, en ciertas zonas geográficas, continúa siendo portadora de ese halo tenebroso que siempre tuvo.

Las estipulaciones del Antiguo Testamento señalaban claramente que el leproso quedaba en estado de impureza ceremonial, lo cual le excluía automáticamente de la participación en la vida comunitaria y al no haber un tabique de separación entre lo secular y lo religioso, toda la existencia del leproso quedaba marcada por su enfermedad.

Pero con el paso del tiempo esas medidas se fueron endureciendo y en los días de Jesús ya se había establecido la enseñanza de que la lepra era el resultado de algún pecado personal. Del mismo modo que los discípulos le preguntaron cuál era la causa de que el ciego hubiera nacido así, si por el pecado de sus padres o por el suyo propio1, así en la tradición de los rabinos se enseñaba que la lepra era consecuencia de determinados tipos de pecados. Esa no era la enseñanza del Antiguo Testamento sino doctrina de hombres. A partir de ahí se elaboraron toda una serie de minuciosas disposiciones sobre el trato, o mejor dicho, el no trato con los leprosos. Había que mantenerse a distancia de ellos y si el viento venía en la misma dirección esa distancia se incrementaba. Algunos rabinos se abstenían de comprar en una calle por donde hubiera pasado un leproso, tirándole piedras o corriendo en dirección contraria. De modo que su condición bien podría definirse como de muertos en vida. Una especie de fantasmas ambulantes, que provocaban en los demás más miedo que compasión y más rechazo que lástima.

La actitud del Antiguo Testamento se puede caracterizar de ratificadora de la realidad. Ahí está la realidad de la lepra y como resultado la declaración de lo que hay, con las consecuencias que lleva aparejadas. Es decir, el Antiguo Testamento proclama el estado de la persona, pero no lo cambia. La actitud de los rabinos se puede denominar de mezquina, al incriminar al leproso con una culpa moral que no tiene fundamento comprobado.

En los evangelios hay varios casos en los que Jesús tuvo encuentros con leprosos, siendo el más famoso el que tuvo con diez de ellos2. Frente a la impotencia del Antiguo Testamento y la mezquindad de los rabinos, se alza la actitud de Jesús, que es de grandeza, misericordia y poder. Ante la súplica de ellos no los deja a su suerte ni se aparta de su presencia, sino que les da una palabra para que cumplan los requisitos ceremoniales previstos en el Antiguo Testamento. Sin tener evidencia de que nada hubiera pasado, esos diez hombres se pusieron en camino obedeciendo lo que Jesús les dijo. Es un ejemplo palpable de cómo la fe es anterior a la evidencia.

los que no volvieron pensaron en su fuero interno: Me lo merezco. Merezco que el milagro se haya efectuado. Yo no merecía lo que me pasaba

El milagro que pedían se efectuó mientras iban en busca de los sacerdotes y así ocurrió que lo que el Antiguo Testamento no podía hacer, Jesús lo hizo. Y lo que el judaísmo posterior se negaba a conceder, eso es lo que sucedió.

Pero la sorpresa fue que al ocurrir el milagro, este grupo de diez, hasta entonces compacto, se dividió en dos. Uno mayoritario, de nueve, que siguió su camino hacia los sacerdotes, apresurando el paso para recibir el certificado que acreditara que ya podían incorporarse a la vida cotidiana, y otro minoritario, de uno, que dio la vuelta para venir a su bienhechor a darle las gracias y postrarse ante él. La escena muestra una sorprendente anomalía, porque ¿cómo es posible que lo normal, la vuelta de los diez, fuera lo que no sucedió, y que lo anormal, la vuelta de uno solo, fuera lo que aconteció? ¿Cómo es posible que lo que debería ser normal fuera lo anormal y lo que debería ser anormal fuera lo normal?

La respuesta a esta sorprendente anomalía es que los que no volvieron pensaron en su fuero interno: Me lo merezco. Merezco que el milagro se haya efectuado. Yo no merecía lo que me pasaba. Era injusto y ahora, por fin, he recibido lo que es mi derecho. Al pensar de esa manera es lógico que ni se acordaran de quien les había hecho tal bien. Era su deber hacer el milagro. Jesús fue un simple medio para solventar su necesidad.

El que volvió pensó en su fuero interno: Lo que he recibido es tan grande y precioso que no puedo por menos que reconocer al que lo ha hecho. El milagro de mi sanidad es resultado de su gracia, algo que no merezco.

La diferencia entre éste y los nueve anteriores nos lleva a una conclusión: Hay una lepra enquistada en el ser humano, mucho más profunda y peligrosa que la lepra física. Es lo que bien podría denominarse lepra moral y espiritual, consistente en la ingratitud y el olvido, basados en la mentalidad del mérito y la justicia propia. Una actitud en la que el yo es el centro y todo lo demás gira a su alrededor. Incluso Dios.

Es de esa miseria, que es infinitamente peor que la miseria material o física, de la que primordialmente necesitamos ser salvados.

1 Juan 9:2
2 Lucas 17:11-19

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